Cap 3
Capítulo 3: Amanecer de una nueva patria
Ismael no entendía, de la misma manera que la
mayoría de la gente de la gran aldea, lo que estaba pasando, pero fue testigo
de un acontecimiento que daría origen a un nuevo país, y con el paso de las
décadas una nueva nación, aunque él aún no entendiese lo que eso significara.
Así, colgado de una reja, observó por simple curiosidad como unos señores, que
se llamaban a sí mismos patriotas, daban el primer empujón a la patria ese 25
de mayo.
Por supuesto, sólo unos pocos sabían de la
trascendencia de tal cosa. Además eso no le quitó su digna pobreza.
Aunque ya lo venía notando, especialmente desde la
vez de las invasiones de los ingleses, ahora se intensificó el encono entre los
que se consideraban americanos y los que eran o se sentían españoles. Ismael
sin dudar hizo su elección, por sus venas corría mucha sangre nativa, sin
embargo le entristecía que muchos de los que antes eran sus amigos y clientes
ahora le quitaran el saludo. Se preguntaba si ese tiempo de tristeza alguna vez
terminaría. Supo de mala manera que eso sería, si alguna sucedía, dentro de
mucho tiempo, cuando vio a su amigo Don Manuel Belgrano convertirse de abogado
en improvisado general y verlo partir con bastante poca gente mal armada hacia
donde vaya uno a saber. Sólo esperaba que ese amigo que tantas veces lo había
ayudado, y como a él a muchos, no dejase su sangre desparramada por esta
querida tierra americana.
Aunque pequeño y esmirriado, Ismael con sus 20
años, supo que se venían tiempos difíciles, pero por otro lado se enteró que
por vestir ropas militares, aunque el fusil fuese más pesado que uno, daban
algunas monedas. Y como todo joven que sólo ve el futuro y no la muerte, se
dejó enrolar en un grupo llamado Regimiento Patricios que un tal Saavedra,
próspero comerciante convertido en presidente de la Primera Junta, había creado
durante las Invasiones Inglesas. Sin embargo, aunque el entrenamiento era duro,
no lo asignaron a batallón alguno. Aunque sus patitas se habían convertido en
piernas, aún no era capaz de soportar el peso de una mochila militar.
Así que luego de casi dos años entrenando y
sirviendo de patrulla en la ciudad de Buenos Aires. Vino su oportunidad.
Hacía ya un tiempo que había desembarcado un
curioso personaje, que pronto, mucho antes de entrar en movimiento, dio que
hablar. En primer lugar, todos se preguntaban por qué un exitoso militar que
tenía un gran futuro en Europa, renunciaba a esos honores para venir a ponerse
al servicio de un gobierno por demás endeble. Algunos especulaban que siendo la
revolución americana inevitable de quedarse donde estaba sería para derramar
sangre de americanos y finalmente ser recordado, pues para todos la libertad
americana era un hecho, cosa pensada pero aún muy lejos de realizarse. Es decir,
a la larga sería integrante del bando opresor y finalmente perdedor. Eso que
era fácil de decir, sólo en unas pocas cabezas privilegiadas estaba cabalmente
diseñado. Ese joven militar nacido en América pero que había hecho su carrera
en Europa, con una gran cantidad de batallas a sus espaldas, ya a los frescos
14 años había combatido contra los franceses. Y las damitas porteñas tenían
ahora una nueva excusa para suspirar.
Así que Ismael, sin que nadie lo impulsara, una
mañana se cruzó en el camino del coronel San Martín para preguntarle cómo había
que hacer para entrar en su ejército. El joven coronel se rio a carcajadas ya
que aunque ya había presentado sus papeles y le habían reconocido su grado aún
no contaba ni con un ayudante que le llevase el sable.
Si lo anterior a Ismael le pareció duro ahora sí
que aprendió el verdadero significado de la palabra. Durante los meses de
verano de aquel 1811 sus huesos no pararon de sufrir.
