Cap 5 12
Capítulo 5: Indios, aventureros, refugiados y cautivos
1842
Maitén, hija de Machén, era una ranquel que fue madre
de una hija a los 12 años. El padre de la niña fue un soldado, hijo de un marino
irlandés que vino al Río de la Plata con quien luego sería el Almirante
Guillermo Brown. Su nombre fue Guillermo en honor al almirante, ya que su padre
había sido un juvenil compañero de armas del almirante, su apellido Mc Clusey. Por
qué algunos hombres se internaban en el peligroso desierto para conquistar a
alguna india, no se explicaba por la simple razón de los impulsos naturales. Es
cierto, según algunos afirmaban, que las indias al no tener esa carga de
pacatería insulsa de la citadinas, es decir, quienes llamaban gran ciudad a lo
que aún era una aldea; les brindaban a los huincas que llegaran en paz gozos
que éstos no lograban en las ciudades. Es por esta causa que la larga guerra de
exterminio se demoraba, no por la evidente bravura de los ranqueles, quienes a
decir verdad no querían guerra con nadie, sino que los dejaran vivir en paz,
sino por las virtudes de sus indias. Pero, por otra parte pocos se explicaban
el gusto de ellas por lo jóvenes huincas, destinados en un futuro lejano a
exterminarlos.
Más tarde, Guillermo, harto de guerras sin
sentido, se refugió en las tolderías donde a los 45 años conoció a un pícara y
traviesa Maitén, que entonces contaba con 10 años. Aunque la niña aún no sabía
lo que era el amor, por su condición de ranquel sí sabía muy bien lo que era el
sexo, por lo que tuvo sexo con el soldado un año después, y así, un 4 de junio,
tuvo una niña a la que Guillermo llamó Patricia en honor a sus ancestros
irlandeses. Esta niña al crecer fue de piel de un color cruzado entre el cobrizo
ranquel y el blanco rojizo del padre, su pelo y ojos totalmente irlandeses, es
decir, de pelirrojo ensortijado y verdes esmeralda intensos. O sea, pocos
adivinarían que esa niña tuviera algo de ranquel. Maitén le agregó uno ranquel
así se llamaría Patricia Manqué
1843
Sólo 4 meses después del nacimiento de Patricia, y
en pleno amamantamiento, Maitén, salió en busca de leña. Pero, por alejarse sola
a varias leguas de su toldo, fue sorprendida por un soldado, que aunque se
llamaba Juan Pedro López sus compañeros lo llamaban Pizarro por su carácter irascible,
su odio visceral hacia los indios y su furia asesina. Así secuestrándola, la
ató, con un grillete y una larga cadena, a un árbol cerca de su carpa de
campaña. Allí la jovencita debía dormir a la intemperie, sólo protegida por la
sombra del árbol. Allí mismo la violó y torturó, varias veces por día, durante casi
un mes, hasta que agotado y harto, la abandonó a su suerte con una salvedad que
mostraba su sadismo. Aunque Maitén estuviera engrillada, la cadena era lo
suficientemente larga como para acercarse a un arroyo, que más bien era un
delgado canal de donde salía agua subsurgente, y así ahuecando su mano derecha,
ya que el grillete lo tenía colocado en el tobillo izquierdo y así su alcance
era máximo, lograba tomar agua fresca. Y fue por esta causa que no murió de sed
a los pocos días, pero sí pasó mucha hambre lo cual hizo que sus pies perdieran
toda su grasa y así luego de mucho intentarlo y soportando un intenso dolor
logró hacer deslizar el grillete por su tobillo. Por supuesto juró venganza como
hubiera hecho cualquier mujer de cualquier raza. De esta acción, durante el
invierno de 1843, nació su segunda hija, Mailén, quien aunque su embarazo no
fue deseado, se la recibió con alegría como solían hacer los ranqueles. Como
los ranqueles saben el significado de los nombres, el elegido por Maitén hacía
referencia a dos conceptos, por un lado su hija sería princesa y en segundo
lugar doncella, hasta que ella misma decidiera entregarse al hombre que
quisiera y no como ella a quien violaron estando secuestrada.
Como toda india ranquel, Mailén se crió en medio
de la inmensidad del desierto. Y si bien la sociedad ranquel era tan machista
como la cristiana, era capaz de pelearse cara a cara con cualquier varón,
siendo el mote que más la enfurecía el de “cristiana”. Zafó de la muerte
durante más de una de las habituales epidemias, ya fuera viruela, escarlatina, tuberculosis,
sarampión, poliomielitis o cualquier otra cosa traída tanto por el huinca como
americana, como la sífilis y el tabaco. A los cuatro años ya montaba a un
petiso en pelo y a los 8 tuvo su menarca y por ende su rito de iniciación
sexual.
El rito pasó por varias etapas de transformación,
y si al principio era sustituto del sacrificio ritual de una víctima propicia,
que debía ser virgen e inocente, según los parámetros de tal cultura; la
segunda versión pudo ser rastreada en Oceanía. Consistía en lo siguiente:
presidida por un chamán, el adulto varón más cercano en sangre debía, luego de
que la nena hubiera tenido su menarca desflorarla, ya que consideraban que acto
tan sublime no podía ser efectuado por un extraño. Pero esto también cambió. El
siguiente paso era hacerlo con un instrumento filoso de modo que el himen se
desgarre con el menor sufrimiento posible. Para los cristianos, teniendo en
cuenta de que a los varones no se los sometía a rito equivalente, era
equiparado con la circuncisión judía. ¿Qué quedó de todo eso? Una perforación
de orejas. A veces a la usanza huinca para los aros, otras dejando un orificio
de radio notorio. Debido a que Mailén era hija de un huinca violador, por lo
tanto no sólo ausente sino indeseado, el encargado de tan solemne rito fue su
abuelo Machén. A pesar de parecerlo, el rito era solemne pero no sagrado, es
decir, no era una ofrenda a los dioses. De modo que a causa de tantos cambios,
las chicas terminaban haciéndolo como lo hacían las chicas huincas, con un
amigo y sólo entonces se presentaban ante una chamán que las inspeccionaba para
saber si no tenía alguna deformidad. Nadie sabe, ya que ella nunca lo dijo, con
quien se inició. Aunque conociéndola ese chico sólo fue un instrumento para
quitarse la pesada carga de la virginidad.
Entonces se presentó Huenchuleo López, es decir
hijo de india y huinca, para decir que había un grupo de ranquelitos que ya
estaban grandes y debían probar su valor saliendo de caza.
Huenchuleo había nacido durante una tormenta que
duró tres días y el agua parecía llevárselo todo. Como el agua crecía aun en el
extenso llano del que de tanto agua no se distinguía el horizonte, su madre
creyó necesario buscar un lugar más alto y aunque estaba sola ya que todos
salieron a rescatar a los animales que pudieran, como divisó entre la bruma de
la lluvia algo que parecía un monte hacia allá se fue, pero cuando le faltaban
unas pocas varas cayó en lo que parecía el lecho de un arroyo ahora un río
torrentoso, lo cual es raro en la pampa y tras perder pie, su brazo derecho se
abrió y el bebé cayó al agua y desapareció tan rápido que su madre no pudo ni
siquiera tener donde buscarlo. A ella la encontraron dos días después tomada
del mismo tronco y llorando. Pero cinco días después le trajeron a un bebé que
parecía ser el suyo, algo al parecer imposible para un recién nacido, ya que luego
de tantos días debía haber muerto de frío y hambre. Pero como la esperanza trae
más esperanza quiso verlo, y para ser el mismo debería tener una marca blanca
parecida a una flor de cardo en la nalga izquierda lo cual era cierto. Por eso
le pusieron Huenchuleo Nilhue López. Por haber sobrevivido a un río bravo, por
tener un cardo en su nalga y ser hijo de un tal Carmelo López. Éste era un
comerciante gordo, bonachón y poco agraciado de cuerpo y rostro, pero todo lo
contrario en su carácter, que por entonces era uno de los pocos que se atrevía
a internarse tierra adentro. Se modo que pudo, con su gracia, enamorar a muchas
indias, siempre que mostraran sus canas, con las que tuvo varios hijos, algunos
dicen 10 otros hasta 30 siempre de mujeres diferentes. Como Auka, su madre,
brava como era, había decidido permanecer soltera, tener un hijo que no había
buscado fue a sus años, algunos decían que demasiados, un buen refugio para sus
últimos años. Su padre mucho más joven, y de allí que lo acusaran de pícaro,
esto es aprovecharse de la necesidad de amor de las ancianas, lo cual para él
no lo eran porque las ancianas decía no pueden procrear, toda esta discusión en
medio de una borrachera que los fogones alimentaban, hasta que algún capitanejo
muerto de risa cortaba de cuajo la discusión antes de que pasara a mayores.
Como Carmelo López, iba y venía con su carga de café, azúcar y alcohol para
llevarse plumas y cuero, no permanecía mucho en la zona, sólo les traía a sus
hijos como regalo juguetes huincas y libros. Lo indios se reían, ¿para qué
juguetes si aquí los niños se divierten más correteando a las gallinas?, y ¿para
que libros donde nadie sabe leer? Carmelo decía que ya los habrá. Y algo de
razón tuvo porque aunque Huenchuleo nunca fue a una escuela, con las pocas enseñanzas
que su padre le daba aprendió a leer, pero recién cuando la necesidad de
conquistar a una que otra hualita, cuestión de impresionar que le dicen,
aprendió a escribir pero con una letra horrible. Ya por entonces decían entre el
saber popular tan mezclado con la superstición y la magia, decían viviría
muchísimos años y que vería como el pueblo ranquel al estilo de los huincas
formaría su propio país, algo que el salvajismo asesino de los políticos
blancos se encargaron de negar.
El grupo estaba constituido por 8 varones y 6
mujeres, Patricia y Mailén entre ellas. Porque Patricia no lo hizo luego de su
rito de iniciación se debe a que por ser tan blanca, por ser hija de un
irlandés, se puso en duda su identidad ranquel y sólo ahora a los nueve años en
que ella lo pedía saldría de caza.
Patricia, por ser hija de quien era, era bastante
baja y delgada, Mailén, en cambio, tenía la piel oscura y era también baja como
Maitén pero mucho más robusta, como su padre biológico, Pizarro. Si estaban
hechos para la aventura, eso se vería ese mismo día.
Huenchuleo comenzó su arenga de un modo particular.
Saldrían a cazar un jabalí, y como Lepako, hija de un capitanejo nunca había
visto a ninguno, Huenchuleo afinó la arenga, preguntándoles si sabían lo que
era un cerdo, a lo cual todos respondieron afirmativamente a coro, y Huenchuleo
les dijo:
–
Bueno lo mismo, pero más grande y
volador.
Lepako, que no le creyó, le dijo:
–
¿Cómo que volador si los chanchos,
si es que se parecen, no tienen alas?
Y el hábil y engañoso Huenchuleo le dijo para aterrarlos aún
más:
–
Es cierto no tienen alas, pero
cuando se arrojan sobre una presa pegan un salto alto como para montar a un
caballo y cuando caen, y créanme que pesan como una vaca, aplastan a su presa,
dejándola finita como hoja de alerce.
Es necesario aclarar que todo estaban allí, justo
con él, por ser hijos de madre ranquel y padre huinca, algo que no los ponía en
la cima, sino en segundo lugar en la jerarquía, pero peor eran los hijos de
ranquel con las alfeñiques, temerosas y pusilánimes huincas.
Y esto es para explicar porque Tiara, que
pertenecía a este último grupo, apenas Huenchuleo terminó de decir “finita como
hoja de alerce”, se hizo pis encima.
Eso bastó para que Mailén la tomara fuerte del
brazo y la empujara para unirse con el resto del grupo que ya caminaba alegre
en busca de esa aventura.
Cuando Anselmo le preguntó con qué lanzas lo
cazarían, Huenchuleo les dijo:
–
Con estas y esas manos suyas, y
con lo que está acá y acá y acá. Señalándoles a cada uno su cabeza.
Pero Anselmo, sólo para sacarse las dudas, le volvió a
decir:
–
O sea que, ¿nada de armas?
–
Y eso te parece poco.
–
Claro, como vamos a cazar a un
jabalí grande como un caballo, sólo con las manos y sin puñales ni lanzas.
–
Ah, muchacho, ¡que poco valorás a
tu inteligencia!
–
A mí me parece que hoy no vamos a
comer carne de jabalí.
–
Y, ¿quién te dijo que lo
mataríamos?
–
¿Y para que lo vamos a cazar sino
lo vamos a matar para comerlo?
–
Eso es pensar como los huincas:
cazar, matar, comer. Nosotros haremos algo mejor.
Y para refrendar las palabras de Huenchuleo, pronto se
empezaron a escuchar las quejas de los que por caminar descalzos, según su
orden, sin sus clásicas sandalia de cáñamo.
–
Este nos trajo hasta acá para
sacrificarnos como corderitos.
Fue cuando luego de haberse alejado casi dos leguas
de la toldería, divisaron una gran alameda y cuando estuvieron a unas pocas
varas de ella, les ordenó encender fuego.
Si Lepako se sintió aliviada de dejar de caminar,
Anselmo se quejó de no tener con que encender el fuego y Huenchuleo con una
expresión del rostro extraña les dijo:
–
A mí no me miren, arréglense y
enciendan ese fuego.
Se juntaron de a pares. Mientras que algunos
frotaban maderas secas, otros chispaban piedras, sin ningún resultado. Fue
Patricia quien haciendo uso de un regalo de su padre intentó lo que para todos
fue lo más extraño. Sacó ese gran vidrio que solía usar para estudiar a las
hormigas y apuntando a una hoja seca por un lado y al intenso sol por el otro,
al cabo de un minuto, la hoja se prendió fuego y luego todos ayudaron con la
hojarasca sin haber tenido en cuenta el juntar ramas para mantenerlo. El resultado
fue que la llama se apagó. De modo que lo intentaron nuevamente, esta vez con
las cosas debidamente preparadas y el fuego prosperó. Pero Anselmo preguntó
para qué encender fuego sino tenían nada que asar y no hacía nada de frio como
para tener que calentarse. A Huenchuleo cada vez le costaba más contener su
risa.
Fue entonces que tomando una larga rama le rodeó la
punta de la lana de una oveja muerta que había a unas pocas vara, le hizo un
nudo y la frotó contra una especie de pino enano que largaba una gran cantidad
de resina. La acercó al fuego y ésta se encendió como una antorcha nocturna y
con ella entró corriendo al bosque pegando alaridos desgarradores. Si algunos
abrieron grandes, los otros se asustaron, al cabo de unos pocos momentos, todos
salieron corriendo de donde estaban cuando Huenchuleo volvía corriendo y detrás
de él un enorme y colmilludo jabalí grande como un lobo, un caballo, una vaca o
una montaña según quien lo viera. Pero el animal apenas los vio y comprobó su
miedo, bufó y raspó con su pezuña derecha varias veces, y dándose vuelta
regresó al bosque con indiferencia.
–
¿Eso debemos cazar, sin usar
lanzas?
Preguntó Anselmo con gran preocupación.
–
No, a ese no, a su padre que es
mucho más grande.
–
Este está loco.
–
Por si no lo sabés, el mundo es de
los locos.
Acto seguido los puso en círculo alrededor del
fuego hacia donde, según su experiencia, nunca se acercarían ni jabalíes, lobos
ni águilas, las que le vinieron a la mente cuando vio como una de ellas bajaba
en picada para cazar a un enorme cuis.
De pronto Mailén y Patricia se pusieron de pie se
acercaron a la apestosa oveja muerta y comenzaron una tarea que sería larga.
Con las largas mechas de sus pelos fueron armando una docena de cuerdas no muy
gruesas pero bastante largas como para unir a dos alerces sobre un camino que,
al parecer los jabalíes usaban para salir y entrar del bosque, la tarea fue
terminada cuando el sol ya se ponía.
Lepako preguntó.
–
¿Vamos a dormir aquí?
Y Huenchuleo, con calma, le dijo que no, que en
cuanto cazaran volverían a la toldería.
Cuando vio que las cuerdas se volvieron una red que
arrancando de la altura de una rodilla no llegaba a una vara, él volvió a
encender la antorcha y se internó en el bosque de la misma manera que antes y
al cabo de unos instantes, él portando su antorcha pegó un salto y traspasó la
red, la cual no fue vista por el jabalí, el cual era como Huenchuleo lo había
descrito, quien pegó con su cabeza en ella y por el impulso de la carrera,
mientras su cabeza que había pasado a través del entramado quedó allí
enganchada, el resto de su cuerpo hizo un voltereta y cayó con todo su peso de
espaldas lo cual lo aturdió el suficiente tiempo como para que el grupo lo
inmovilizara y tras un momento de reflexión, Huenchuleo rompió en aplausos y
como todo discurso dijo:.
–
¡Tarea cumplida!
Anselmo lo miró y dijo:
–
¿Cómo tarea cumplida?
–
Vinimos a cazar un jabalí y eso
hicimos.
–
¿Qué, no lo vamos a llevar para
carnear y comer?
–
¿Para qué si en la toldería
criamos cerdos más tiernos y ricos?
–
¿Y para eso vinimos, para cazar
sin matar?
–
De eso, mi amigo, se trata la
guerra, que no siempre es matar y matar.
Como premio los dejó calzarse y volvieron a la
toldería muy cerrada la noche y allí los esperaban con un suculento guiso de
carne de oveja y papas.
En medio de la cena Huenchuleo volvió a tomar la
voz, que para todos, incluso los tres capitanejos que allí estaban, era voz
autorizada, para decir:
–
Mañana saldremos a cazar, asar y
comer.
Anselmo dijo que ni pensarlo, cuando su madre,
alzándolo en vilo de las crines le hizo pedir disculpas que Huenchuleo aceptó
con una sonrisa.
La mañana despertó muy distinta, porque una
pertinaz llovizna parecía abarcarlo todo y cuando algunos, incluso Mailén,
pensaron que quedaría para otra ocasión. Huenchuleo ahora con una lanza corta
para cada uno los invitó a ponerse en camino.
El rumbo era totalmente opuesto. Se dirigían a una
zona despejada de montes, bosques, incluso árboles solitarios. Los pies se les
hundían en el barro y la lluvia les calaba los huesos. Pero al mediodía aunque
el día seguía espesamente nublado, cesó de llover y a la vera de una pajonal. Huenchuleo
volvió a ordenar lo mismo: encender fuego.
¿Y ahora qué?
Le dijo Lepako a Mailén.
–
¿Y ahora qué, qué?
Respondió Mailén.