El premio llegó ese aquel 3 de febrero de 1813, donde
luchó como soldado de retaguardia, en la batalla que luego sería llamada de San
Lorenzo, en la que 250 bien entrenados aunque bisoños soldados derrotaron a 500
realistas. La razón de porque el coronel lo puso en la retaguardia se explicaba
sola. Al volver de permiso a Buenos Aires, con apenas 22 años lo esperaba
Alberto, el bebe que tuvo con Alcira de 13.
Alberto pasó sus primeros años exclusivamente a
cargo de su madre, pues Ismael siguió los pasos San Martín en su guerra libertadora,
de la cual volvió a los 29 años con el grado de capitán, y con la sorpresa de
que Alcira, sin querer casarse, fue madre de dos nenas. Esto, lejos de
incomodarlo, lo llenó de alegría, la vida, que había evitado su muerte en Cancha
Rayada, cuando un sablazo de un indio sin uniforme pero bravo como cualquier
otro llamado Machén, abatió al enemigo que ya lo tenía a punto para atravesarlo
con su bayoneta y lo ayudaba a huir a pie firme; lo premiaba con un familia
completa.
Alberto y sus hermanas crecieron leyendo las largas
cartas que su padre con letra despareja les enviaba desde los lugares donde
estaba. Ismael no se explayaba en horrorosos partes de guerra, sino que
detallaba con lujo de detalle las bellezas de una América infinita. El largo
desierto verde que cruzó desde Buenos Aires para llegar a la nieve de los
macizos andinos, la belleza de los picos, la majestuosidad del vuelo del cóndor,
la picardía de los niños chilenos, el azul de las aguas del Pacífico, el sabor
del licor Peruano, y por supuesto, aunque eso no lo ponía en su carta, las
mujeres de cada punto de América. Ismael se negaba a detallar los dolores de la
guerra para mostrar los beneficios de una América libre y en paz.
Alberto mucho antes que su padre y por impulso de
su madre, conoció lo rigores de la vida militar. Así con sólo 8 años ya corría
en los nuevos destacamentos creados a tal efecto, de aquí para allá, o
acampando a cielo abierto. O caminando en marcha forzado bajo las cortinas de
un aguacero. Y no les quedaba otra, ya que su instructor era uno de los heridos
de San Lorenzo que hacía lo mismo que ellos con una pata de palo. En ese
regimiento de infantes, y aquí la palabra mejor usada que nunca, nadie lloraba.
Esos hombrecitos con pecho de hierro serían la garantía de esa nación que
estaba naciendo.
A los 10 años Alberto fue sorprendido por Ismael
correteando a una amiguita. El padre inflado de orgullo hizo que no vio nada, y
dejó que la naturaleza siguiera su curso. Sólo por el hecho de ser considerado
un héroe de guerra, Ismael se salvaba de las incontables injurias que el
accionar de Alberto ocasionaba, ya que el pícaro jovencito llevaba anotado en
una libreta el nombre de todas las damiselas porteñas que le habían entregado
con dicha y placer su virtud. Eran unas dos páginas.
Ciertamente Alberto no participó de ninguna
batalla memorable, sin embargo, las cicatrices de su cuerpo testimoniaban un
duro pasar, pero las más crueles se las hizo su propio capitán.
Él había crecido escuchando las gloriosas
aventuras de su padre, pero como más tarde sabría, un país no se libera sólo
una vez. Es decir, llegaría el tiempo de las guerras internas.
Alberto entendía cuando algún caudillito armaba su
pequeño ejército. Aunque no sabía nada de política entendía que eso que algunos
llamaba con distintos nombres tarde o temprano, entera o desmembrada sería un
país.
Lo que no entendía era el porqué de salir a matar
indios en lugar de integrarlos, como decían algunos, o dejarlos en sus tierras
en paz como otros. Le pesaba que su misión fuera tal trabajo sucio, pagado por
algunos terratenientes que deseaban extender sus vacas y pasturas más y más al
oeste.
Pero el colmo se vino a dar una fría mañana de
agosto. Supuestamente estaban patrullando lo que para Alberto era tierra de
indios y para su capitán tierra del señor Ordoñez. Allí refugiados del frío
viento se hallaban tres indiecitas que había salido a juntar leña, pero debido
al intenso frío suspendieron la tarea y se acurrucaron con un cuero y
encendieron una pequeña fogata de modo que con el crepitar de la leña no oyeron
llegar a la cuadrilla compuesta por el capitán Orozco, un sargento y Alberto.
Cuando Alberto se apeó para indicarles a las niñas,
por señas ya que no sabía nada de su lengua, que debían irse, el capitán le
ordenó:
–
¡Desnudalas!
Alberto creyó haber oído mal y por eso lo miró a los ojos.
–
¿Qué, no oíste?... ¡desnudalas!
–
Pero… hace mucho frío…
Fue la ingenua respuesta de Alberto, quien enmudeció cuando
el capitán sacó su moderna pistola norteamericana y le apuntó.
–
Pero… ¿Por qué?
–
Porque vestidas es algo incómodo
violarlas.
Alberto miró a las tres chicas de entre, calculaba,
9 y 11 años y si bien él había desflorado a más de una a esa edad lo que el
capitán planteaba era una cosa bien distinta y él no estaba dispuesto a
hacerlo. Por lo cual hizo algo para todos impensado, tomó un puñado de tierra
arenosa y acercándose al capitán como quien quiere preguntar algo se lo arrojó
a la cara, con la intención de que mientras se limpiara los ojos las chicas
escaparan. Cuando el capitán se rehízo las chicas corrían a campo traviesa a una
cuadra y media, pero igual les disparó acertando en plena espalda a la más
chica que estaba a menor distancia que las otras dos, quien luego de tres
espasmos dejó de moverse.
Alberto en clara desventaja de armas y grado pensó
que el capitán le dispararía a la cabeza como ya lo había visto hacerlo a otro
soldado. Sin embargo, lo sorprendió con un golpe que lo desmayó. Al despertar
se percató que estaba estaqueado con el capitán caminando a su alrededor con
una gran verga de sauce en la mano, con la cara que ponía cuando comenzaba sus
largas peroratas que él prefería llamar homilías.
–
Yo luché con Saavedra... (y, cada
vez que hacía una pausa, descargaba su verga sobre el cuerpo desnudo y
estaqueado de Alberto) Yo fui uno de los que nos encargamos de ese reverendo
hijo de perra de Moreno… Yo estuve cuando se encargaron de que ese afeminado de
Belgrano estuviera bien lejos de Buenos… Yo maté con mis propias manos a más de
100 indios… Me gusta matar poseyéndolas a nenas indias… Yo soy, por si no te
das cuenta… la nueva sangre blanca y bien macha que gobernará esta tierra libre
de negros, indios, judíos, gitanos y cualquier otra clase de basura…
Los golpes cesaron por un instante, Alberto sabía lo que
seguía, pero sus manos no estaban libres para taparse los oídos.
–
Primero vamos a terminar con los
indios… por que los indios son…
Alberto sabía lo que tenía que decir pero su
hombría se lo impidió por más que la verga cayera en su pecho, en su abdomen,
en su cara, en sus piernas, en sus testículos, hasta que el esfuerzo por tanto
dolor lo hizo desmayar, sin darle el gusto a su torturador de escucharle un
gemido.
El capitán calculó con crudeza que el frío lo
terminaría de matar así que lo dejó estaqueado y ordenó el regreso.
Alberto no comprendió como despertó caliente hasta
que su obnubilada mente se pudo poner en movimiento. Ya no estaba estaqueado ni
perdido en cualquier parte, sino dentro de un toldo indio en los dominios de
Painé.
Dos experimentadas indias le estaban curando los
vergazos que tenía por todo el frente de su cuerpo, mientras que las dos niñas
sobrevivientes los miraban con… con… bueno, se puede decir que lo miraban con
amor.
Desde el otro lado del toldo lo miraba, con cara
seria, un indio que decía saber quién era, quien con duro ranquel le dijo:
–
Nguënëchën nguen apill alün küyen montún Ismael küyen
fenté Alberto montún epú koñintu Machén montún Alberto
Alberto no entendió pero las indiecitas que había salvado y
que conocían algo de castellano se lo tradujeron
–
Dios es caprichoso, hace muchas
lunas él salvó a Ismael ahora en esta luna te salvó porque vos nos salvaste.