–
Digo que ahora no tenemos sol como
para que Patricia use su vidrio, no se ven ramas secas por ningún lado y menos
piedras que chispar.
Pero Mailén, con una sonrisa irónica, le dice:
–
Pero tenemos más experiencia que
ayer.
Y como ninguno, salvo Patricia que participó de la
idea cuando vieron cómo se presentaría el día, dijo nada. Mailén le dijo que
busquen donde fuera ramas y pasto seco o medio seco y si bosta de vaca también.
Al rato, largo, cayeron Tiara y Lepako con lo
poco, al parecer seco, un poco de tallos de cardo y una bosta de vaca añeja y
seca.
Con la mirada atenta de Huenchuleo, Patricia usando
unos cartuchos robados al cacique Paine, según ella dijo, cuando en realidad el
cacique se los regaló luego de ver su cara de ruego irlandesa, los abrió y
volcó sobre el mejunje. Luego chispó unas piedras muy duras y apenas unas
chispas cayeron sobre la pólvora ésta no sólo se encendió sino que le
transmitió su calor al resto y el fuego, primero tímido y luego vivo los
calentó a todos. El método de Huenchuleo fue simple, hizo un pozo de casi media
vara donde trasladaron el fuego y ordenó salir a cazar. Tiara preguntó:
–
¿Qué es lo que vamos a cazar?
Huenchuleo le respondió:
–
Una oveja, un cuervo, dos conejos,
dos cuises y un ñandú.
Anselmo opinó que era mucho, pero Huenchuleo
confirmó la caza. Pero, Anselmo tenía sus razones, conejos, cuises, incluso un
ñandú, se podía ver por todos lados, pero él no recordaba haber vista a ninguna
oveja de camino al lugar. Pero Huenchuleo le dijo:
Pues bien, ese es el reto. Pero te voy a dar un
dato. Cada vez que una oveja se pierde y se hace montaraz se reproduce con
mayor velocidad, pero, además, como es salvaje es más astuta y eso es lo que
vamos a usar.
Las palabras de Huenchuleo encontraron eco en
todos. Al rato no sólo 2 sino 8 conejos fueron los cazados y Huenchuleo los
aceptó en lugar de los cuises. Nadie sabía, ni siquiera Huenchuleo, que clase
de ave era esa cosa tan bella y blanca pero la aceptaron a cambio del cuervo y
como Anselmo era diestro con las boleadoras cazar un ñandú fue cosa fácil. Pero
la oveja no se dejaba ver por ninguna parte. Por lo que Huenchuleo sugirió
sacrificar a los conejos, asarlos y cenar porque estaba claro que la caza se
extendería al menos otro día.
Por la mañana, luego de que todos fueran al arroyo
a lavarse, pero antes de peinarse, Huenchuleo les hizo prestar atención a los
olores y aromas que traía el viento. Esa fue la razón de no dejarlos peinar ya
que al hacerlo debían unos mojarse el pelo y las otras usar los perfumes que
sus madre les habían dado y eso interferiría con el cometido de Huenchuleo. Así
les llegaron los aromas de un lejano pinar, un campo de lavanda que crecía
mucho más allá del horizonte, el dulce perfume de los tilos. Pero Huenchuleo le
pidió que prestaran atención no sólo a los perfumes, sino a los olores menos
agradables. Y fue así que a Tiara le pareció percibir, pero sólo cuando la
brisa venía del este, ya que era cambiante, un olor como a cuero mojado, que Huenchuleo
no tuvo necesidad de explicar, olía a montura y eso era porque ésta estaba
hecha de cuero y lana de oveja.
Se pusieron en marcha con presteza pero cuidando
donde pisaban ya que un ruido a rama quebrada podía alertar a la presa la cual
se divisaba en grupo a unas cuantas y largas cuadras. Huenchuleo tuvo que
sofrenar a Anselmo quien, lanza en mano, quería salir a cazarlas. La razón era
sencilla, estaban aún muy lejos de modo que un grito o un simple sonido de
trote las pondrían sobre aviso y comenzarían a correr y, aunque no suelen ser
muy ágiles sí les haría más arduo el trabajo. Cuando estaban a unas dos cuadras
Huenchuleo ordenó comenzar a acercarse gateando y sólo cuando estuvieron a
menos de 8 varas que se abalanzaran sobre una en particular la más gorda y por
tanto de tranco más pesado. Pero una vez hecho esto les impidió matarla allí
mismo para volver con ella al paso firme.
Ya en el lugar Huenchuleo les pidió una oración de
agradecimiento a Ngüenechen que pudiendo haberlas dispersado como la brisa
permitió que la mano de los cazadores la hicieran presa. Como los ranqueles
pensaban que todo lo vivo tenía algo parecido a un espíritu que pasaba su
esencia vital de unos a otros nunca comían algo sin agradecer a los dioses y al
bocado mismo por eso.
Ya acabada la oración, Huenchuleo ofreció el puñal
a la única que hasta ese momento nunca lo había hundido en cosa animal, Tiara,
quien llorosa de tener que hacerlo, sin embargo, junto valor y lo hizo
clavándolo en el lugar que Huenchuleo le indicó. Cuando saltó el chorro de la
vital sangre Huenchuleo la juntó entre sus manos y los salpicó a todos a modo
de bendición la cual no debía ser lavada hasta llegada la puesta del sol.
Cuando la oveja dejó de palpitar, Huenchuleo,
pidiendo la atención de todos, les mostró como desollarla y así preservar el
cuero y lana del deterioro natural. Ofrecieron las vísceras a los buitres que
siempre lo limpian todo y asaron la fresca, jugosa y rica carne. Huenchuleo los
incitó a demorar el almuerzo, allí a la sombra de los alerces, para que la paz
los inunde. Sólo cuando el sol se puso sobre el horizonte les permitió irse a
bañar y cuando volvieron, les propuso una empresa difícil para todos: Volver a
la toldería en la oscuridad de la espesa noche que otra vez amenazaba con
lluvia.
Como no se veía nada no se conformó con ponerlos
en fila india sino que les ató muñeca con muñeca para que nadie se perdiese, lo
cual como todos sabían significaba la muerte. Para que el camino no se hiciera
más largo Huenchuleo comenzó con sus cantos, algunos rituales, otros alegres e
incluso algunos soeces. Durante todo el camino Lepako se quejó que Anselmo se
le ponía encima, pero cuando Huenchuleo se acercaba con el fin de separarlos
ella ponía cara extraña ya que si bien no le gustaba que Anselmo hiciera lo que
hacía, sí le gustaba él. Cosas de pichines decía Huenchuleo viendo que la
mayor, Patricia, sólo tenía 9 años.
Llegaron cuando el sol salía y luego de un
desayuno a base de leche y quesos, los mandó a todos a dormir.
Una nueva ceremonia no se volvería a ver hasta la
próxima primavera en que Huenchuleo se llevaría de caza a los mozos más
grandes.
Capítulo 6: La gran danza de las estrellas
Guillermo ya no se aparecía tanto por la toldería
como antes. Su relación con Maitén se había enfriado casi por completo. Es que
la pícara niña que lo sedujo hacía ya una década atrás ya no era la misma, pero
él que ya era un hombre cuando la conoció era casi el mismo. Sin embargo,
cuando llegaba a tierra adentro siempre le traía un regalo a su hija. Decir que
nunca tuvo otros hijos con su mujer blanca marca el aprecio que tenía por
Patricia y todavía por Maitén.
Cuando lo hizo un año antes, Patricia le contó
entusiasmada una experiencia que Huenchuleo, para contarla, se llevó a todos
los más jóvenes lejos de la toldería. Cuando él era muy chico la toldería y
todas la que él podía conocer se llenaron de terror durante tres noches. Una
estrella, de pronto y sin aviso se hizo
tan grande y brillante que parecía otro sol. Algunos se cubrieron de cenizas,
otros huyeron pensando que Gualicho los venía a buscar, dos se cortaron las
venas, pero Huenchuleo el sabio analfabeto de la aldea sabía que eso era cosa
de los dioses y por lo tanto pasaría, lo cual ocurrió dos días después.
Esa noche sería diferente. Huenchuleo sabía que
durante la parte más calurosa del verano, a veces antes, los dioses les
mostraban un gran espectáculo, dejaban que las estrellas se desprendan del
cielo y caigan a tierra, algo que todos podían ver en cualquier noche clara,
pero en esa noche, a veces hasta tres, el espectáculo era tan notorio que
algunas estrellas en lugar de apagarse en plena caída, caían al mapu dejando
oír su gran estrépito. Eso hubiera bastado para maravillar a cuanto niño
anduviera por el lugar.
Pero al día siguiente, Huenchuleo propuso algo
diferente. Salir al encuentro de esas estrellas muertas. Cuando Anselmo, el
preguntón de siempre, le dijo que lo muerto no se debe tocar, Huenchuleo le
dijo que si era un regalo del cielo, se podía ver y tocar. De manera que
salieron a caminar muy de madrugada ya que según él creía un grupo había caído
a unas 10 leguas, lejos para el hombre pero nada para una estrella.
Llegaron al atardecer. La caída había incendiado,
más bien hecho desaparecer a un pequeño bosque de pinos que para Huenchuleo
ocupaban varias cuadras a la redonda. La ceniza era tanta que parecía que caminaban sobre la nieve. Anselmo
preguntó porque el bosque estaba tan quemado pero el pasto tan cercano no. Huenchuleo
no lo sabía pero ensayó una respuesta:
Es como cuando le echamos una manta a un fuego
para apagarlo no sé porque lo hace pero es efectivo.
Mientras eso pasaba, Patricia, que se había
alejado casi dos cuadras levantó una piedra azul que si le ocupaba la palma de
la mano pesaba mucho más que un pedazo de hierro, no tenía forma y era muy
porosa.
Cuando se la mostró a Guillermo, este, para
convencerla de hacerlo le tuvo que regalar su objeto más preciado, si un año
antes le había regalado una gran lupa, ahora le daría su brújula. Tiempo
después volvió para decirle que esa piedra azul era, según le habían dicho,
magnetita, pero en razón de lo mucho que le pagaron por ella, él pensaba que
era otra cosa. Guillermo no era de los que decían que eran cosas de los dioses,
sino que la naturaleza tenía esas cosas.
Pero el regalo que esta vez le trajo fue motivo de
discusiones.
–
¿No era mejor traerle ropa, o algo
de comer, una golosina de esas que hacen los huincas? Pero no, al señor se le
ocurrió esa cosa inútil. ¿Para qué quiere una nena ese juguete? Al menos le
hubieras traído una linda muñeca.
Y Guillermo azorado por la incomprensión de Maitén le
retruca:
–
Pero si también le traje ropa,
alimentos y una muñeca.
–
Sí, pero con lo que habrás gastado
en eso que se nota tan caro como inútil, pudiste comprarle el doble de cosas.
A todo esto Patricia ya lo había sacado de su gran y larga
caja de madera. Y como tampoco ella sabía para que servía, Guillermo tuvo que
esperar a la noche para explicárselo. Patricia, que esta roja de lo feliz de
ver a su padre, le preguntó:
–
Pero, ¿Por qué hay que esperar a
la noche?
–
Ya lo verás. Y si no me apuñala tu
madre, podremos cenar, tomar café… ¡que traje!, con azúcar… ¡que traje! y luego
un trago de whisky escocés… ¡que también traje!
Y cada vez que lo afirmaba estiraba el cuello para
que la enojada Maitén lo escuchara, aunque el que mejor lo escuchó fue el aún
adolescente Epumer, que ya le daba a la bebida, y cuanto más seca mejor. De
allí que no podía despreciar a esos indios del norte de Gran Bretaña, como
sabía que los Ingleses llamaban a los escoceses.
Guillermo sabía de la avidez del muchacho por el
alcohol y no quería ser partícipe de sus futuras borracheras, de modo que hizo
trampa. Tenía tres botellas, dos de vidrio común y una, al parecer, de cristal
labrado y fue esa, justamente, la que Epumer le arrebató para ir a tomársela
solo. Guillermo había cambiado los contenidos, pasando el whisky común a la
botella labrada y viceversa.
Cuando vio que Epumer dio con la cara en la gramilla
y no se levantaría de allí en varias horas, juzgó tiempo de tomar a Patricia
para enseñarle a usar el nuevo juguete y para eso la llevó caminando varias
cuadras donde ni siquiera el resplandor del fogón los alcanzase. Sacó el
trípode y allí colocó el largo tubo.
–
Esto, hija, se llama telescopio y
sirve para ver las estrellas que no son sólo esos millones de puntitos que allá
se ven.
Como el lucero ya hacía rato que se había puesto en el
poniente, eligió una estrella de color amarillo, desenroscó un poco el
objetivo, y afinó el ocular y cuando la imagen apareció clara, fue la primera
lección:
–
Eso que ves no es una estrella
sino un planeta, se llama Júpiter.
–
¿Cómo que no es una estrella?
–
Bueno, hija, casi todas los son,
la mayoría mucho más grande que el sol, pero hay muchísimos planetas, y algunos
están tan cerca que los podemos ver con este aparato.
Patricia entendía poco y nada de lo que su padre le
decía, pero estaba fascinada de verlo por el ocular, tanto que lo único que se
dedicó a ver fue a ese planeta amarillo en toda la noche. Aprovechó para
contarle historias de estrellas nacidas de la imaginación de cientos de marinos
que las tienen como fieles compañeras.
Por la mañana, Guillermo que se lamentaba que Patricia
no supiera leer, le mostró unos dibujos de un gran libro y no pudo negarse a
regalárselo cuando Patricia se lo pidió.
Pero al mediodía se montó en su caballo y se
volvió a alejar de la toldería y no volvió sino para el cuatro de junio cuando
Patricia cumplió 10 años.
Tuvo dos sorpresas. La primera que su hija ya era
señorita y la segunda que Patricia había podido identificar por sí misma a 5 de
los planetas a los que señalaba con el dedo en los dibujos. Guillermo le tuvo
que decir los nombres: Júpiter, Venus, Saturno, Marte y Neptuno. Aún no había
podido hacerlo con Mercurio y Urano.
Sin embargo Patricia, que también apuntaba su
telescopio hacia la luna, le contó que había podido ver a sus habitantes.
–
¿Cómo que viste a sus habitantes?
–
Sí, y se la pasan bailando.
–
¿Cómo es eso?
–
Sí, si mirás los vas a ver
bailando de un lugar para otro. Porque, ¿allí también hay gente?, ¿No?
Guillermo se guardó el “de ninguna manera” o el “no lo sé”,
pero además que eso que a ella le parecían movimientos eran producto del
titilar propio de las estrellas a causa de los movimientos de la atmósfera.
Como sabía que nunca lo comprendería la dejó en su sana ignorancia. Pero
Patricia le preguntó:
–
¿Y cómo se llaman?
Y ante semejante aprieto Guillermo le dijo:
–
Lunáticos.
–
¿Cómo lunáticos? ¿Cómo a los
locos?
–
Creo que sí.
Una mañana Guillermo se apareció con un regalo
distinto. Había comprado hilo sisal y a la usanza porteña armó algo que él
suponía pocos ranqueles hasta entonces conocían. Según el lugar lo llamaban de
distintas formas, en España, cometa y los chicos de Buenos Aires barrilete.
Aunque no era de refulgente colorido como suelen
usar los chicos de hoy día, la sola maravilla de que levantara vuelo hizo que
se juntaran todos los indiecitos de la aldea. Lo cual le trajo otro problema,
cuando todos se peleaban por sostener el frágil hilo. Así que tuvo que cambiar
sus planes y en lugar de prepararse para cenar y hacer las paces con Maitén,
volvió a ensillar y salió rumbo a San Luis el lugar más cercano para conseguir
los materiales. En realidad no eran muchos. Como papel viejos diarios tabloides,
la caña abundaba en cualquier lugar y sólo el hilo era difícil de conseguir, ya
que contando que los chicos serían varias decenas, no estaba seguro de
conseguirlo en un único lugar.
Cuando una semana después volvió con hilo y papel,
todos salieron a buscar cañas y antes de poder comer nada ya estaba armando el
primero. Patricia lo observaba con mucha atención y sin reclamar el suyo, salió
disparada y en lugar de usar el papel que su padre había traído ella usó un muy
delgado cuero de oveja a la que, para adosarlo al armazón, al no poder ponerle
engrudo, tuvo que coser.
A la vista y volando no se distinguía más que los
otros, pero bastó que un sorpresivo aguacero se abatiera sobre el gran enjambre
de barrilete para que todos vieran a su papel perforado cayendo a tierra. Sólo
el de Patricia, hecho por ella misma quedó en el cielo.
De esa experiencia a Patricia le quedó una espina
de duda: ¡Qué cosa maravillosa que era el viento! Y si el hombre había podido
dominar al férreo caballo, ¿Podrá, alguna vez, domar al viento?
1855
Por ese entonces Patricia de 13 años, a quien no
se le conocía pareja fija, fue madre, un 4 de abril, de un varón al que le puso el nombre de
Guillermo, como su propio padre. El bebé era aún más blanco que ella por lo que
algunos supusieron que el padre del varoncito sería un huinca. Patricia
emulando a su madre ya buscaba ese crío desde sus 10 años dos años después de
cumplido su rito de iniciación. Ella nunca reveló el nombre del padre de
Guillermo. Llenando a las mentes, por este misterio, de grandes fantasías.
Capítulo 7: De perros fieles y encuentros con balncos
Es sabido que los ranqueles no tienen ningún
aprecio por los perros. Los pobres pasan mucha hambre y no pocas veces los
tratan a las patadas.
Pero no fue ese el destino que Mailén le daría a Curileo
(Río Negro). El cachorro era hijo de una perra común con el perro de un
refugiado a quien le gustaban los perros muy grandes. Mailén no sabía nada de
razas, pero al ver como el cachorro de sólo una luna gruñir, ladrar y morder a
cuanta cosa veía, ella se dijo “éste es de los míos” y lo adoptó. Cosa normal
para cualquier chica huinca pero no para una ranquelita de 10 años y ahora a
los 12, Curileo había crecido y mucho, tanto que salvo a Miguel Juárez, el
refugiado, asustaba a todos; y la acompañaba a todos lados.
No fue una única vez que el noble animal se trenzó
en furiosas peleas con otros de sus congéneres, llegando a matar a uno. Mailén
tuvo que trabajar mucho para atemperar su genio y ahora, salvo una indicación
suya, el rudo cachorro, se mantenía siempre firme a su lado.
Y como todo ranquel tenía una yegua la cual apenas
nacida salió corriendo al campo a husmear flores y comer pasto tierno, por eso
le pusieron Kinturray. Y sin tener en cuenta su enorme tamaño, se la dieron a
Mailén.
Una tarde en que Mailén paseaba con Kinturray y a
su lado el fiel Curileo, vio, al pie de un ombú, a un hombre al parecer herido
y atado. Al acercarse distinguió claramente que se trataba de un soldado huinca.
Juan Carlos, había tenido con su partida, un encuentro con indios, quienes
defendiendo su territorio, lo derrotaron, por lo que se resignó a su muerte.
Mailén se apeó de su yegua, y mientras Juan Carlos
la veía, se preguntaba como hacía una nena tan pequeña para subirse a un
caballo tan grande, sin apero ni estribos. La chica se acercó al herido quien,
habiendo tenido el encuentro hacía ya tres días, estaba torturado por la sed,
por lo que le ofreció beber de su odre de agua. El soldado se intrigó que una
ranquel en lugar de dejarlo morir le ofreciese agua, pero en virtud de su sed
no le preguntó nada. La nena, que apenas hablaba castellano, le preguntó, más
por señas que por palabras, qué prefería: acercarse a su toldería o volver a su
fortín.
Aunque estaba en la mitad del desierto el muchacho
prefirió volver. Fue cuando vio como la nena sacaba un cuchillo de una pequeña
bolsa, ya que, como es costumbre entre las jóvenes ranqueles, estaba, para la
forma de ver blanca, casi desnuda. Es decir, vestía con esa especie de doble
pañal, debajo una suave tela de algo parecido al algodón, tejido artesanalmente
en sus telares y sobre sus espaldas una tela de cuero de oveja de hebras
peinadas, abierta y sin botones.
Juan Carlos, que conocía la destreza de todo indio
con las armas blancas, dudaba si lo atacaría o lo usaría para cortar los cueros
con los que los ranqueles lo habían atado. No fue ninguna de las dos. Mailén,
que no se atrevía a soltarlo, se acercó, le rompió el pantalón y lo dejó
desnudo, en este caso, mostrando esa especie de calzón de algodón abotonado por
delante que era de uso obligatorio para todo oficial. A la pregunta de si eso
era para apurar su muerte, la chica le respondió de una forma particular. Sin
soltarlo le pidió tener relaciones. Juan Carlos, al ver su pequeño cuerpo y sin
saber de las costumbres ranqueles, se sonrío pensando que eso sería imposible.
Y Mailén, mostrándole sus orejas perforadas, con los dedos de sus manos le
indica que ya tenía 12 años. Para quitarle toda duda, ella misma se subió sobre
él para cumplir su deseo y el huinca, que pensaba, en virtud del pensamiento
retrógrado de su pueblo, que las nenas de tal edad no podían tener relaciones,
se sorprendió cuando las pudo tener sin dificultad alguna, mientras observaba
como el joven la miraba perplejo.
Luego, dejando su odre de agua, hizo chasquear sus
dedos y Curileo se abalanzó como si lo hubiera hecho muchas veces sobre los
cueros que ataban sus muñecas y tobillos dejándolo libre de sólo cuatro
tarascones, mientras Mailén tomando a Kinturray de la cola pegó un gran salto,
montó rápido y desde el caballo le arrojó el cuchillo, que se clavó en el árbol
a centímetros del hombro izquierdo del soldado; taconeando a su yegua hasta una
tirada de piedra.
El soldado pensó que su suerte no había cambiado
mucho, pues estaba tan lejos del fortín que no podría llegar a él, por lo que
hizo lo que la indiecita esperaba, le rogó que no lo dejara allí.
El ofrecimiento de la indiecita fue simple, lo
llevaría hasta un lugar que ella conocía donde poder agenciarse un caballo. Así,
ayudándolo, lo hizo montar detrás suyo y galoparon hacia dicho sitio.
Durante las 18 horas que duró el viaje, esto es un
decir, el huinca, desacostumbrado a montar sin silla ni riendas, tuvo que pedir
varias veces que el caballo se detenga para no caerse de él.
Llegados al lugar, había un indio que hacía
negocios con quien quisiera comprarle caballos, domados por él mismo con el
incomprensible método ranquel. Es decir, ¿qué es eso de hablarle a un caballo?
Pero como el soldado no tenía dinero, el indio
confió en la palabra de Mailén que ya le pagarían.
Como la noche era tan cerrada que impedía ver más
allá de las propias pupilas, el buen indio les ofreció no sólo dormir sino
comer un sustancioso asado de dos liebres que había cazado por la tarde y luego
un lugar al amparo de los mosquitos.
Con la claridad del alba, Juan Carlos se puso en
pie con la intención de montar y volver a su fortín lo cual no fue impedido.
Recién entonces ambos se preguntaron los nombres. Mailén
lo observó alejarse hasta que desapareció por el horizonte.
El indio que vio que la indiecita suspiraba, le
preguntó el motivo, a lo que la nena frotándose la panza con sus dos manos le
respondió que esperaba estar embarazada de un hombre tan hermoso. El buen indio
se rio a carcajadas y le explicó que era poco probable que a su edad pudiera
tener hijos. Obviamente, el indio ignoraba que Mailén ya había pasado por el
rito de iniciación, hacía ya varios otoños.
El buen indio no le comentó que el soldado bien
pudo atacarla para robarle el caballo, por lo que pensó que el huinca era un
buen muchacho.
Si bien tanto Mailén como Juan Carlos pensaron que
no se reencontrarían jamás, el destino se encargó de que no fuera así.
A su regreso Juan Carlos tuvo un percance. Al
llegar al fortín le sucedieron dos cosas. Su caballo se empacó a unas dos
cuadras de la empalizada, por lo que tuvo que llegar a pie. El caballo como
jineteado por un fantasma puso su hocico rumbo a su querencia, y lo segundo fue
que apenas cruzó el portal, luego de vomitar, cayó desmayado por el esfuerzo. A
los cinco días se despertó de su fiebre y tuvo que explicar a medio mundo quién
era la Mailén que mencionaba a cada minuto durante su delirio febril. Todos
quedaron conformes cuando él dijo que era una india joven que lo había ayudado,
verdad que muy pocos aceptaron. A nadie se le pasaba por la cabeza que un indio
fuera de la edad o sexo que fuera ayudara a un hombre civilizado.
Capítulo 8: El fin de la inocencia
Las joyas de la corona: Hilary, Emma y Victoria
Como era usual en aquella época, cientos de
europeos de toda clase ya fueran españoles, gitanos, ingleses, alemanes,
judíos, etc., se acercaban a la dura condición de las pampas. Algunas de ellas
fueron tres jóvenes prostitutas inglesas que huían de su patria a causa de
haber tenido que matar a un hombre. En Inglaterra, a una prostituta no se le
otorgaba el derecho a defensa propia. Luego de intentar embarcarse rumbo a los
Estados Unidos de América, donde serían favorecidas por el idioma, pero
rechazadas por su condición de prostitutas, no tuvieron más remedio que hacerlo
en un barco, propiedad de un pionero dueño de estancia, que partiría en tres
días hacia Buenos Aires. Como no tenían ni un penique, el capitán las aceptó
con la condición de acompañarlo como amantes. Claro que las chicas, impetuosas
por naturaleza, pronto se entregaron sin pedir nada cambio al resto de los 13
tripulantes. Durante el largo viaje, aprendieron algo de castellano, algunas
mañas de la pesca en el mar y fundamentalmente la geografía del país al que se
dirigían. En Buenos Aires se encontraron con la novedad de que los porteños
poco se acordaban de la ayuda financiera inglesa para poder hacer la guerra y
concretar la libertad de América.
Así que no pudiendo volver a su país, optaron,
luego de muchas lágrimas, por asociarse a un proxeneta escocés y salir rumbo a
los fortines donde sus pieles blancas, sus pelos rubios, sus ojos profundamente
azules y sus 12 años, pudieran darles de comer.
Hilary, Emma y Victoria, no sólo aprendieron rápido
a hablar el idioma, al que sin embargo pronunciaban con un fuerte acento inglés,
sino que se enteraron de la existencia cercana de indios, a los cuales los
soldados describían como enormes, sucios y despiadados, lo cual su mente
romántica convirtió en una especie de monstruos alados a los que ellas debían
entregarse con el fin de civilizarlos.
Y así, en un acto de locura impensado para
cualquiera, las chicas se internaron solas y a pie en el vasto desierto. Los
soldados apostaban a que volverían al día siguiente, o bien que las
encontrarían comidas por las fieras o muertas o prisioneras de los indios. Al
segundo día eso era lo que ellas mismas estaban meditando que les pasaría
cuando dos indios de a caballo las descubrieron, y sorprendidos, no sólo de su
belleza sino por la vestimenta que lucían,
refrenando sus deseos de violarlas, pensando en que serían un presente para
algún cacique de parte de algún huinca con ganas de negociar sus productos, las
condujeron hasta la toldería más cercana, y luego de comer y pasar la noche,
donde allí las inglesitas, que ejercían la prostitución desde los 9 años, les
agradecieron, con su bello cuerpo, lo que habían hecho con ellas.
Eso no fue todo. Los indios recibieron orden del
capitanejo de la toldería de llevarlas hasta las lejanas tolderías del cacique Painé
que estaba organizando un gran fiesta por el regreso sano y salvo de
Yanquetruz, a quien Don Juan Manuel, bautizó como Mariano Rosas, hecho aceptado
por Painé, teniendo en cuenta el cumplimiento de algunos tratados por parte del
Brigadier General. Dos días después, la indiada se sorprendería de la exótica
belleza de las inglesitas, quienes con sus 12 años no representaban más de 10.
Fue entonces cuando conocieron a Mailén y supieron que esa indiecita, que
apenas hacía sombra en el suelo, era algo especial y en su mente la imaginaron
como una especie de Pocahontas o Malinche del hemisferio sur. Así, aunque
inusual para un inglés, a pesar de ser mayores se pusieron a las órdenes de la
indiecita.
1856
Un año después su produjo un segundo encuentro de Mailén,
ahora de 13 años, con Juan Carlos. Esta vez Juan Carlos estaba sano y bien
comido, por lo que recordando lo sucedido antes se acercó despacio a Mailén que
distraída practicaba con sus boleadoras arrojarlas los más lejos posible entre
un grupo de cardos. La acción consistía en quebrar y cortar el tallo seco y
flexible del cardo para luego enredarse en el segundo. Este tiro era útil para
cazar ñandúes pero inefectivo para liar caballos. Para ellos era necesario liar
con boleadoras con piedras más pesadas y tientos de cuero, en lugar de los de
cáñamo usadas para las grandes aves. Juan Carlos le tocó el hombro y Mailén que
ya lo había olido desde hacía largo rato sólo se dio vuelta para abrazarlo.
Esa tarde a la sombra de una alameda volvieron a
intimar. Al alejarse Juan Carlos, Mailén tuvo los mismos pensamientos que antes.
Durante el tiempo que Juan Carlos estuvo con
Mailén ocurrió un hecho para muchos desgraciado. Aprovechando su ausencia, Pizarro,
había secuestrado y violado a dos nenas ranqueles una de 7 años, la otra de 9.
Juan Carlos, sin embargo, no podía hacer nada ya que estos hechos, aunque
prohibidos por el reglamento, ya consumados sucedían con cierta frecuencia,
pero nunca con nenas tan jóvenes. Lo común era que, aprovechando los tiempos de
paz, los muchachos se acercaran a la zona de tolderías donde se congraciaban
con las indias jóvenes. No era sólo por la falta de mujeres en los fortines,
sino debido a que las indias lo hacían mucho mejor.
Pero cuando Pizarro buscó una tercera víctima,
Juan Carlos intervino y lo amenazó con una corte marcial. Pizarro interrumpió
la acción, se rio de su superior, montó su caballo y se dio a la fuga sin
siquiera hacer galopar a su caballo.
Mailén agradeció a Juan Carlos que salvara a la
nena.
A las tres semanas Mailén tuvo sus primeros vómitos
síntomas de su embarazo, sin embargo no dejó de hacer las cosas que cualquier joven
mujer ranquel suele hacer: buscar leña, lavar ropa, cocinar.
La noticia corrió rápido entre las tolderías. Guillermo,
el padre de Patricia, hermana de Mailén, murió luego de una agonía de una
semana. La razón: ser la pareja de Maitén, madre de Patricia, Mailén y otros cuatro
hijos varones de distintos padres. El asesino, Pizarro.
Aunque Guillermo tenía su puesto en Buenos Aires,
luego de la “Batalla de Caseros”, le recomendaron que por algún tiempo, hasta
que se calmaran las cosas tomara distancia de la gran aldea. Le llevó un par de
días alquilar un carro mediano y llenarlo de víveres y los enseres esenciales
como para vivir varios meses en la soledad del desierto. Allí tendría unas
largas, como se las llamaba en Europa, según había leído en varios libros, vacaciones.
Y el grado de teniente.
Luego de un mes de dejarse crecer la barba, haber
aprendido por sí mismo a cazar y pescar lo poco que se asomaba por su carro,
apareció un compañero con quien compartir la escasa comida y la soledad. Las
cosas fueron bien por un par de días, pero dos cosas, independientes entre sí,
precipitaron los hechos. El otro, era Pizarro, que cuando quería sexo bizarro
se quitaba el uniforme para evitar preguntas. Luego de la cena, Pizarro le
sugirió a Guillermo, aprovechando la absoluta soledad, que lo tomara como hembra,
cosa que el teniente rechazó de plano. Este hecho hubiera quedado en el olvido
de no ser que Pizarro notó un pequeño tatuaje en el brazo de Guillermo que
rezaba Maitén y Patricia. A la pregunta de saber quiénes eran, Guillermo le
confirmo sus identidades. La lujuria se encendió en el pecho del viejo soldado
quien sugirió ir en su busca para violarlas. Guillermo ahora realmente airado
le espetó de cómo se le ocurría que él iría a violar a su propia hija, y fue
entonces que se desató la tormenta. Ambos desenvainaron sus puñales y se
trenzaron en un duelo criollo, la suerte hubiera estado del lado del joven de
no ser que las malas artes del viejo fueron más fuertes. Echándose al suelo,
simulando una herida, el viejo pidió piedad, en el joven primó el honor, honor
que le sería mortal, apenas se agachó para ayudar a su adversario, este le
enterró el puñal en el pulmón derecho, mientras que le informaba ser el padre
de Mailén y, como era su costumbre, lo dejó abandonado. Sólo tres días después
una partida que se interesó de su ausencia lo encontró en un charco de sangre
podrida. Sus ojos ya habían alimentado a los cuervos. Los soldados lo
socorrieron rápidamente y aunque recibió pronta ayuda médica, murió al cuarto
día. Sus últimas palabras lúcidas fueron para Maitén y Patricia, las malas para
su ignorado asesino. Sin embargo, Maitén sabía quién era.
1856
Un hermoso día de primavera, 10 de octubre en el
calendario huinca, Mailén fue madre de una nena a la que le puso, Jazmín. Pero
un refugiado que insistía que tarde o temprano los huincas lo abarcarían todo y
por eso los obligarían a censarse, le sugirió un nombre para ella extraño,
Marcela, que según el hombre tenía que ver con el dios Marte, dios de la guerra
y como era hija de un soldado y además estaban en guerra, le parecía el
adecuando. Por lo tanto le quedó Jazmín Marcela.
Y fue por eso, el tener que ponerle nombre, que
Mailén reflexionó sobre sí misma. Si fue sencillo nombrar a su hija como Jazmín
Marcela Robles, aun sabiendo que él aun ignoraba de la existencia de su hija,
su caso era diferente ya que Maitén, su madre, se negaba a darle el apellido
del huinca que la violó. Así que el único que podía saber sobre los orígenes,
no ya sólo de Maitén y toda la parentela era su abuelo, Machén, quien haciendo
gala de lo lenguaraz que era, pero sin empezar por el principio. Porque un
lenguaraz cuando lo hace comienza relatando la larga teogonía y la consecuente
teodicea de los tiempos antiguos. Él fue mucho más simple, como ellos eran
Pehuenches, o sea, gente de los pinos, porque allí vivían sus ancestros antes
de integrarse a los toldos de Pincén, pero llamarla Pehuendomo, mujer de los
pinos, le parecía de sonido muy oscuro, le sugirió Piñemcó, hija de madre del
agua, lo cual ameritaba una explicación, como segundo nombre y como apellido Wangülenche,
gente de la estrellas.
Piñemco, era porque como vimos Maitén pudo
sobrevivir gracias a ese arroyito de donde podía tomar agua; y Wangülenche
porque cuando su abuelo llegó al toldo, había eclipse de sol y se podían ver
las estrellas al mediodía. De modo que aunque nunca esperaba usarlo tendría el
ostentoso nombre de Mailén Piñemco Wangülenche.
Patricia quiso algo más sencillo se conformó con
el nombre que le dio su padre Patricia Guillermina Mc Clusey.
Cansados del hambre y las persecuciones raciales,
José y Maira, un matrimonio de gitanos españoles con 1 hijo y 6 hijas, hicieron
lo que muchos europeos, se embarcaron hacia esa nueva tierra prometida que era
América, eligiendo a Buenos Aires. Sin embargo sufrieron una nueva decepción al
observar que aunque era una tierra de relativa libertad la situación de gitanos
y judíos no era mucho mejor que en Europa. Pero escuchando relatos exóticos
sobre el desierto que se abría más allá de los límites de la gran aldea
decidieron apuntar su carromato hacia el oeste.
Luego de varios días viendo que el paisaje no
cambiaba, claro, acostumbrados a encontrar alguna zona de montaña como en
Europa, instalaron su carpa a la sombra de ese extraño árbol que recién mucho
después supieron que se llamaba Ombú.
Días después recibieron la curiosa visita de una
indiecita de unos 14 años que montaba a una yegua en pelo y casi desnuda, junto
a una beba de apenas un año y medio que no dejaba la teta de su madre. Era
Mailén quien asombrada por la colorida vestimenta de las mujeres se apeó para
conocerlos.
Por supuesto, la invitaron a comer de sus platos
típicos de los cuales Mailén pudo comprobar su exquisito sabor y su exagerado
picante, el cual según la tradición potenciaba el deseo sexual. El tal deseo se
produjo en Mailén en forma de un feroz ataque estomacal, de hígado según Maira,
con una explosiva diarrea que el muchacho, Manuel de 17 años, con algo de
picardía se ofreció a aplacar. Los ojos del muchacho no eran extraños para la
indiecita así que simulando ignorancia dejó que el chico la condujera a la vera
de un arroyo. La primera respuesta de la indiecita fue que su cuerpo era
propiedad del padre de su hija, un soldado del fortín de la cual estaba totalmente
enamorada.