Tres semanas después Alberto recuperado dejó el
toldo de Machén sin saber si había dejado simiente en sus hijas. Si eso ocurría
esperaba que se lo comunicaran, pero sabía del orgullo ranquel al respecto.
Ismael no tardó en enterarse de la odisea de su
hijo y aprovechando la circunstancia de que el capitán Orozco no lo conocía,
utilizando una excusa banal lo invitó a salir a cazar… indios. Y así palabra
va, palabra viene se ganó su confianza.
Pronto Orozco se enteró de boca del verborrágico
Ismael de su historial, casi 10 años con San Martín, herido gravemente en tres
ocasiones. Que habiendo vuelto con el grado de capitán ahora en su retiro
provisorio fue ascendido a coronel. Luego de todo un día de marcha Orozco se
preguntaba dónde estaban los indios. Ismael lo calmó con un pequeño discurso.
–
Sabe, Orozco, usted y yo, sí somos
militares, pero de distinta cepa. Vea yo crecí vendiendo agua y usted vende
sangre. Yo a los diez años entraba en patas a la casa de Belgrano, quien luego
de contarme que esperaba de este país, me regalaba un chocolate de Italia.
Usted, a esa misma edad, según algunos dicen, yo no soy quien para afirmarlo o
dudarlo, a bordo de la goleta “Fame”, le llevó un chocolate caliente a Mariano
Moreno con el veneno que lo mataría.
–
Y bien merecido se lo tenía…
–
¿Por? Preguntó Ismael fingiendo
ingenuidad
–
Es que así se hace un país.
Eliminando a los elementos indeseados. ¿Usted sabe que este Moreno y ese otro
Belgrano planeaban darle la ciudadanía del país que surgiera a los negros y a
los indios? Es decir, ponerlos en pie de igualdad con nosotros. Así no se hace
un país. Un país somos los Patricios, luego la plebe y allá, bien abajo, los
negros y los indios, porque, claro, alguien tiene que hacer el trabajo. Es
decir, o trabajas o te morís. ¿No querés trabajar?, morite.
–
Y, pregunto, ¿A que llama usted
trabajar…? No perdón, mejor lo pongo así: ¿Usted no cree que los indios tienen
su propia forma de trabajar? Criando caballos, recolectando frutos, cazando por
el desierto, no molestando a nadie.
Orozco no pudo evitar su cara de fastidio y fue claro.
–
Mire, creo que está totalmente
claro. Desde que Colón pisó esta tierra quedó claro sólo una cosa: esta tierra es
blanca y todo lo que no tenga ese color es basura que sólo está allí porque se
necesita su mano de obra.
–
Eso, vea, Orozco, nos dice una vez
más que Usted y yo pertenecemos a dos clases de blancos, ya que el término lo
puso Usted, distintos. Usted es, usando las viejas banderas primitivas, un
saavedrista y yo un morenista. Ustedes han matado a unos cuantos de nosotros. A
Moreno, a Castelli, a Belgrano que se murió de tristeza. Pero como nosotros
somos siempre más luego de cada tormenta, léame luego de cada asesinato,
surgimos como hongos, ustedes como caracoles.
Orozco interrumpió secamente.
–
Acá no hay indios, ¿Verdad?
–
Sí, podemos decir que acá hay algo
así como un cuarto de indio, un 16avo de negro, como explicar…
Ismael fue más rápido que la pistola de Orozco y
antes de que este gatillara lo desarmó, pegándole un talerazo a la mano
derecha.
Ambos cayeron al piso y aunque Orozco cayó mal,
Ismael esperó a que se repusiera. Todo, como lo quería Ismael, se resolvería en
un duelo criollo. Si Orozco pensaba en atravesarlo de lado a lado, Ismael
esperaba responder de manera peor; es decir, sería tan inhumano como Orozco lo
fue con su hijo.