Un día de invierno una noticia recorrió el
desierto como incendio de pajonales, en un accidente a causa de una granada,
murió, Painé, el cacique general de las tribus ranquelinas, lo sucedió, como es
ley general entre ellos su hijo Mariano Rosas.
Y siguiendo esta galería de personajes con alguna
incidencia en la vasta pampa. Cierto día apareció por el desierto un tal
Roberto Gómez. Al hombre, de pequeño, fue internado en un convento con la idea
materna que luego fuese cura. Pero a los 16 años el muchacho pintaba más para
las mujeres que para la sotana. Así que por consejo de uno de los hermanos
regentes estudió para ser maestro. Y así lo fue por algunos años hasta que el
amor intervino. El hombre quedó perdidamente enamorado. Claro que ese amor, si
bien correspondido, no fue aceptado por la familia María, la joven de 13 años, no
tanto por la edad de la chica como por la pobreza del muchacho. Preso de dolor
el muchacho, con lo poco que tenía, compró una carreta y una noche rumbeó hacia
el desierto a fin de poder olvidar y ejercer su oficio. Ya siendo noche
cerrada, le llamó la atención un ruido en la carreta, al darse vuelta vio que
su amorcito se había escondido para seguirlo. La cara del hombre se iluminó, ya
no estaría solo. Esa misma noche consumaron su amor.
Varios días después, sin saber dónde estaban,
estacionaron la carreta bajo la sombra de un ombú cercano a un pequeño arroyito
y allí, aunque lejos de toda persona decidieron comenzar con la construcción de
la escuelita, la cual, a falta de otra madera fue hecha con la de la carreta.
Es decir, sería escuela y hogar.
Luego de 2 meses en que habituados ya al entorno
que no sólo les daba agua, sombra y el alimento de pequeños animales, la
naturaleza los premió con el embarazo de la niña. Esto sin embargo preocupó al muchacho,
no quería que su hijo naciera en la orfandad de otros seres humanos.
Para su suerte 3 meses después, mientras perseguía
a un ñandú con el fin no de cazarlo sino para adiestrarse en el uso de las
boleadoras, acertó pasar por allí Mailén quien sorprendida bajó del caballo con
la intención de presentarse.
La pareja se mostraba algo famélica, ya que si
bien obtenían buena caza de animales pequeños tales como cuises, conejos,
perdices, no consumían según la costumbre huinca otro tipo de carnes y menos
aún verduras.
Si bien para Mailén todo huinca era un ladrón, la
pareja le pareció simpática, más aún por la dulce pancita que lucía María,
razón por la cual no sólo le permitiría permanecer en la zona sino que le
proporcionaría, vía indios agricultores, es decir los del cacique Ramón, un
alimento más variado.
Sin embargo, 2 meses después María dio señales de
tener complicaciones con su embarazo, por lo cual para Roberto se abrían dos
panoramas bien distintos o bien volvía a Buenos Aires que contaba con
hospitales y una cárcel segura por
secuestro y abuso de menores, o bien se dejaba conducir hasta una de las
tolderías de Painé donde vivía Mailén, pero que no contaba con ninguna clase de
asistencia sanitaria. Así cuando ya estaba resignado a la cárcel, María le
insistió en quedarse con Mailén, cosa que hicieron en la esperanza de no tener
que arrepentirse después.
Fue entonces cuando a Mailén se le ocurrió la idea
de acercarlos a los gitanos que ya llevaban un tiempo en la extensa Pampa.
Fue durante la estadía de Roberto con los gitanos
cuando a Mailén le llamó la atención algo. Si bien conocía la existencia de los
libros nunca había escuchado sobre su contenido así que para no oír de boca
ajena sobre ellos le pidió a Roberto que le enseñara a leer y escribir pedido
este que fue muy bien recibido por el maestro.
Contrario al prejuicio que le decía que los indios
eran “burros”, Roberto pudo comprobar que Mailén aprendía incluso mucho más
rápidamente que chicos escolarizados de la ciudad.
Feliz de poder aprender a leer y escribir, Mailén,
no quiso quedarse ella sola con tanto tesoro y a fin de tener alguien con quien
compartir el aprendizaje salió en busca de su hermana mayor. Patricia quien aún
penaba por la muerte de su padre, estaba tan sumida en la tristeza que apenas
se la veía fuera del toldo que compartía con Maitén, el compañero actual de
ésta y sus cuatro hermanos. De modo que no le fue difícil a Mailén encontrarla
y proponerle la novedad y a pesar de que Maitén opinaba que los ranqueles no
están para esas cosas, partieron rumbo a la escuelita.
Aunque Roberto, no pedía nada a cambio, las clases
no serían gratuitas, él pondría su saber de libros, ellas su saber de caza, de
manera de que nunca faltase de comer. Así Roberto pudo comer bichos que ni
figuraban en sus libros de naturaleza. Durante las clases María se encargaría
de Jazmín.
Y así, Roberto, cuando su hija Ayelén cumplió dos
años, pudo en virtud de su título de maestro, entregarles el título de primario
a Mailén y Patricia. Aunque penaba que mentes tan brillante no pudieran
progresar en medio de la hostilidad del desierto.
1859
Un nuevo encuentro entre Mailén y Juan Carlos se
produjo cuando la india tenía 16 años. Los ranqueles, como los huincas, son muy
machistas de modo que era raro que dejaran a una mujer empuñar una lanza. Mailén,
en virtud de su bravura, era una de esas mujeres que el joven cacique Mariano
Rosas, permitía en sus dominios, patrullar al mando de uno de sus capitanejos.
Como tal lo hacía con un grupo de 10 indios y 3 indias, las otras eran su
hermana mayor Patricia y Pacuén quien aun contando con largos años aún quería
montar al caballo que su esposo le había dejado como única herencia, en las
cercanías de la zona que llamaban “El cuero”. Aunque todos conocían la
existencia del arma de fuego, la pobreza les impedía comprarlas, a no ser que
las pudiesen robar en algún malón, método introducido por el huinca y adoptado
por ellos, es lo que el huinca llama saqueo. De tal modo que cada indio estaba pobremente
armado por una lanza de tacuara, un puñal, muy pocas veces de metal, la más de
las veces de piedra o madera dura, y dos juegos de boleadoras. Sólo unos pocos
contaban con arcos y flechas porque la madera para construirlas, dura y
flexible, sólo se conseguía recién al norte de la ciudad de San Luis.
Fue durante ese crudo invierno. Tanto que la
gramilla más que escarchada estaba congelada que fueron atacados por una
partida de 6 soldados capitaneados por un capitán que, debido a la portación de
armas de fuego, mataron a Pacuén y 6 de los indios e hicieron prisioneros al
resto. El capitanejo que sabía que el capitán sabía de su importancia negoció
con éxito. Así logró la libertad de 4 de los sobrevivientes, pero no la de
Mailén y la suya propia ya que lo degollaron allí mismo. En realidad al capitán
no le importaba la vida de ningún indio, si los dejó libres fue para que Rosas
se enterara de lo cerca que se encontraba. Al capitán le llamó la atención la
salvaje belleza de Mailén, con su vincha hermosamente tramada que orgullosa
vestía en su cabeza, su hermoso poncho y su pollera multicolor salida de un
telar ranquel, así que ordenó que la ataran al poste de castigo. Si la mataba
se preguntarían porque no lo hizo en el acto mismo junto al capitanejo y hacerla
violar no era castigo suficiente. Decidió un castigo largo, por la mañana hacerla
azotar y dejarla colgada del poste de los azotes durante todo el día y, para
acentuar el castigo hizo que le arrojaran agua, que en virtud del duro invierno
estaba casi congelada, pero como eso haría que muriera al primer día, por la
noche la encerraba en un calabozo engrillada. Durante la primera semana sólo la
alimentaron con un poco de pan y agua. El frio que sentía era tanto que cuando
el intérprete preguntaba algo no se le entendía nada. Su boca, manos, rodillas
eran un puro temblar. En la segunda, para humillarla aún más, la sacaba desnuda
al poste de castigo, esto era un palo de donde pendían altos grilletes de modo
que el reo no pudiera apoyar los talones en el piso, lo cual producía grandes
dolores musculares en espalda, brazos y piernas. El capitán sabía mucho de torturas tanto las
de alto dolor como las de alta humillación y que nada quebrantaba más el
espíritu del reo que ser objeto de esas humillaciones. Fue allí que a causa del
frío y la mala alimentación tuvo ataques de diarrea explosiva, que provocaba la
risa de todos. Fue esa misma tarde que al capitán lo atrajo un gran bullicio. Al
llegar, Pizarro, quien no estaba autorizado a castigarla, estaba, manoseándola.
El capitán, seguro que luego de tanto castigo y sangre derramada, moriría esa
misma noche, ordenó descolgarla y echarla al calabozo. Mailén, hecha un ovillo
a causa del frío, hambre y los dolores que sentía pedía que la despenaran allí
mismo. Tenía aftas en la boca y una infección que la atormentaría por meses,
una especie de muy pequeño gusano que mucho tiempo después sabría que se
llamaba herpes, le había tomado los brazos, piernas, vientre, espalda y la zona
más delicada de su bello cuerpo. Esa noche alguien enfundado de forma de que no
supiera si era hombre, mujer, viejo o joven, entró al calabozo, abrió los
grilletes, la tomó de las muñecas y la arrastró unas cinco cuadras fuera del
fortín. Si para salvarla o para que muriera por la acción de las alimañas no lo
pudo saber. Pero eligió pensar, en lo primero.
Mailén, allí mismo, cuando aún no se podía poner
en pie, meditó su venganza. Pero si primero, pensó que debía matar a todos y
cada uno, 30 soldados contando al capitán y 5 mujeres que servían dentro, luego
cuando por la mañana sintió que las fuerzas la abandonaban para siempre, sólo
tuvo pensamientos de puro odio para con el capitán y ese tal Pizzarro.
Había algo que ella sabía, que todas las mañanas,
sigilosamente se acercaba un grupo de indios esperando alguna oportunidad de
rescatarla. Y allí supo que alguien, quizá quien la sacó fuera del fortín,
entablaba conversación con el grupo.
No fue su odio, ni algún plan de sofisticada
venganza sino la misma naturaleza quien acudió en su ayuda.
Mailén tardó seis largos meses para reponerse del
hambre, infecciones y los castigos, motivo por el cual tenía prohibida toda
acción belicosa, obligándola a realizar tareas de mujer. O sea juntar leña, cocinar,
lavar, habida cuenta que los ranqueles también eran duros con sus mujeres. Por
eso es que las más duras, como el caso de Pacuén, cuando enviudó, tomaban la
lanza.
Estando en esa especie de cuarentena, es que se
enteró que una nutrida partida de unos 15 hombres andaban de correrías, matando
a quien viera solo. Esto no era un acto de guerra, es decir, no se adaptaba a
las costumbres de ataque huinca, sino que sólo salían a cazar mariposas. Así
llamaban al indio que se hallaba lejos de la toldería y sólo. La orden de Nehuén,
el capitanejo cacique de su toldería, no fue salir a guerrear, sino a rescatar
a quien anduviera perdido. Y los únicos cinco que faltaban eran Ayíñleo, y sus
cuatro esposos, quienes con grandes vasijas adosadas a su yegua, salieron a
recolectar miel de una clase especial, la cual era producida por grandes y muy
peligrosas avispas, la cual se acumulaba en algunos troncos que el grupo había
construido al pie de un grupo de árboles de tilo, cuyas flores los insectos preferían
para libar. Esta miel era muy apreciada cruzando la cordillera y como la
recolección era muy peligrosa, la pagaban bien sin chistar. Así que Mailén,
salió junto a dos muchachos de monta rápida. Guiados no por el instinto sino
por el zumbido que se oía y pronto llegaron al lugar. Pero también lo hizo la
partida, que con sus afilados fusiles comenzaron a dispararles. Mailén no era
de creer en Gualicho ni cosas por el estilo pero la sucesión de hechos daban
para dudar.
Mientras el grupo huía rumbo a la toldería, con el
paso retrasado de la yegua cargada de tanto, preciado y dulce material, uno de
los disparos volteó uno de los altos panales que crecía en lo alto de las ramas
de los tilos y como si actuaran motivadas por una clase de inteligencia, la
colmena en pleno, se dispersó en todas las direcciones. Como Ayïñleo y sus
esposos estaban bien protegidos por una prenda parecida a la arpillera que los
cubría desde los pies a la cabeza, no dejando ningún resquicio, ya que la
picadura era muy irritante, sólo se dedicaron a caminar despacio para no
irritarlas más. No pasó lo mismo con el grupo de soldados, que tuvieron que
torcer el rumbo y partir al galope. Al llegar al fortín el resultado era el
esperado. Picados en muchos sitios uno de ellos sobre un párpado, tuvo una
alergia que le hizo perder, días después, ese ojo.
El capitán tomo el hecho como una artimaña ranquel
y salió con un segundo grupo, ahora con toda la intención de matar a quien se
le cruzara y su objetivo era la toldería que se hallaba en esa época del año
lejos del grupo de tolderías central. Presa fácil.
El pequeño grupo de recolectores llegó para
alertar al resto. Y cuando la partida se hallaba a tiro de fusil, comenzaron
con su habitual furia asesina. Fue una de las tantas chispas la que cayó sobre el
seco pajonal, que como si de una repentina erupción volcánica se tratara comenzó
a arder con intensidad. Quienes no tuvieron la oportunidad de contemplar este
tipo de incendios no sabían cuál era el comportamiento que se debía seguir.
Mailén, ya lo había observado varias veces, pero la explicación la tuvo sólo varios
años después. Primero el fuego lleva el viento, muy pronunciado, hacia el
centro y luego cuando la temperatura se eleva lo expulsa como si fuera un
furioso vendaval de fuego. Así que fue el propio grupo de fusileros el que tuvo
que huir, alcanzándolo sólo la mitad del grupo. El capitán y 6 de los soldados,
según dicen lo que saben, respiraron fuego, de los otros 15, sólo 5 llegaron sin
quemaduras, el resto lo estaban en varias partes del cuerpo Y aunque no era
nada grave, el aislamiento del fortín, el agua contaminada y la falta de
medicamentos, hicieron que 5 de ellos murieran a causa de las infecciones. Con
lo cual, una semana después, Pizarro, que no era oficial tomó el mando del
fortín. Y su objetivo era claro, salir a buscarla. Pero no logró que lo
acompañara nadie. El encuentro no fue como a Mailén le hubiera gustado. Ella a
pie y su contrincante montado en un fornido semental. El alto soldado se apeó
y, sable en mano, la amenazó.
Aunque el porte asustaba a cualquiera, Mailén se
preparó para enfrentarlo. Sin embargo el soldado en lugar del esperado ataque,
usó un arma más devastadora. Le dijo: “¡Hola, hija!”. Mailén se quedó de piedra.
No podía ser que ese huinca que ahora la trataba con cariño, fuera el mismo que
la había acariciado íntimamente, estando atada del poste, y sumado a eso, eso
de “hija”, así que lo tomó por una cruel broma. Y Pizzarro siguió con su
tormento. “Que linda estaba Maitén, claro atada, azotada y engrillada”. Mailén,
hubiera preferido la sordera. ¿Podría ser cierto que el único soldado de todo
el fortín que se dedicó a manosearla fuera su padre? De modo que sin fuerzas
para enfrentarlo montó y huyó de allí.
Mailén galopó varias horas, tanto que su caballo más
que aplastado, más que cansado, quedo totalmente exhausto, teniendo que dejarlo
a la vera de un arroyo y terminar su camino a pie. Cuando apareció por la
toldería sólo era un fantasma que se arrojó al regazo de su madre sólo para
llorar, cosa que nadie le había visto hacer jamás. Su hija, que aún no
comprendía lo que le había pasado, no lograba consolarla. Patricia luego de
toda una noche, y con mucha paciencia le pudo sacar la verdad. A Maitén no le
quedó otra alternativa que confirmársela. Maitén le decía “eso no es un hombre
es una bestia, un compañero de Gualicho”
La dura Mailén tardó dos meses en recuperarse del
puñal que Pizarro le había enterrado en lo más doloroso de sus entrañas,
Patricia y Maitén fueron las que tuvieron que juntar sus pedazos. Ahora había
una triple causa para matar a ese hombre: Patricia para vengar la muerte de su
padre, Maitén para vengar su violación infantil y Mailén el hecho que Pizarro, sabiendo
que era su hija, la manoseó un largo rato.
Capítulo 9: Las señales de la naturaleza
Esa madrugada de 24 de junio no sería jamás
olvidada. Para Maitén, respetuosa de los signos de los dioses, lo que se
avecinaba no era una simple tormenta. Para Mariano Rosas, algo cristianizado y
en suma algo escéptico, la obligación de impartir una orden de resguardo. Para
el indio más viejo de la toldería que por simple experiencia sabía de
tormentas, sequías y otras yerbas, sólo tenían hasta la caída del sol. Cuando
este se ocultase por detrás de la cordillera la brisa, trayendo, junto a las
espesas nubes, la oscuridad total, la tormenta se desataría. Mariano ordenó
algo que para los ranqueles era extraño, que se clavaran una docena de fierros,
traídos alguna vez por un malón, alrededor de la toldería. Por supuesto que los
ranqueles jamás habían oído sobre la palabra “pararrayos”. Una segunda orden
fue que todos, en ese momento unos 200, se juntaran en el medio de la aldea y
se acostaran en el suelo, cubiertos de mantas de cuero crudo.
Y así, como el viejo indio lo había predicho, al
caer la noche profunda, la tormenta se abatió sobre aldea y pueblo. Mariano no
recordaba haber soportado jamás tanto granizo, algunos de cuyos cristales
pesaban como pájaros e incluso algunos como una liebre. Así, por fin, luego de
una hora, según el cálculo del cacique, la piedra cesó dando paso a una feroz
lluvia que sólo cesó a la medianoche, cálculo del cacique que pudo, con el
escampe, ver la Cruz del Sur.
Aunque la temperatura había bajado mucho, nadie
pudo encender un fuego debido a que absolutamente todo estaba mojado. Mariano
entonces ordenó fijarse en la salud de los niños, luego de una rápida
inspección le informaron que todos ellos estaban bien. Por lo tanto ordenó el
descanso para todos.
Por la mañana una noticia les heló el alma a
todos. Los 4 hijos varones de Maitén se habían arrogado la misión de cuidar la
toldería y los pobres muchachos, en su ignorancia, al ver que un rayo había
caído sobre uno de los fierros haciéndolo volar varias varas, corrieron hacia él
para volverlo a parar, pero pasando al lado de otro, un rayo cayó sobre él
matando a dos de ellos: Miguel y Rafael. Sólo quedaron con vida pero muy
aturdidos Nahuel y Lebián. Pocos sabían que casi nadie escapa de la muerte tan
cerca de la caída del rayo que calienta el aire como si fuera una gran
llamarada. Para las viejas indias significaba que una gran sangre debía ser
limpiada con sangre.
A casi 25 leguas de allí la tormenta tomó otra
característica. Un fuerte tornado dejó sin empalizada al fortín, alguno de
cuyos gruesos y largos maderos fueron a parar a varias cuadras de distancia.
Para el nuevo comandante, un joven teniente pero no por eso de menor odio hacia
los indios, era un inconveniente que haría trabajar extra a sus soldados con la
consiguiente paga que, por supuesto, Buenos Aires nunca giraría y para los
soldados, quizá más supersticiosos que los ranqueles, un mal presagio.
Una mañana, convencidos de que los dioses
ranqueles exigían un sacrificio, Maitén y sus cuatro hijos sobrevivientes, se
encaminaban hacia una batalla por su identidad. En un alto Maitén, reflexionó
que quizá los dioses ranqueles estuvieran enojados por ponerles nombres
cristianos a sus hijos, a lo cual Patricia le retrucó sobre si esperaba que
ella también muriese. Maitén contestó, a medias, que ella no le había puesto el
nombre sino su padre. Nahuel y Lebián, usualmente silenciosos como una nube
blanca que pasa, se atrevieron a decir que los nombres de sus hermanos habían
sido elegidos antes que por ser cristianos, por sonar como ranqueles. Para
Mailén que sabía leer y escribir le sonó razonable y por primera vez en más de
dos meses se le vieron los dientes detrás de una sonrisa, pero luego dijo: “¿No
habré traído yo la desgracia?”.
Maitén hizo detener los caballos, ordenó apearse,
hizo que Patricia se llevara a Jazmín y a Guillermito hasta una cierta
distancia y ordenó a Mailén ponerse en posición de castigo, cosa que jamás
ordenó a hijo suyo. La tal posición que todo hijo respetuoso debía asumir
consistía en arrodillarse y poner la cara contra el suelo junto a ellas. Por
primera vez Maitén, le dio una paliza de chirlos, lo que no hizo cuando la
indiecita era pequeña y cuando sus palmas estaban doloridas y enrojecidas le
pidió que sus otros tres hijos la siguieran; Patricia, volvió e hizo caso a su
madre, pero los varones no se atrevieron a usar toda su fuerza a sabiendas que
Mailén, mucho más fuerte que ellos tomara su represalia. Maitén, en vista que
sus tres hermanos no cumplían cabalmente con su orden, encontró la solución,
busco en su caballo una madera plana de unos 10 palmos de largo por uno de
ancho y ahora siguió ella misma, dándole la tunda ritual. Y si nadie jamás le
había podido pegar, esta vez su madre lo hizo con creces.
Viendo que la noche caía, Maitén ordenó prender
fuego y asar tres liebres que traía. Luego de la cena y cuando aún a Mailén se
le saltaban las lágrimas, no por su cuerpo dolorido sino por su mancillado
orgullo. Maitén le dijo: “Que sea la última vez que decís que un hijo mío lleva
la desgracia a cuestas”. Aprovechando la noche de confesiones Nahuel y Lebián
quisieron saber quiénes eran sus padres. “Sus padres son ranqueles”. “¿Mariano?
Preguntó tímidamente Lebián. “No. Quise tener un hijo con él pero los dioses no
lo quisieron, y si los dioses no lo quisieron tendrán sus razones”
Por la mañana, con el enojo de Mailén, reanudaron
la marcha. Durante el camino Maitén ordenó que se cazara algo para que a la
noche los bichos estuviera desangrados y, por lo tanto, menos ácidos. Al cabo
de una hora los caballos transportaban toda una serie de animales de La Pampa,
debidamente muertos según los ritos ranqueles. Jazmín y Guillermo, que estaban
creciendo con un pie huinca y el otro ranquel, miraban todo maravillados.
Luego de un día más de marcha al despuntar el alba,
la vista privilegiada de Patricia avistó una fina columna de humo en el
horizonte y la experta de Maitén supo que era del fortín. Había llegado la hora
de la verdad las tres mujeres tenían razones para matar a Pizarro y Nahuel
expresó su odio.
Nuevamente Maitén los hizo bajar del caballo. Al
muchachito se le heló la sangre al suponer que sería castigado y más aún cuando
vio la sonrisa sarcástica de Mailén, que movía las manos con energía. Pero
Maitén sólo se limitó a decir: “Nada de odio. No quiero que mis hijos vivan con
odio. El odio es una pesada roca que te aplasta la espalda y te impide luchar”.
Y, para desilusión de Mailén, terminó su perorata.
Maitén les habló, aunque no hiciera falta, del
poder de fuego del huinca y les hizo saber que ella pensaba que algún día la
raza ranquel desaparecería como tal y que quizá fuera esclavizada como ya había
visto que pasaba en Chile. El poder de Buenos Aires no es mejor, reflexionó. A
lo sumo llegar a formar parte de la nación Argentina, pero no sabía si ésta así
lo quería teniendo en cuenta que éstos argentinos vivían matándose entre si. Y
si se mataban entre ellos, ¿Qué les quedaba a los ranqueles?
Aunque ninguno de sus hijos dijo nada, en sus
mentes brilló la idea de que jamás los aplastarían.
Cuando el sol estaba exactamente sobre sus cabezas,
Maitén ordenó prender fuego y cuando la fina columna de humo ascendía
favorecida por la falta de viento, le hizo agregar pasto seco y húmedo de tal
manera que la columna pasaba de blanco a negro y de negro a blanco. Si alguien
vive en el fortín tendría que verla.
El teniente fue pronto informado del hecho. Así
que mandó a un espía. Este era un indio que Coliqueo, ahora un sumiso cacique
para vergüenza, no sólo para los ranqueles o los pampas, sino para cualquier
tribu americana.
Maitén, mucho antes que el indio se viese en el
horizonte, lo olió cuando una leve brisa les llegó.
–
Coliqueo; dijo.
–
¿Cómo sabés que es un indio de
Coliqueo?; preguntó Patricia.
–
Porque este infeliz, seguramente
por ser despreciado por ellos como sucio como a todos nosotros, usa jabón perfumado
para bañarse
–
¿Jabón?.
–
Sí, jabón, estos cristianos, en
lugar de bañarse como nosotros, lo hacen sólo cuando apestan y usan jabón
perfumado. Así ni las ratas se les acercan; contestó Maitén.
Y luego de un largo silencio.
–
¡Ahí viene!
Maitén hizo que todos se colocaran de espaldas al fortín
para darle la oportunidad al indio a acercarse. Al hombre le habían encomendado
la tarea de fisgonear quien andaba por allí, cosa que Maitén sin necesidad de
ningún esfuerzo adivinó. Por lo tanto ya había hecho que Mailén y Patricia se
escondieran con sus hijos en un pequeño
pajonal de modo que el informe del indio a su vuelta era:
–
Una mujer y dos indios muy jóvenes.
–
¿De cuántos años?; preguntó el teniente.
–
La mujer unos 25 a 30 años, los muchachos
de unos 12 a 15
Aunque “la mujer de 25” no cuadraba con Mailén, el teniente
de acuerdo a los informes que había tenido que leer al tomar el cargo, asumió
que el indio la vio acompañada, quizá con dos amantes como acostumbraba. Así
que teniendo en cuenta lo que había tardado el indio en ir y volver, estimó que
estaban a una legua. Así que envió cuatro soldados bien armados.
Cuando estaban a medio camino se les cruzaron dos jóvenes
y bellas mujeres, vestidas con ropas de vivos colores, que arrojándose a las patas
de los caballos y usando un lenguaje extraño les pedían por señas que las
llevaran con ellos. Los cuatro se miraron y faltando a la orden del teniente,
supusieron que sería una buena oportunidad de poder intimar con dos espléndidas
mujeres, quiéranlo éstas o no. Y así se lo hicieron saber. Pero las mujeres hicieron
gestos de no entender. Eso le hizo suponer a uno de ellos y convenció al resto
que eran dos gitanas al juzgar por el pelo rojo y ojos verdes de una de ellas, o
quizá irlandesas.
–
¿Hay gitanos en Irlanda?
–
“Y… los gitanos son como los
judíos, están en todas partes”
Así que apuntándolas con sus fusiles las llevaron a
la intimidad de un pajonal. A uno se le ocurrió pensar: ¿por qué necesitarían
esconderse en un pajonal lleno de cardos espinosos, si allí en medio del
desierto no había nadie?. Pero los otros tres ya se estaban bajando los
pantalones a fin de concretar el asunto, dejándole fusiles, pantalones,
cinturones y puñales a su cuidado. Al rato escuchó: “Falta uno” y sin que la
excitación lo deje pensar hacia allí fue, dejando la pirámide de fusiles sola.
La situación era simple. La pelirroja tenía a uno
arriba y otro abajo. La morocha estaba debajo simulando horror por la violación
mientras el soldado ya gritaba de placer, así que se sumó a la violación. El
fin fue rápido. La falta de mujeres atractivas en el fortín hizo que las ganas
acumuladas de muchos meses, estallaran en menos de 5 minutos, provocándoles un
sopor tan grande que los hizo desvanecer. Al recuperarse, a los pocos minutos,
notaron que las muchachas ya no estaban. Y al salir del pajonal tampoco, sus
caballos, fusiles, ropas, ni puñales.
–
Como cobro de servicios prestados
un poco caro, ¿no?; ironizó amargamente uno.
La situación no era en nada halagüeña. Volver al
fortín era enfrentarse a la furia del teniente y a una futura corte marcial.
Por el lado del desierto no se veía a nadie.
En realidad todos estaban a sólo una cuadra de
ellos. Los mansos caballos escondidos entre los secos y altos pastos del fin
del verano. Los fusiles en manos de Nahuel y Lebián, quienes por su edad aún apenas
sabían usarlos, lo suficiente como para disparar sin puntería al montón. Los
puñales de filoso acero en manos de las mujeres. De pronto Lebián disparó su
fusil al aire. El potente sonido provocó que una nube de pájaros de todo tipo
levantara vuelo ensombreciendo el cielo hasta donde alcanzaba la vista.
El teniente oteando el horizonte supuso que los
soldados habían hecho pasar a mejor vida a algún indio, cuando escuchó una
segunda detonación, al minuto una tercera y cuarta, y a los cinco minutos cuatro
casi seguidas.
–
Con eso, se terminó esa indiada; pensó.
La realidad era otra. Los cuatro soldados se
hallaban sin sus uniformes, es decir, en paños menores, esa especie de
calzón-camiseta, atados y al amparo del calor a la orilla de un arroyo algo
crecido por la lluvia. Mailén les hizo saber en un castellano cruzado de
consonantes ranqueles que no eran ellos sus enemigos sino el teniente y Pizarro.
Lo cual a ninguno se le ocurrió refutar teniendo en cuenta que Mailén los
apuntaba con un filoso cuchillo.
Aunque ninguno aún sabía cómo hacer salir de su
madriguera a ninguno de los dos, confiaban que en algún momento, en cuanto
notaran la tardanza desmedida del contingente, tendrían que actuar. Y eso
sucedió al atardecer. El teniente, suponiendo que los soldados no volvían por
algo, le repreguntó al indio de Coliqueo por alguna característica extra del
grupo, en especial por la mujer. El indio le contestó que lo único que le
pareció raro de la india eran unas cicatrices que ésta tenía en el tobillo
derecho. Pizarro, que escuchó, supo que se trataba de Maitén. Pero pensó:
–
Pero, ¿Qué hace esa mujer por acá?, ¿Quiénes la acompañan?
El capitán salió él mismo con 10 hombres, 4 de los
cuales habían sufrido la furia de Mailén y que no dudarían en matarla. La vista
privilegiada de Patricia contó a los
diez hombres que llegaban con furia asesina. En pleno galope el grupo divisó la
inconfundible figura de Patricia que huía hacia el arroyo, el capitán ordenó
que cuatro saliesen a cazarla. Y mitad conducidos por el odio y mitad por su
apetecible figura la cercaron a la vera del arroyo, cuando vieron como dos
cuerpos eran arrastrados por un caballo que galopaba desesperado. Sin duda eran
dos de los soldados. Ese pequeño resquicio de duda fue aprovechado por Nahuel y
Lebián que con gran puntería le acertaron a los cuellos de los caballos dos
pequeñas flechas. Eso que puede provocar una seria herida a un ser humano
apenas es una molestia para un caballo, la suficiente para hacerlo corcovear y
arrojar a sus jinetes al suelo. Así los cuatro cayeron al piso rodando varias
varas, las suficientes como para que Mailén les quitara los fusiles y como ella
no sabía usarlos los arrojó hacia el arroyo.
Un hecho fue un contratiempo para Mailén. Jazmín y
Guillermito que ya habían visto como los soldados tratan a los indios, pensaron
que la matarían por lo que comenzaron a llorar a los gritos.
Uno de los hombres aunque suponía que estaba en la
mira de los fusiles escondidos en la pastura, corrió, puñal en mano, a hacerle
frente a Mailén, y ya sabía por experiencia que esa india, algo retacona, no
sería fácil de vencer.
Pues bien. El teniente pensó que si pudieron engañar
el olfato del indio de Coliqueo, probablemente hubiera más indios dispuestos a
guerrear, por lo que hizo sonar su silbato para reunir su tropa y planear una
estrategia de guerra. Estaba pensando a cuantos soldados podría sacrificar,
cuando una certera flecha cayó a los pies de su caballo portando, al parecer,
un mensaje. Eso lo turbó aún más, ¿Quién podría haber escrito tal mensaje? ¿O
sería una estratagema para que se baje del caballo? Así que alejándose una
cuadra de la flecha, le ordenó a uno de los soldados, que se la trajera. Al
desplegarla no podía salir de su sorpresa, escrito con una hermosa caligrafía:
–
Teniente: si quiere seguir
viviendo entregue a Pizarro. Mailén”
Como sabía que lo observaban sólo levantó los brazos con
intenciones de ordenar el ataque, pero se contuvo al darse cuenta que no sabía
dónde estaban los supuestos blancos. Y esto hizo que Pizarro se arrojará de su
caballo para matar a Mailén a los gritos de:
–
Yo pensaba hacerte una hija para
poderla violar, pero como alguien se me adelantó lo voy a hacer con esa cosa
que grita.
Al capitán le resultó peligroso que sus soldados se
dispersaran sin ningún orden pero antes de dar ninguna orden cuatro de sus
soldados caían a tierra de sus caballos con las certeras boleadoras de Nahuel y
Lebián que obligaban a los soldados a abandonar a sus caballos. De modo que al
cabo de un minuto todos los caballos menos uno estaban liados y los soldados de
a pie.
La intención era simple, con sus ojos a sólo unos
palmos del piso ni él ni sus soldados podían saber dónde estaban sus enemigos.
Y mientras tanto, Mailén mostrando una osadía rayana a la locura, esperaba que
su padre la atacara.
De pronto una jugada que el teniente no esperaba.
Maitén ordenó soltar a los soldados cautivos con la finalidad de confundirlo
por su buena voluntad. Los soldados corrieron campo traviesa pero en lugar de
sumarse siguieron hacia el fortín, mientras Pizarro, por cobardes, les
disparaba sin lograr acertarles. Luego de tal acción sólo quedaban en la zona el
teniente, Pizarro y un soldado herido.
Enojado y harto por semejante furia irracional el teniente
le dijo.
–
Bueno, infeliz, arreglatelás solo
La respuesta fue inmediata, Pizarro le disparó un tiro
que pasó a sólo un palmo de su frente, siendo algo con lo que nadie contaba.
De pronto el escenario cambió por completo. Quien
sostenía un puñal no eran las diestras Mailén o Maitén, o al menos los varones.
Sino la frágil Patricia.
–
Y, vos, ¿Quién sos?; gritó Pizarro.
–
¡Ya te vas a enterar!; le respondió Patricia.
Pizarro, que a causa de su propia furia asesina, había
hecho que casi todos los soldados huyeran, no por cobardía sino por darse
cuenta que esta batalla no era la suya, se encontraba en franca minoría, por lo
que meditó que debía huir de allí, al mismo tiempo que Nahuel y Lebián subían a
un caballo al soldado herido y dándole una palmada este enfiló hacia el fortín.
Pizarro reculó sin dejar de observar como esa esmirriada lo seguía sin correr
pero a paso firme. Diez minutos más tarde el soldado llegó al fortín con una
noticia que ya todos sabían.
En cuanto Pizarro llegó al fortín contó su
versión: Una veintena de indios armados con fusiles venían al fortín para
atacarlo. Lamentablemente sólo quedaban 4 soldados dispuestos a la lucha, los
que habían sido castigados por Mailén, el resto optó por observar el
espectáculo. De pronto y a causa del repentino pánico, la pequeña turba del
fortín echó a Pizarro al desierto.
A todo esto los fusileros, firmes en sus puestos,
vieron un espectáculo que los turbaba. Una joven mujer, puñal en mano,
amenazaba a Pizarro quien trató y convenció al resto sobre el inminente ataque
al fortín.
–
Quedate solo, asesino; gritaba un
soldado herido.
Y sin advertirlo Patricia ya estaba a su par.
–
¿Quién sos?.Le gritaba Pizarro a
Patricia.
–
Soy la hija del teniente Guillermo
Mc Clusey, a quien vos mataste”
–
¡Ja, ja, ja! ¡Una asquerosa india
con nombre irlandés!. Con razón dicen que los irlandeses son los indios del
Reino Unido
Por primera vez Patricia tuvo miedo de morir, pero
la memoria de su padre lo ameritaba. Por lo que siguió haciendo que su puñal
dibujara en el aire hasta que se abalanzó sobre Pizarro, pero este se esquivó
lanzando un puñal que se clavó en el muslo de la muchacha.
Mailén intervino rápida como una liebre y, antes que
Pizarro le pudiera hundir una segunda puñalada a su hermana, ella se arrojó
sobre el fuerte brazo derecho del soldado y tomándoselo con ambas manos logró
desviárselo haciendo lo que no se proponía, que el puñal se le clavara en el muslo
izquierdo, y antes que el grito de Pizarro se acallara Patricia hizo lo propio
en el mismo muslo.