Ismael sabía el viejo arte, aprendido en los
campos de entrenamiento de San Martín, de respirar entrecortado y nunca
pestañear mientras el brazo enemigo blande un puñal. De pronto Ismael cae al
piso ocasión para que Orozco impulse su brazo en ángulo para atravesarle el
pecho, pero su brazo siguió viaje pues el cuerpo ágil del hábil combatiente se
esquivó y le hundió el puñal sólo un pulgar entre la coyuntura del brazo y el
hombro derecho, rompiendo la articulación. Así Orozco aunque seguía teniendo su
brazo no podía articularlo. Y como hacen los de su clase, pidió clemencia. Como
respuesta Ismael le hizo lo mismo en el brazo izquierdo.
Aunque aguantando el dolor e intentándolo Orozco
no podía mover de modo eficaz ninguno de sus brazos. Ismael le ató una cuerda a
la cintura y lo llevó atado a la montura de su caballo hasta una alameda. Allí
colgó a Orozco de sus brazos a una alta rama de manera que sus pies estaban a
dos varas del suelo. Y partió hacia las tolderías de Painé. Regresó con Machén
y sus hijas para que viesen el resultado final. Los brazos descoyuntados no
soportaron el peso del hombre y se desprendieron del cuerpo. Sin embargo, su
caída no fue hacia el piso sino sobre una gran vara que, en un mal cálculo de
Ismael, entró por su abdomen y salió por su espalda. Si bien no era la
empaladura que Ismael deseaba, pudo comprobar que el desprendimiento de sus
brazos había sido lo suficientemente doloroso como para dejar por consumada su
venganza.
Ismael bautizó a ese bosque de álamos “La
empaladura de Orozco”. El cuerpo quedó allí hasta que las alimañas lo
consumieron y los huesos se desparramaron. Salvo los de los brazos que quedaron
allí durante mucho más tiempo.
Capítulo 4: Juan Carlos Robles, el patriarca blanco de
la familia
1830
Cuando contaba con 19 años Alberto se casó con su
prima Palmira 6 años menor y de esta unión, un 14 de mayo de 1830, nació Juan
Carlos Robles.
La infancia de Juan Carlos fue distinta a la de su
padre. Este pronto se juntó con las huestes de Buenos Aires, no porque fuera
porteño, sino porque en la práctica era, con el retiro o muerte de los grandes
militares patriotas de los primeros tiempos, el ejército de lo que ya algunos
llamaban patria.
La educación de Juan Carlos fue esmerada y como
muchos hijos de familias encumbradas terminaría en el Colegio San Carlos. De
modo que Alberto le dio a su hijo más libros que sables.
Así sin tener mayores tropiezos, Juan Carlos, como
sus mayores, seguiría la carrera militar uniéndose, a los 13 años, al ejército de
Buenos Aires, cuyo comandante era Lucio Norberto Mansilla, en virtud de ser un
amigo pobre de su hijo Lucio Victorio. Éste era un año menor, pero muy ávido
por la lectura. Por supuesto Juan Carlos, por ser de cuna popular, a esa edad,
poco sabía de política. En cambio para su amigo, sobrino del mismísimo Don Juan
Manuel de Rosas, era casi una obligación.
Pero suponer que el joven Mansilla era algo así
como un monaguillo era caer en el error y Juan Carlos se dejaba llevar por él.
Así ocurrió un hecho que nadie rescató pero que hubiera hecho que la patria
hubiera caído en las manos de los traidores mucho antes.
Lucio y Juan Carlos, a los 8 años, andaban
correteando por los dominios de su tío, sea este un tambo, un saladero o un
matadero fuera de la ciudad. Juan Carlos siempre hacía de huinca y Lucio de
indio, cuando le tocó ver como un grupo de hombres azotaban salvajemente a un
negro. Lucio algo más instruido que Juan Carlos, le dijo que eso no se podía
hacer, que para eso, si el caso amerita castigo, está la Mazorca. Así que
esperaron a la caída del sol para ir a ver al pobre negro azotado en la pobre barraca
donde vivía. Aunque Lucio nunca dijo porque no les gustaban los negros, aunque
los respetaba como seres humanos, sintió compasión por éste. Cuando el negro
Ramón lo vio entrar, aunque con fiebre y las sábanas pegadas por la sangre, se
puso inmediatamente de pie, mientras le decía “Hola, patroncito”. Trato que
Lucio, aún con 8 años rechazó ya que el patrón era don Juan Manuel y no él. Y
sin demora, porque las paredes oyen, se dedicó a interrogar al negro; quien con
un enorme miedo le dijo que pensaban matar a don Juan Manuel. Lucio le preguntó
cómo y éste le contó largamente:
–
“En el galpón del saladero hay
carne envenenada que piensan mandar a la ciudad para los días de octubre en que
la lluvia no deja entrar el ganado al matadero de Buenos Aires. “
Pero Lucio sabía que esa carne, era para exportar, no para
la ciudad, así que le pidió una corrección.