–
Hijas de perra. Gritó el soldado
quien con dos puñaladas, dolorosas pero poco profundas, se incorporó buscando
más pelea.
–
¿Intervenimos?; preguntó un
soldado, a lo que el capitán luego de haber visto lo que vio contestó:
–
Creo que si lo matan no sólo se
hacen un bien ellos sino a nosotros”
Mailén retiró a Patricia fuera del alcance del
puñal de Pizarro y sólo lo miró y lo escupió.
Maitén les ordenó con fuerte voz, no sólo para que
la escuchen sus hijas sino el fortín.
–
¡Pelea justa!
–
¡Pelea justa!; le respondió una
voz femenina desde el fortín
Así, sin rematarlo, Maitén tirándoles de los pelos
se llevó a sus hijas del lugar mientras el fortín se negaba a abrirle las
puertas al soldado herido, ante la posibilidad, inexistente, de que otros
indios estuviesen esperando esa oportunidad.
Y allí quedó Pizarro, desangrándose lentamente,
mientras las cinco mujeres del fortín, también víctimas de sus atroces golpizas,
lo observaron hasta que expiró y se lo comenzaron a comer los cuises del
desierto.
Las venganzas de las tres mujeres: Maitén por haber
sido violada a los 11 años, Mailén por haber sido violada y Patricia por la muerte
de su padre; fueron consumadas.
Capítulo 10: De polleras multicolor, cartas, runas y
un espantapájaros
Sin poder hacer nada más, debido a la herida en el
muslo de Patricia, el grupo ranquel abandono la zona del fortín en busca de
alguien que supiera algo de heridas. Mailén ya había visto como una simple
herida hacía que el enfermo comenzara con fiebre, incluso que los músculos se
le tensaran tanto que los huesos llegaban a quebrarse y a los pocos días muriera.
Mailén sabía que su amigo, el maestro, podría
ayudarlas pero se encontraba a tres días de caballo de allí, así que luego de
mucho pensar se acordó de la familia gitana. Ella vio como los gitanos se
ganaban la vida no sólo vendiendo cosas aquí y allá sino distintos frascos a
los que les llamaban elixir de la vida. Por supuesto que Mailén sabía que la
verdadera magia no existía pero hacía ellos fueron.
Llegaron luego de terribles 12 horas de cabalgar,
terribles por los dolores que ya tenía Patricia. Al bajarla su vestido de vivos
colores quedaba opacado por el de las gitanas. Patricia llegó más parecida a un
espantapájaros que a un ser humano.
Allí estaban todos. Los padres Pedro y Maira, su
hijo Manuel y sus seis hijas Dolores, Paloma, Ángela, Magdalena, Lucía y Rocío.
Maira hizo que acostaran a Patricia dentro del
carromato y la desnudaran. Como notó que tenía mucha fiebre le pidió a Manuel
que fuera a buscar abundante agua al arroyo para sumergirla en una vasija
grande y larga que ellos llamaban bañera y luego de unos minutos la volvieron a
sacar para acostarla en un camastro a la sombra de un ombú, que era donde
vivían.
Lo más difícil venía ahora. Maira pidió que la
sujetaran porque eso le dolería mucho y no tenía lo que en Europa llamaban éter
u opio para adormecerla. Así mientras Maitén le sostenía la cabeza; Mailén la
pierna derecha herida y Manuel la otra, y Nahuel y Lebián un brazo cada uno,
Maira comenzó a pasarle un cepillo con energía. El dolor era tan intenso que
Patricia primero los mandó a todos con Gualicho y todavía faltaba lo peor, Maira
le puso sal y luego volcó esa bebida que ellos tomaban que se llamaba whisky,
bebida muy rica, aromática y con mucho alcohol. Nahuel preguntó si estaban
emborrachando a algún dios de Europa pero José le respondió que era para matar,
de ser posible a los microbios. De todos los ranqueles las únicas que conocían
lo que eran los microbios eran Mailén y Patricia, el resto creyó que eran
demonios.
Finalmente Maira luego de haber cepillado bien la
herida y hecho sangrar varias veces para, según decía, arrastras a los
microbios, la vendó con trapos muy blancos y muy limpios.
Manuel aunque europeo trashumante y por lo tanto
conocedor de muchas mujeres hermosas quedó sorprendido de la increíble belleza
de Patricia a quien no había visto nunca. Así que cuando ella dormía, él se
acercaba con sus dedos largos y huesudos y le acariciaba suavemente el cabello
rojo como una tarde húmeda de primavera, hasta que una tarde no lo soportó más
y se acercó a ella para darle un beso. Sin embargo, ese movimiento hizo que el
catre se moviera y la pierna enferma de Patricia le doliera, por lo que ella se
despertó súbitamente. Manuel nunca había besado a una mujer grande, eso le parecía Patricia,
de modo que cuando Patricia abrió sus enormes ojos verdes, él se asustó y salió
corriendo hacia el arroyo.
A todo esto los silenciosos y tímidos, Nahuel y Lebián,
a quienes habían mandado a cuidar a Jazmín y Guillermito, pasaban el día con
Lucía y Rocío quienes ya andaban por los 8 y 9 años. Los hermanitos veían a las
nenas con simpatía pero no se animaban a nada, por lo que fueron ellas quienes
tomaron la iniciativa. Se alejaron unas varas del carromato y acercándoles los
labios en forma de trompita les dieron sendos besos, y esa fue la primera vez
que Lebián besó a una chica, y Nahuel lo acompañó. Lo que ellos no contaban era
que Jazmín de 6 y su primo Guillermito de 9 por imitarlos hicieron lo mismo.
Pero eso nunca se lo contaron a sus hermanas.
Mailén, que estaba de nuevo visitando a la familia
gitana, vio como éstos se sorprendían al ver a un personaje, que si bien sabían
de su existencia, pensaron que los relatos se quedaban cortos: un gaucho.
El hombre, solitario por naturaleza, ya que solían
juntarse ya mayores, se apeó del caballo y comenzó con paciencia la
construcción de un rancho que le llevaría, según él, unos tres meses de
trabajo. Sin embargo, Mailén, que ya había visto otros, se sorprendió de que
este rancho tuviera su puerta de entrada apuntando al este, ya que la solían
orientar hacia el sur y no era posible que un gaucho estuviera desorientado.
Luego de interrogarlo la respuesta fue simple, se venía el Pampero con gran
cantidad de lluvias.
Los gitanos
quisieron saber si eso era importante y el gaucho sin esperar la intervención
de la indiecita les contó que cuando el Pampero viene con lluvias, ya que también
puede venir seco y por ende traer incendio de pastos altos, trae consigo
inundaciones. Por supuesto que le preguntaron porque construía su casa hecha de
adobe si sabía que venían inundaciones. La respuesta era simple. A pesar de que
la llanura parecía igual por todas partes en algunas de ellas la tierra formaba
lomas de algunas pocas varas de altura por lo que esperaba que el agua
discurriera por otros lados, ya que de no hacerlo se llevaría hombres, casas y
animales.
Aunque Mailén ya había escuchado sobre la resurrección
de Mamaquilla, es decir la madre Luna, una antigua costumbre inca durante los
eclipses, la cual consistía en hacer mucho ruido con los morteros al macerar el
maíz, pues creían que la luna los podía escuchar, y así despertarla de su negro
sueño, no estaba preparada para lo que esa noche sucedería.
Desde varias noches atrás se podía ver
nítidamente, gracias a la profunda oscuridad de La Pampa cuando hay luna nueva,
como una estrella se iba agrandando hasta que finalmente un jueves por la tarde
cayó sobre la inmensidad pampeana.
Como se pudo ver claramente desde todos lados, el
meteoro para unos o pedazo de cielo para la mayoría, cayó causando gran
destrucción incendiando incluso el follaje de 1 ombú, muy extraño ya que ni la
madera ni las hojas de estos se pueden prender fuego. El resplandor, luego del
impacto, se podía apreciar desde varias leguas y hacia allí fueron un nutrido
número de curiosos. Mailén, aún no sabe por qué, se quedó a una legua,
distancia que no le permitía saber qué fue lo que cayó, pero sí ver la
luminiscencia azul que el objeto desprendía.
Con el correr de los días se pudo observar como la
luz del objeto decrecía hasta que finalmente quedó oscuro. El objeto, que tenía
la forma de un huevo de ñandú, estaba enterrado en su mayor parte, su altura
era la de un niño. Dado que Mailén era una joven de apenas de 16 años no fue
escuchada, algo había en ese objeto que a ella no le gustaba y la razón la
asistió cuando un par de indios, que lo tocaron aparecieron con extrañas
quemaduras por toda la piel. Incluso alguno quiso levantar un pequeño trozo y no
pudo de tan pesado que era.
Muchos años después Mailén supo que el objeto se
componía de Uranio. Esa era la razón de su peso y porque un año después de
haber caído se hundió en el blando humus pampeano. También supo que el objeto
pudo haber estallado de tal forma que hubiera hecho desaparecer a La Pampa.
Pero en esos tiempos muy pocos, incluidos los Huincas, conocían el poder
destructivo del Uranio.
Capítulo 11: Breve historia de un asesino
Si bien la mayoría de los sujetos de a pie que
aparecían por La Pampa eran gente pacífica, a veces asomaba la nariz uno que
otro asesino. Este fue el caso de John Hilton. Un norteamericano que huía de su
país a causa de su sentencia muerte en la horca. Había asesinado, por pura
diversión, a una treintena de hombres, mujeres y niños, todos ellos
exclusivamente negros, indios o chinos, a los que no consideraba personas. Así,
al apearse con sus dos pistolas en medio de La Pampa, esperaba que la suerte,
en un país en que la justicia no tenía patíbulo alguno, le diera la oportunidad
de encontrarse con algún integrante de esas razas inferiores para poder seguir
divirtiéndose.
Cabalgando a la deriva, como era su costumbre,
divisó un pequeño y miserable rancho que disfrutaba de la sombra de un grupo de
álamos. Al llegar a él vio a un negro que junto a una niña estaba asando un par
de conejos. El negro, un hombre bonachón, lo invitó a comer, cosa que hizo.
Pero al terminar la cena y sin ningún aviso, desenfundó una de sus pistolas y
le atravesó la frente de un tiro. La nena intentó huir pero pronto le dio caza
pues con ella haría algo especial, la colgó de uno de los álamos y usando su
látigo de cuero trenzado la azotó hasta desollarla viva dejando que su hermosa
piel negra mostraba el rosa del descarne, la pequeña no soportó más que unos 10
latigazos y decepcionado de que el espectáculo durara tan poco acribilló su
cuerpito a balazos y se retiró sin ningún remordimiento. Después de todo sólo
era una negra.
Cambiando la leña del fuego que despedía muy poco
humo, usó otra que lo hacía en forma espesa. Esto hizo que media hora después
llegara una partida de indios. En este caso, escondido dentro del ranchito,
comenzó a disparar siendo su puntería tan certera que con sólo 6 balas mató a
los cuatro indios.
Envalentonado por la suerte, ya que nunca había
podido matar a 6 personas en un mismo día, Hilton, luego de un descanso de dos
días, salió a buscar una nueva víctima. En esta ocasión, debido a la enorme
extensión del desierto, esta se hizo esperar, sin embargo no fue cualquiera.
Machén, como era su costumbre, salía a merodear la
zona cercana a su toldería, en busca de alguna pieza que cazar. Debido al calor
de enero, no era inusual que los pastos se prendiesen fuego. Aunque muy pocas
personas lo habían visto, él por su espíritu observador, sí. Se trataba del
rayo de sol. Esto, que para un huinca era incomprensible, se trataba de un
extraño efecto atmosférico. Aunque en el cielo no existiera ni una sola nube,
de pronto caía un rayo que prendía fuego los pastos ya resecos por el sol, y en
consecuencia, debido al gran calor, convertir a los pastos en una enorme bola
de fuego. Aunque Machén, como indio analfabeto que era, no supiera nada de
electricidad electroestática, sí sabía que cuando los pelos de sus brazos se
levantaban de su piel, sea bajo una tormenta o, como ahora, bajo una aparente
absoluta sequedad, que el rayo estaba por caer bien cerca de él y por lo tanto
se debía arrojar furiosamente al suelo.
Sin embargo, la primera detonación que escuchó fue
la de una de las pistolas de Hilton, que al verlo solo en la inmensidad,
aprovechó la ocasión para matarlo. Machén sintió como que una flecha le
atravesara el muslo derecho y se arrojó al suelo, con la leve esperanza de que
la cortina provocada por el calor que difuminaba los objetos, mimetizara su
cuerpo con el pasto.
Maitén, que estaba lavando ropa en el jagüel,
también escuchó el disparo, así que montó una yegua y salió hacia donde éste
había sonado.
A pesar de los deseos de Machén, Hilton lo
encontró pronto, y sin darle ninguna oportunidad le disparó seis veces, y como
si del despegar de su alma se tratase, el demorado rayo cayó en la soledad de
La Pampa, convirtiendo el pasto seco en una vorágine de fuego, de tal forma que
incluso un asesino como Hilton entró en pánico y, perseguido por las llamas, huyera
despavorido.
Maitén pudo escuchar los disparos perfectamente, y
a contrapelo de ser la próxima víctima salió en busca de su padre. Una de las
cosas que cualquiera sabe en el desierto, es que el pasto se quema muy
rápidamente convirtiendo el amarillo pasto en una superficie negra y
cenicienta. Por eso Maitén encontró rápidamente el cuerpo exánime y carbonizado
de su padre, y allí mismo se juró que no terminaría ese día sin que el asesino
pague su crimen. Lo que ella no sabía, cuando salió a buscarlo, era que Hilton
también había sido víctima del fuego.
La búsqueda no duró mucho, no sólo por la sencilla
razón de que ambos se buscaban, sino porque el cuerpo de Hilton emanaba un
fuerte olor a carne asada. Así cuando un sol de furioso rojo se estaba poniendo
en el horizonte, ambos estuvieron frente a frente. Hilton pensó que con su sola
presencia Maitén huiría del lugar por lo que ni siquiera pensó en ubicar a su
caballo en busca de más municiones. Aunque quemado en buena parte de su cuerpo,
sus quemaduras no eran de gravedad, por lo que, estando Maitén a sólo tres
metros, sacó su puñal para terminar con ella, a lo cual ella respondió del
mismo modo.
Ambos sabían que sólo uno vería un nuevo día.
Sorpresivamente Maitén con la idea de poder saborear mejor su victoria, se
acercó aún más a Hilton que hacía figuras en el aire con su puñal. En un salto,
Maitén tomó las muñecas de Hilton, con la finalidad de eliminar el peligro de
la filosa hoja. Hilton trastabilló y cayó de espaldas al suelo, lo que lo hizo
bramar de dolor, como reacción le tiró una puñalada con la intención de
atravesarle los intestinos, pero como Maitén dio un salto hacia atrás sólo le
rozó la entrepierna haciéndole un corte transversal en ambas piernas. Maitén
sabía el principal punto débil de su oponente, sus quemaduras, así que su
primera acción de ataque fue clavarle las uñas en la espalda y rasguñársela.
Aunque el primer impulso del yanqui fue el grito, lo reprimió para sacar un
furioso golpe de puño que dio de lleno en el pómulo de la india. La respuesta
fueron dos violentos rodillazos el primero en los testículos, y cuando el
hombre reculó, otro en la boca del estómago. Así Hilton, sin respiración,
apretó de nuevo la empuñadura de su puñal para volver a intentar apuñalarla, cuando
un nuevo rodillazo le partió la nariz haciéndole saltar varios dientes. Esto lo
hizo entrar en una furia asesina que lo determinó a acabar de una vez a la
india, entonces se abalanzó sobre ella, pero ésta se esquivó por lo que aquel
terminó en el suelo. La aparente desventaja de Maitén de no tener puñal no la
amilanó en ningún momento así que cuando Hilton se dio vuelta le pegó una
patada que dio de lleno en la laringe destrozándosela. Hilton ya no pudo
respirar por lo que sólo pudo asistir a como Maitén con un método feroz le iba
quebrando una a una todas las costillas a patadas.
Allí terminó la aventura de John Hilton. Maitén
apenas con un corte en sus piernas.
Capítulo 12: De rezoss, ángeles, duendes y hadas
ranqueles
Juan era un joven seminarista que terminó siendo
echado por hereje. Así que, como muchos otros, salió al desierto a predicar.
Su espíritu evangélico duro mucho menos que un
cirio pascual, cuando un amanecer en que tocaba su flauta vio acercarse a dos
mujeres que en su delirio místico confundió con ángeles. Una era pelirroja de
ojos profundamente verdes, la otra de piel cobriza de pelo y ojos oscuros. Por
supuesto que de ninguna manera pudo suponer que eran medio hermanas, una
vestida con prendas de vivos colores, la otra con simple vestido de tela de
sarga, chaqueta y pollera, que había podido comprarle a un tendero trashumante.
Claro que se trataba de Patricia y Mailén a quienes muy pocas veces se las veía
juntas.
Mailén, que odiaba a los huincas pero que no podía
negar su media sangre, se acercó al joven para conocerlo, quien seguía tocando
su flauta como si con ello pudiera obtener las gracias del cielo, tanto era el
miedo que le inspiraba el, para él, bello y recio cuerpo de la india. Los fuertes
perfumes de mujer de las hermanas turbaba al muchacho quien al no vestir hábito
no podía evitar que se viera por debajo de su pantalón militar, que le habían
obsequiado los soldados del fuerte, su enorme excitación.
Mailén le preguntó si conocía a un tal Juan Carlos
Robles. El joven como era la primera vez que estaba en el desierto no entendió
las palabras cruzadas de castellano y ranquel, pero la india, acostumbrada, le
volvió a repetir la pregunta en forma pausada.
El joven, aunque no estaba seguro, le respondió
que sí. Que lo había visto ayudando a un maestro a construir una pobre escuela
a unas diez leguas al norte de donde estaban. Mailén deseosa de volverse a
encontrar con el único hombre que amaba, lo dejó con la palabra en la boca.
Cuando Mailén llegó, Juan Carlos sólo le preguntó
si alguna vez pensaba vestirse. Ya que aunque Mailén no lo supiera le habían
vendido sólo ropa interior. Y por primera vez en su vida Mailén no sólo sintió
pudor sino que se hizo el propósito de conseguir un vestido algo más cristiano.