–
“Sí, Mamelé (o buen muchacho en el
dialecto de sus bisabuelos), pero alguien piensa hacer una fiesta donde va a
haber platos de todo el mundo. La cuestión es que algunos van a morir, y don
Juan Manuel tendrá que salir a investigar y cuando esté entreverado con su
gente, un tal Alfonso Tapia, un matón uruguayo…”
–
“¿Por qué uruguayo?, interrumpió
Lucio.
–
“Porque acá nadie lo conoce.
Entonces, más rápido que el rayo, saldrá de las sombras y le clavará un puñal
para matarlo”
–
“¿Quién ordenó todo esto?” Preguntó
Juan Carlos
–
“Un tal Reinaldo Pérez a quien yo
sólo conozco de nombre”
Lucio ni corto ni perezoso, aun sabiendo que su tío
lo tiene por bolacero, le dio los detalles de la conversación.
Don Juan Manuel, para asegurarse salió él mismo a
interrogar al negro Ramón, pero al llegar lo habían reventado a palazos. Así
con sólo un par de nombres le ordenó a su mano derecha, es decir al padre de
Lucio, que organizara la investigación, la cual sólo demoró tres días con la
caída de los cuatro cabecillas quienes ya habían recibido parte del pago.
Aunque el Brigadier no quería hacerlo pues eso iba en contra de sus
negociaciones con el resto de las provincias, ante quienes quería mostrarse
como magnánimo, tuvo que hacer que las ejecuciones fueran públicas. Así el domingo,
luego de oír misa, comenzaron las ejecuciones de los responsables, de los que
por razones de estado no se dijo el nombre.
El plan había sido desarmado de tal forma que
incluso se sabían los nombres de las victimas programadas. Dos de éstos,
descendientes de oficiales del ejército de San Martín, pidieron ser ellos
mismos quienes empuñaran el látigo. Pues, las muertes fueron calculadas en su
gran crueldad. Debían morir en el patíbulo a causa de los azotes, y por
tratarse de hombres de mediana edad y muy fuertes, eso demoró más de una hora
por cada reo. A las 6 de la tarde, el
propio General Mansilla ordenó descolgar los cadáveres, cargarlos en una
carreta y llevarlos hasta un lugar indeterminado para sepultarlos. La carreta
llegó a un cierto lugar a las cuatro de la mañana, y allí los cadáveres fueron
arrojados en un antiguo pozo de agua, para evitar cualquier intento de rescate.
En cuanto a Alfonso Tapia, a fin de no entorpecer
más las cosas con la Banda Oriental, lo mató un suboficial de la Mazorca,
simulando un duelo criollo a causa de una mujer.
Ese día al irse a dormir don Juan Manuel pensó
mucho en su muerte y en su sucesión, y aunque Lucio, sólo tenía 8 años, lo
comenzó a ver como un sucesor, hablando mucho con su cuñado acerca de la
formación del crío, lo cual se debería complementar con algún viaje por el
mundo, mitad para su aprendizaje intelectual y la otra mitad para que supiera
lo que era este mundo.
Fue así que se suscitó aquella anécdota que
cuentan los historiadores, cuando su padre a los 15 años lo sorprendió leyendo
“El contrato social” de Rosseau
De allí a embarcarlo rumbo a la India en un barco
mercante bajo bandera argentina solo pasaron un par de meses.
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