En realidad Juan Carlos estaba celoso que Mailén hubiera estado, aunque nadie
se lo hubiera dicho, con tantos hombres mientras que él apenas con una media
docena de mujeres una mulata, dos indias, dos prostitutas, una polaca y la otra
china, y la que su familia deseaba que fuera su esposa, una porteña emparentada
con la familia de San Martín. Por ese motivo, con algo de ingenuidad, ideó un
castigo para Mailén. A tal fin la invitó a ir a un arroyo algo alejado de la
escuela. Donde le haría pagar tantos celos que le había hecho pasar.
Mailén decidió que por primera vez dejaría que
Juan Carlos hiciese con ella lo que quisiera. Así Juan Carlos la tomó con
suavidad y cuando Mailén daba síntomas de acercarse a un orgasmo le volcó las
rodillas hacia la cara comenzó a libarla como una abeja a una flor. Así Mailén
que siempre era tomada con energía tuvo un violento orgasmo sólo a causa de la
dulzura de Juan Carlos.
Mailén no comprendía porque al volver a la sombra
de la alameda donde estaba funcionando la escuelita todo le daba vueltas quizá
fuera, pensó, porque por primera vez le habían hecho el amor tal como supo años
más tarde lo llamaban los ingleses.
Era el mediodía y Roberto, el maestro, había hecho
unas liebres asadas. Allí éste le mostró a Mailén algo que para ella sería un
tesoro de por vida. Mailén debido a su vida salvaje en el desierto, desde
aquella oportunidad en que el orgulloso maestro le entregó un papel en el cual
decía que había cumplido con el ciclo primario, título que en aquellos tiempos
constaba de cosas muy distintas de las que luego, bajo el gobierno de
Sarmiento, serían enseñadas, Mailén no había tenido la oportunidad de volver a
leer. Por lo cual esa docena de libros no sólo le llamaron la atención, sino
que le cambiaron la vida. El pequeño catálogo estaba compuesto por El Quijote
de Miguel Cervantes de Saavedra, Frankenstein de Mary Shelley, quizá una de las
pocas copias en castellano en el país; El Decamerón de Bocaccio; Las Mil y Una
Noches, un anónimo árabe; Romeo y Julieta de William Shakespeare; La Ilíada de
Homero, Fausto de Göethe, Las Tragedias de Sófocles, Poemas de Catulo, un
extraño libro de letra muy pequeña con la obra completa de Sor Juana Inés de la
Cruz, La República de Platón y varias comedias de Plauto.
Mailén, ansiosa, no terminó de comer y se retiró
con la bolsa de libros para sentarse en un tronco a la sombra de un ombú y
comenzar a leer. Desde la improvisada mesa Roberto le gritó que comenzara por
Antígona y Romeo y Julieta, los cuales sabía que los leería en un par de horas
al cabo de las cuales volvería con un montón de preguntas. Además le recomendó
que entre libro y libro, los que ahora serían extensos, dejara pasar unos días
para poder meditarlos
Mailén que no sólo sabía leer con rapidez sino que
tenía una memoria prodigiosa sólo tardó en leer la Ilíada de Homero en un día,
trayéndole el problema a Roberto para que le explicara quienes eran todas
personas y donde habitaban esos dioses. Roberto tardó en hacerle entender que
todos eran producto de la imaginación de Homero. De allí a la iluminación de
Mailén pasaron apenas unos minutos. Ahora estaba segura que si esos dioses sólo
eran pura imaginación de alguien, de la misma forma los dioses cristianos y sus
propios dioses también lo eran, incluso los dioses ranqueles a quienes les
pedía por mejor vida. Sin embargo, logró admirar a esos personajes.
Desde aquella vez en que se habían tenido que
enfrentar con Pizarro, que Patricia no la veía a Mailén y desde entonces estuvo
turbada. ¿No merecía, acaso, la muerte ese hombre? Necesitaba hablar con
Mailén. Y luego de mucho cabalgar por los sitios donde se la podría encontrar,
por fin, la halló en la escuelita. Mailén se hallaba absorta en la lectura de
tal manera que parecía que estuviera del otro lado de las amarillas páginas de
los gruesos libros. Tal concentración le llamó la atención a Patricia que le
preguntó el motivo. Mailén en lugar de alguna respuesta de palabra la llevó
directamente a la fuente, Roberto, para que este le enseñase esa nueva forma de
leer.
–
Después de todo, no es posible que
una pelirroja de ojos verdes no sepa de sus antepasados europeos; le dijo
Sin que hubiera pasado una hora, Roberto ya estaba
enseñándole los mismos libros a Patricia.
Al mes siguiente Mailén llegó hasta Roberto para
confesarle que se hallaba confundida. No había podido entender cabalmente todo
lo que había leído.
Roberto, sonriendo, le dijo: “No te preocupes, muy
pocas personas logran hacerlo. Sin embargo, yo que no soy adivino, creo que con
el tiempo lo podrás hacer…” y haciendo una larga pausa para que Mailén se
intrigue aún más “…Juanita”
–
¿Por qué Juanita? Preguntó Mailén.
–
Por Sor Juana una de las mujeres
más inteligentes que nació en América, sino la más.
Mailén estuvo de acuerdo, especialmente por eso “
solamente lo que toco veo”.
Luego del incidente del fortín, éste recibió la
visita de un personaje a quien Mailén sólo conocía de oídas, el coronel o
capitán, no lo sabía bien, Lucio Victorio Mansilla. Quien se preparaba para
irse a una guerra contra los guaraníes o los paraguayos, tampoco lo sabía bien.
Pero luego de pensarlo un poco se dijo:” No si no está en guerra con los
ranqueles, ¿Por qué habría de estarlo con los guaraníes?”
Como joven oficial lo habían enviado a recorrer
los fortines de la zona de San Luis de donde llegaban alarmantes noticias de
gran desorden. A Mansilla, pero no así a sus superiores, no le preocupaba el
comercio con los indios, pero sí los hechos de violencia que ponían en riesgo
la frágil paz con ellos, previendo que una excusa siempre es bienvenida para la
guerra. No hacía mucho que la debacle había hecho que Don Manuel de Rosas se
tuviera que exiliar en Londres, poniendo fin a una larga y productiva paz con
todas las naciones indígenas. Paz sostenida, claro con el sable y el cañon, que
él no había usado. Así que el hecho más relevante era su salvoconducto para que
Charles Darwin pudiera visitar algunas
tolderías como parte de su viaje a bordo del Beagle.
Mansilla envió a un soldado hasta las tolderías de
Rosas, pero al no hallarla volvió sin más. Sin embargo, alguien le sugirió que
quizá estuviese en una escuela a sólo unas diez leguas, y allí el soldado la
encontró. Aunque Mailén tenía una gran desconfianza, con él fue.
El encuentro fue memorable, al menos para ellos.
Es cierto que no figura en ningún libro, pero Mansilla se sorprendió de la
belleza de Mailén quien ahora vestía algo así como una camisa y una pollera. Y
una nena de unos 3 años que era igual a ella.
La primer pregunta de Mansilla fue a boca de jarro:
–
¿A cuántos soldados mataste?
–
Por ahora, sólo a uno, mi padre.
Mansilla pudo escuchar como desde el fortín alguien gritó
–
Se lo tenía merecido.
Sin embargo, como no se mata a un padre todos los
días, Mansilla pidió detalles los que Mailén hizo en pocas palabras.
Mansilla la invitó a comer dentro del fortín, pero
Mailén, teniendo en cuenta lo que había sufrido dentro de uno de ellos, se
negó.
–
Te tengo un trabajito. ¿Querés
llevar a todos los chicos de la toldería a vacunar a Córdoba?
Mailén, que había escuchado algo de eso, aceptó, aunque se
preguntaba porque habría de ir tan lejos.
–
¿Y porque no lo hacés vos? Preguntó
Mailén no por negarse sino por saberlo.
Todos sabían que entre Mansilla y el cacique Rosas había una
extraña relación, casi familiar. Mansilla era sobrino de Don Juan Manuel y
Mariano, merced al haber sido alguna vez capturado por los soldados de Rosas y
haber estado algún tiempo, forzado aunque no preso, su ahijado. Así que para
los cristianos era Mariano Rosas, pero para los ranqueles Panquitruz Gené. Es
decir, Mailén y unos cuantos, los nombraban de acuerdo con quien hablaban.
–
Es que por ahora las cosas no
están bien, pero quien te dice que algún día, ¿No?
Mansilla que le vio la mirada le contó:
–
Porque sólo en las grandes
ciudades se dan las condiciones para hacer y conservar las vacunas.
Mansilla de mente abierta, sabiendo que cuando
Mailén estaba en las tolderías era una capitaneja respetada, se preguntó si
alguna vez ella sería cacique. Sin embargo, recordando, no tenía memoria de que
alguna vez en América alguna mujer hubiera tenido tal honor. Ni los Incas cuyos
soberanos eran, como también lo acostumbran los egipcios, hermano y hermana,
dejaban descansar en ellas el poder. Así mientras que en los viejos mundos
había reinas, princesas o emperatrices, en América sólo consortes o
confidentes. Estaba claro que aunque para él sería una buena cosa, por ahora ninguna
mujer sería cacique de tribu alguna, o presidente para el caso de los
cristianos. Pero vaya a saber lo que el futuro se traiga. ¿Acaso Isabel no
tenía más poder que Fernando?
Así Mailén salió para recoger unos 50 niños de las
tolderías de los 500 para los que estaban previstas las vacunas. Es decir,
Mailén tuvo que hacer 10 viajes donde pudo, a contrapelo de la buena voluntad
de Mansilla, comprobar el desprecio que los cordobeses sentían por los indios.
Pero teniendo en cuenta lo importante de la encomienda cerró su boca.
Durante uno de sus viajes Mailén se cruzó con un
soldado que llevaba un regalo, según éste dijo, para algunos capitanejos de
Baigorrita, eso teniendo en cuenta el desprecio que había vivido le llamó la
atención pero siguió viaje.
El resultado fue que una terrible epidemia de
viruela negra mató a 200 indios del cacique Baigorrita y si no lo hizo con él
fue debido a él mismo había estado al borde de la muerte y ahora estaba
inmunizado, palabra que Mailén a pesar de ser una gran lectora aún no conocía.
Tanta rabia tenía que fue a increparlo al mismo
Mansilla. Éste le tuvo que contar que no era la primera vez que eso se usaba
como arma de guerra. Le contó, por ejemplo, como Hernán Cortés pudo conquistar
México a causa de una epidemia que mató al mismísimo Moctezuma, como en la edad
media arrojaban pedazos de muertos de alguna peste a las ciudades sitiadas.
Un nuevo personaje vino a aparecerse por el
desierto y como si, por compensación a la muerte de Pizarro se tratara, era tan
siniestro como éste. El individuo que se llamaba Alfonso Hernández era la
cuarta generación de prósperos comerciantes porteños. Su bisabuelo había
luchado por los realistas durante toda la guerra de la independencia, sin
embargo debido a la necesidad económica este hecho le fue perdonado. Su abuelo
había trabajado con Bernardino Rivadavia y se había beneficiado comprando bonos
de la famosa enfiteusis a muy bajo precio. Su padre había entablado relaciones
comerciales con Rosas quien no le perdonaba el pasado realista a la familia,
pero sin embargo por ser muy hábil para los negocios los puso en la
administración de sus saladeros. Hay quienes dicen, pero nadie lo puede
confirmar, que tuvo un papel fundamental en la apropiación inglesa de las Islas
Malvinas. Así con semejante prosapia, este hombruno, venía a tomar posesión de
lo que, según él decía, le pertenecía, casi toda la Pampa.
El citado hombre no se vino sólo sino con una
buena cantidad de personal, entre los que se contaban unos 50 soldados propios.
Número importante si se tiene en cuenta que los fortines casi nunca pasaban de
unos 25 hombres.
Y si lo nombramos en este lugar es porque era un
experto en las malas artes guerreras. Y como tal su primera acción fue hacerle
llegar una carta a los principales cacique que se encontraban del fortín que
estaba haciendo construir a unas 150 leguas. La carta era sumamente lacónica.
Les decía que se fueran de sus propiedades hacia Chile. En verdad, aquí se
abriría un debate político mucho más adelante. Por un lado él tenía en su poder
documentos firmados por Rivadavia que efectivamente los hacían dueño de lo que
decía, pero por el otro ni siquiera el hábil negociador que era Rosas nunca lo
refrendó. Por lo que se habría una dicotomía jurídica.
Por supuesto que las cartas aunque tenían escritas
las palabras que él quería, llevaban como si de Caballos de Troya se tratasen,
otra cosa que ya conocemos: el terrible virus de la viruela negra, método que
no por repetido seguía siendo practicado con éxito. Por suerte en este caso por
el simple hecho de que el único que sabía leer era un tal Pérez, un cristiano
amancebado con una india que habiendo sido soldado sabía leer y escribir, y por
lo tanto leyó la carta y como buen sabedor de las verdaderas intenciones la
quemó de inmediato. Y en cuanto al resto de los destinatarios no la recibieron
por la simple razón de que nadie sabía leer. Es decir, el atentado de Hernández
quedó en la nada.
Este hecho lo enfureció tomando decisiones más
drásticas. La primera de ellas el secuestro. Lo que pretendía era romper la
frágil tregua en que el ejército se encontraba. Le sonaba muy mal la actitud
ambigua que hallaba entre los soldados de los fortines aunque entendía sus
razones. Los indios la más de las veces comerciaban vendiendo cueros de toda
clase a precio vil a cambio de tabaco, alcohol, especias, café o azúcar. Rara
vez se les vendía armas.
Así que Hernández sacó a patrullar a sus
irregulares hasta que encontraron a un grupo de 6 indios que pescaban a la
orilla de un río. En virtud de la paz que transitoriamente reinaba los indios
fueron con ellos. Al llegar al nuevo fortín Hernández ordenó algo que a sus
propios soldados les pareció extraño, los hizo trasladar hasta sólo 10 leguas
de la toldería de un cacique menor, y allí los hizo atar a sendas cruces a fin
de que eso sirviera de escarmiento. Escarmiento de qué los soldados tampoco lo
sabían. La cuestión era que allí los dejaron al desamparo de las fieras donde
tras una agonía de 4 días los pobres murieron de sed.
Y allí hubieran quedado por mucho tiempo a no ser
que desde la toldería del cacique Luminel algo así como un sobrino de Painé y por
lo tanto pariente del aún joven Mariano Rosas, se podían ver a los buitres
volar alrededor de los cuerpos.
Esto, que era una provocación, produjo un estado
de asamblea entre la confederación ranquel, en la que primó la cordura por el
informe de algunos de los espías de Baigorrita: Este individuo no era parte o
mandadero del ejército. Por lo tanto se debía tomar venganza de alguna forma
que no repercutiera en las relaciones por demás frágiles con el ejército quien
contaba con armas que los ranqueles no tenían.
Bien era sabido que los ranqueles tenían pavor a
casi todas las enfermedades, debido no sólo al viejo dicho de no tener defensas
para ellas, sino al hecho de no tener ninguna clase de medicamentos, salvo
claro, su remedios ancestrales a base de yuyos, algunos de los cuales eran
realmente efectivos para algunas enfermedades.
Sin embargo, a causa de haberla sufrido durante
miles de años había una enfermedad que hacía menos estragos entre los indios
que entre los cristianos: la sífilis. Así que Baigorrita contraatacó.
En una de sus tantas salidas, los irregulares de Hernández
cercaron a un grupo de indias jóvenes y hermosas, que estaban lavando ropa en
un jagüel cercano al toldo de Baigorrita y tomados por lujuria en lugar de
llevarlas cautivas tuvieron sexo con ellas. Aquí vale la aclaración de la
palabra “hermosas” ya que para los huincas no todas las ranqueles eran hermosas
y por lo tanto atractivas como lo eran estas 12. Así que, como ya se dijo, el
grupo de unos 50 soldados salía a frecuentar a las indias en número de 10. Y
así lo siguieron haciendo sin preguntarse porque las indias no desaparecían,
hasta que la verdad se presentó con su cara de hereje: las indias enviadas por
Baigorrita estaban infectadas de sífilis, y lo que para ellas era una larga y
crónica enfermedad que las haría morir jóvenes, para los soldados fue una etapa
aguda.
Al principio éstos trataron de ocultar la realidad
a fin de que sus contratos con Hernández no fueran rotos, pero cuando los
dolores comenzaron a ser agudos no pudieron esconderse. Para colmo, la
enfermedad ya había sido propagada al resto del fortín, salvo a tres jóvenes
mulatas que Hernández tenía como esclavas sexuales y que nadie se atrevía a
tocar.
Hernández hizo las cuentas. Despedir y contratar
un nuevo contingente le costaría una buena cantidad de libras, única moneda que
él reconocía, por lo que atrincherándose con sus forzadas amantes, sólo esperó
el final anunciado. De paso podía descontar de los sueldos a pagar una buena
cantidad de paliativos, que sólo eran eso, sin ninguna posibilidad de remisión.
Si la aventura hubiera constado de un intercambio
sexual con las indias, Hernández los hubiera, de haber podido, mandado a
fusilar. Pero ahora disfrutaba verlos morir de a poco. Esperaba que la afrenta
de haberse unido a esa raza inferior fuese conocida por muchos otros fortines.
Lo que no se puede saber es si los mismos soldados, antiguos confidentes de Hernández,
sabían del regocijo de éste al verlos morir lenta y miserablemente.
Los que saben en carne propia lo que esta o
cualquier enfermedad venérea hace sufrir al enfermo, saben lo que significa
estar obligado a montar un caballo. Los otrora fuertes jóvenes ahora devenidos
en escuálidos fantasmas estaban obligados por Hernández a la patrulla diaria,
de las cuales alguno, de vez en cuando no volvía. No había sido el
enfrentamiento con los salvajes, ni el ataque final de la enfermedad, sino el
suicidio, 12 de los soldados habían decidido terminar con sus sufrimientos
disparándose un tiro de fusil por la boca.
Los ranqueles, que sabían lo que en el fortín
estaba pasando, tomaron cierta distancia para no verse involucrados. Sabían que
Hernández no podía aducir que Baigorrita los había mandado a infectar por dos
motivos, uno que las indias no se aparecieron en el fortín en forma directa y
la otra que ese mismo método, es decir, por medio de la viruela, era usada por
los huincas. De modo que lo que sucedió fue obra del destino.
Mailén hacía el recorrido entre la escuela y su
toldo por un sendero conocido. Tanto que ella lo había bautizado, a la usanza
cristiana, camino de los Ángeles. No porque Mailén creyera en ellos sino por
los nombres de sus hermanos muertos en aquella desdichada tormenta, quienes,
como ya dijimos, tenían nombres de ángeles cristianos pero sonaban a ranquel.
Cuando cruzaba por ese sendero fue avistada por
una partida de 10 de los irregulares de Hernández quienes, sin siquiera dar la
voz de alto, comenzaron a disparar contra ella, quien rápida escondió su cuerpo
detrás de Bucéfalo, su malacara, nombre de un caballo que ella, en sus
recientes lecturas, sabía que se llamaba el de un tal Alejandro Magno. Por
desgracia, Bucéfalo, no murió a causa de flechas o lanzas, sino de los 8
disparos de fusil que recibió en su flanco izquierdo, quedando su jinete
indefensa y a pie.
Mailén, luego de pensar en Jazmín y de quien se
haría cargo de la nena si ella moría, sabía que si no actuaba rápido la próxima
descarga haría blanco en su cuerpo, así que huyó a esconderse en un pajonal que
tenía a menos de una cuadra. Si alguna vez pidió que sus pies tuvieran alas
como los de Mercurio o Aquiles, esta fue la ocasión, pero, por supuesto, lo
único que sus pies desnudos tuvieron fueron las gruesas espinas de espinal que
se le cruzó en el camino antes de poder esconderse entre la paja brava.
El dolor de sus pies sangrantes la invitaban a
gritar y llorar, pero su orgullo ranquel le hizo tragarse las lágrimas. Allí
esperó para ver que más pasaría. Al rato sintió como las patas de los caballos,
quebrando el espinal, se acercaban, lentamente, a ella. De pronto, y sin saber
qué otra cosa hacer, se acordó de las piedras que el maestro le había regalado.
Así, comenzó a rasparlas bien cerca de una mata seca hasta que, finalmente, las
chispas la prendieron fuego. Sin embargo, Mailén estaba aún muy lejos de la
salida del laberinto que implica un pajonal de paja brava y cardos, así que no
sabiendo si podría salir de él comenzó a caminar, lo más que le permitían las
espesas y altas matas en sentido contrario a la leve brisa y a medida que el
fuego aumentaba y avanzaba, no siempre en sentido del viento, sus piernas
cansadas y sus pies heridos la llevaban hacia algún lado. Era la primera vez
que caminaba sin saber si podría salir con vida de un pajonal.
Los irregulares, aunque ya habían visto las
llamas, se lanzaron hacia donde suponían estaba la ranquel. Primaba en ellos
más el odio que el instinto de autoconservación. Así, enajenados, se lanzaron a
cazarla, confiando que sus caballos los protegieran del fuego. Y, aunque ya
parecía imposible, lograron salir del fuego, sus caballos horriblemente
quemados y ellos sólo en sus piernas, debido a su pericia que les permitía
cabalgar de pie sobre sus monturas.
Mailén al ver esto, sin embargo, no se permitió
entrar en pánico y siguió corriendo, hasta que su paso se vio interrumpido por
una laguna pestilente, y aunque la razón le decía que la evitase, sus
desesperados deseos de alejarse de la partida la hicieron entrar en ella.
Los soldados ahora la podían ver claramente, así
que olvidándose del fuego del pajonal, que seguía avanzando cada vez más
lentamente, se internaron en ella, para desesperación de la india que ya casi
desfalleciente del olor nauseabundo de la laguna, llegaba a la otra orilla con
cada vez menos fuerzas cayendo rendida a unas pocas varas; y, cuando ya
llegaban al mismo centro de la laguna, una pirita de fuego entró en la laguna
convirtiéndola en un infierno.
Lo que Mailén ni ellos sabían era que el olor
nauseabundo era provocado por los que algunos llamaban el gas de la muerte. Si
bien el fuego se consumió mucho más rápido de lo que lo hace el pasto seco, la
temperatura es mucho más alta, por lo que los soldados y sus caballos
perecieron al momento, no sólo las llamas quemaron sus cuerpos, sino que
respiraron fuego.
Una hora o algo así, pensó Mailén, se despertó sin
saber qué era lo que había ocurrido. Ignoraba por qué la partida yacía
semisumergida y muerta en medio de la laguna. Sólo pensó en buscar con la vista
un árbol donde descansar a su sombra.
Mailén sin casi poder caminar, pero a causa de
enorme determinación y fortaleza, se construyó un improvisado refugio a la vera
de un arroyo cristalino, muy raros en el humus pampeano y allí comiendo lo poco
que podía cazar a causa de sus pies ahora hinchados. Crecían por allí dos plantas
que ella conocía, una de hojas grandes y carnosas, la otra de hojas largas en
forma de lanza con las que ya antes se había curado heridas menores. La segunda
no sólo era buena para las heridas sino eficaz para evitar que la nube de
mosquitos que la acechaban la picaran. Así al cabo de tres lunas, aunque algo
famélica emprendió el viaje a pie hasta su toldo que se hallaba a unas 100
leguas, y aunque sus pies aún la torturaban pudo llegar hasta los brazos de
Patricia y Maitén. Y luego de tantas lunas pudo abrazar a Jazmín a quien ya le
habían dicho que su madre quizá estuviese muerta.
Unas 10 lunas después, ya repuesta y con su nuevo
caballo, al que bautizó con el humilde nombre de Azul por la mancha que tenía
en su costado derecho, pudo pasar cerca del fortín de Hernández. Allí el olor a
muerto emanaba por todos lados, y vio como las matas emergían de él, por lo que
se animó a entrar. La recibió una figura moribunda: Hernández. El ahora
esquelético hombre había sido abandonado por sus tres esclavas quienes
aprovechando su debilidad salieron del fortín montadas en sendos caballos y
otros tres de refresco. El hombre estaba tan cerca de su muerte que Mailén ni
se atrevió a rematarlo.
La única forma viva que se veía era una cuarentena
de caballos que iban y venían por los alrededores del fortín con absoluta
libertad. Mailén pensó que era una pena que tantas provisiones se perdieran, así
que luego de atar los caballos cola con hocico comenzó a cargarlas sobre las
monturas.
De pronto su agudo oído escucha el inconfundible
sonido del llanto de 1… 2… 3… 4… y, quizá, más niños, que provenía del establo.
Caminando con sigilo hacia allí se dirigió. El llanto, ahora ahogado, provenía
desde el interior de una parva de heno; así que con cuidado procedió a
retirarlo. Tres niñas y dos niños de entre 6 y 10 años quedaron petrificados al
verla; tanto el odio que se les había inculcado. Los cinco estaban, a pesar de
la abundancia de alimento seco, desnutridos.
Mailén que era visiblemente rechazada no quiso
dejarlos abandonados, así que actuó el papel que ellos buscaban: una india
facinerosa que los mataría sino les hacían caso. La actuación surtió efecto
porque los niños se entregaron mansamente. Así que los subió a los caballos y
emprendió el viaje hacia la toldería, mientras comenzó a elucubrar la forma de
ganarse su confianza. Planeó con pura razón un viaje que, de no mediar
contratiempos, los haría llegar a Leubucó en dos días.
Con ingenio armó algo parecido a camitas para los
chicos. Aunque sabía que los chicos tendrían hambre no quiso detenerse tan
cerca del fortín que los ubicaba aún como blanco de algún fusil huinca.
Cuando despuntaba el alba puso a descansar a los
caballos, apeó a los niños y comenzó a preparar algo de comer.
Como veía que aún los niños la miraban con odio y
temor, volvió a una actuación. Tomando un puñal se lo puso en la mano a uno de
los varones.
–
Si me querés matar, vamos,
adelante.
Le dijo con voz inauditamente dulce. Y para que no
quedaran dudas se colocó de tal manera de que el niño, de querer hacerlo, podía
degollarla.
Sea que el chico se dio cuenta que matarla era
dejarlos en medio del desierto, sea que el chico por fin cayó en la cuenta que
Mailén no les haría ningún daño, el chico arrojó el puñal al piso, de modo que
Mailén los acomodó para comer.
Cuando la carne estuvo lista se las acercó sobre una
madera al modo del plato, como lo llamaban los cristianos.
–
¿Qué es esto?
Preguntó el mismo chico.
–
“Sólo te voy a decir una cosa, ¡comé!”.
El chico, como si se tratase de comida envenenada,
no se animaba a llevársela a la boca, así que Mailén mordió del mismo pedazo,
con lo cual el chico, por fin, luego de muchos días, comió y pronto lo
siguieron los demás.
Con el fin de soltarles la lengua les fue
preguntando los nombres, su lugar de origen y edad. Así que uno por uno fueron
contestando.
–
Mi nombre es Pablo, soy hijo de la
cocinera del fortín. Venimos de Buenos Aires y tengo 10 años.
–
Yo me llamo Luis, mi papá era el
herrero, también vengo de Buenos Aires y tengo 9 años
–
Graciela, mi mamá, era la costurera,
tengo 12 años
–
Julieta, soy hermana de ella,
tengo 11
–
Isabel, también soy la hermana,
tengo 10
–
Y yo me llamo Mailén, creo que
tengo 17… soy hija de Maitén y un huinca que mejor ni hablar, y una hija de 5 años,
Jazmín.
Como Luis puso ojos de plato, Mailén le tuvo que
preguntar a qué se debía.
Luis le preguntó por su nombre, el de su madre y
porque eso de “mejor ni hablar”.
Mailén para salir del paso le preguntó si él sabía
lo que significaba “Luis”
Como el chico no lo sabía ella le dijo que ella tampoco.
En realidad, Mailén sabía que su nombre significaba “Doncella”, así como el de
su hermano Nahuel, “Tigre”. Quizá, reflexionó Mailén, mi nombre se deba a que
mi madre deseaba que yo fuese doncella por algún tiempo más que la simple
niñez, debido a que yo soy el producto de la violación de mi madre, Maitén.
–
¿Qué es violación? Preguntó Luis
quien creía saberlo pero no estaba seguro.
–
Violación es cuando alguien te
obliga a tener sexo por medio de la violencia…
–
¿Qué es violencia? Interrumpió
Isabel.
–
Es cuando alguien te pega o algo
parecido… ¿ustedes saben lo que es sexo? ¿no?
–
¡Pero, claro!; contestaron los
cinco a coro.
–
Y ustedes, ya lo hicieron ¿no?
–
Sí, y Pablo siempre lo hace con
Isabel. Dijo Julieta lo cual causó la risa de todos.
–
Bueno, me quedo más tranquila. Dijo
Mailén.
–
¿Por qué? Preguntó Graciela.
–
Porque ustedes los cristianos lo
hacen recién cuando son grandes…”
–
Y hay que ponerse de novios y esas
taradeces. Interrumpió Pablo.
Allí Mailén tuvo la oportunidad de usar una palabra que
habían leído en los libros.
–
Las tres ya menstrúan, ¿no?
–
¿Y eso qué es? Le preguntó Isabel.
–
¿Les sale sangre por “abajo” cada
mes?
–
A mi hace un tiempo que no. Dijo
Graciela.
Mailén se preocupó y trató de ser clara.
–
¿Lo “hiciste” hace algún tiempo y
ahora no te sentís del todo bien?
–
No, hace mucho que no. Desde que
mi mamá supo lo de esa enfermedad me pidió que me alejara de los hombres.
Mailén entre preocupada y aliviada se atrevió a
descartar un embarazo y la famosa sífilis, pero al no estar tan segura de lo
segundo, tomó un trapo y le pidió a la nena que se lo pasara por “abajo” lo
cual fue hecho por la chica.
La inspección fue, en principio, exitosa. El trapo
no tenía el olor característico de la sífilis, así que Mailén pasó a temas más
infantiles, tratando de no hablar de la muerte que se había enseñoreado del
fortín.
A media mañana reanudaron la marcha, para detenerse
tan sólo un par de horas después debajo de un poco usual ombú. Algo le decía
que los chicos tenían que volver a comer tantas veces como fuera posible. Así
que preparó algo que a los chicos en principio les daba asco: un ñandú. Y como
les vio las caras se atrevió a preguntarles.
–
Alguno comió una gallina, un pollo
o algo parecido.
–
Sí, claro; Respondió Julieta
–
Bueno esto es como una gallina
grande y le aseguro que lo misma de rica… que ¿no van a comer?... mejor, más
para mí.
Y Graciela que ya estaba comenzando a confiar en Mailén tomó
el primer trozo y Mailén nunca supo si por congraciarse o por qué realmente le
gustó dijo:
–
¡Humm… que buena!
Mailén les aseguró con una cara que todos creyeron:
–
Les puedo asegurar que la mamá de
Luis le habrá hecho comer hasta ratas y ustedes felices de la vida.
Así que lo que en principio era un viaje previsto
para dos días le llevó una luna entera. Y tanto fue así que los chicos llegaron
a Leubucó sino rozagantes al menos no tan famélicos como a la partida. Por
supuesto que Mailén les tuvo que explicar, mucho antes de llegar, que allí
nadie los iba a comer.
En medio de la caminata y viendo que los chicos se
aburrían, Mailén ordenó un alto, se acercó a unos grandes alerces que hacían
sombra y encendió fuego, aunque no había nada que asar. Así que les pidió a los
varones que cazaran algo.
–
Cazar, yo no sé cazar… me da miedo
matar a los animales. Dijo Pablo.
–
Entonces, le comentó Mailén con
cara de perro, si no cazan no habrá nada que comer y nos moriremos todos de
hambre a la sombra de estos lawal.
–
¿Qué es “lawal”?; preguntó Isabel
–
Es como llamamos al alerce los
ranqueles. Dijo Mailén.
–
¿Y porque le dicen Waka a la vaca
y Kawellu al caballo que son tan parecidos? Retrucó Luis.
–
Mirá, no estoy segura pero creo
que es porque acá no había ni vacas ni caballos hasta que llegaron los
españoles y los indios copiamos el nombre.
–
¿Vos sos india india? Preguntó
Luis.
–
Mas o menos, madre india, padre
huinca, quizá también mestizo ¿Por qué?
–
Porque mi mamá me dijo que los
indios te matan y vos nos estás
ayudando”
–
Mirá, hay muchas cosas falsas que
enseñan los huincas…
Y lo dijo de tal forma que asustó al niño.
Finalmente, viendo que Mailén no se movía por lo
que lo de cazar era cierto, Graciela tomó las boleadoras de ésta y junto con
Luis salieron al campo.
Volvieron a las dos horas con tres enormes cuises
a los que tomaron por conejos.
Mailén no queriendo desanimarlos no les dijo nada
y mató a los animales, los desolló, ante la cara de terror de los chicos, les
quitó las vísceras, los ensartó en la misma caña y los puso al fuego. Y como
eso iba a demorar un largo rato aprovechó para contarles un cuento que había
leído de un escritor de Buenos Aires.
Existen testimonios que hacen suponer que la historia
que vamos a relatar es verídica. Pero debido a que sucedió antes de la llegada
de aquella forma de vida que se autodenominó hombre, no hay suficientes
elementos registrables. Sin embargo, por razones que ignoramos, algunos pocos
hombres, en especial aquellos que trepaban los montes, disfrutaban las sombras,
veneraban los ríos, recibieron este mensaje y trataron de plasmarlo en mensaje
escrito. Tuvimos que realizar una larga investigación, luego de la cual todos
los indicios y registros científicos nos arrojaron la imposibilidad de los
acontecimientos. En efecto no hay evidencias históricas, arqueológicas, ni
geológicas, pero como no es la primera vez que esto pasa, tratamos de armar una
cronología de los acontecimientos.
Empezaremos por el final. Es sabido que desde que el
hombre fue hombre sus llanuras cambiaron numerosamente de dueños y nombres,
aunque no es justo sólo nombrar a aquella raza extinta que se llamaban a sí
mismos especie dominante , sin embargo fue durante su despliegue en que las
antiguas profecías se cumplieron y condujeron a su ruina. No entendemos porque
estos antiguos tenían la costumbre de llamar las mismas cosas por distintos
nombres, y porque se negaban unos a otros la existencia de sus respectivos
dioses. Nosotros para no entrar en conflicto con los exegetas, nombrando lo
innombrable u omitiendo lo necesario de invocación. Daremos nombres técnicos y
funcionales, a los dioses que intervinieron en esta escaramuza, creemos con
sobradas razones que ellos no se enfadaran con nosotros. Conservaremos los
nombres académicos de ciertas cosas luego que ya han sido aceptadas, con gusto
o no, por todos.
En primer lugar. Bien es sabido que los dioses le
otorgaron al puma una inteligencia superior y fue por largas generaciones quien
guardó el secreto, no necesitó en modo alguno ejercer su soberbia, pues bien
sabía que al no estar dotado del habla lo que los dioses le revelaban cesaba en
el mismo momento de su muerte. Ni siquiera la imponente raza de los saurios
pudo, a pesar de saberlo, transmitir a sus hijos la enseñanza y por lo tanto la
advertencia. Vanos fueron sus intentos de registrar la advertencia de los
dioses, que estaban convencidos eran destinatarios, por ser especie dominante,
esa misma luz, esa precisamente y no otra, fue la causa del primer exterminio,
los saurios creyéndose invencibles, de dominar las leyes de la naturaleza y ser
los artífices del bien y el mal, fueron exterminados por el dios dispensador de
la vida en el cosmos, los convertiré en aceite dijo y les envió una piedra
desde el confín de la galaxia. Esta piedra chocó en el pecho pletórico de la
tierra madre y borbotones de leche caliza saltaron al cielo, ennegrecieron las
nubes y ocultaron el sol. Se secaron las hojas y pereció la raza en masa.
Así durante tanto tiempo, como decíamos, fue el puma
quien guardó el secreto y nunca se atrevió a desafiar el poder del tiempo.
También el cóndor lo sabe. Ellos fueron los únicos que pudieron escapar del
cataclismo. Pero nunca se lo pudieron contar a sus hijos, en cuanto lo hicieran
el anillo que llevan en el cuello se cerraría y perecerían. Pero dejemos a un
lado las explicaciones científicas y vayamos a los hechos.
Sabido es por todos que la tierra alumbró a la luna,
que su panza fue Pangeia y el ombligo está oculto por las nieves del polo sur.
El dios cielo y la luna, a su vez tuvieron dos hijos una niña y un niño, que
vivieron durante un tiempo con su madre, pero la niña era aficionada al canto,
y como es sabido que la luna es sorda creía que su hija era tonta, por lo que
mandó a ambos a vivir con su abuela. La niña con su canto creó la armonía sobre
la tierra, cada vez que el dios de la vida lanzaba un destello por el vacío
ella levantaba la mano, lo tomaba y lo convertía en vida. Su hermano en cambio
era travieso y sólo gozaba haciéndola renegar, a cada especie que su hermana
creaba, él le creaba un enemigo, aunque es muy difícil de determinar quien creó
una u otra, dado el escaso sentido estético, moral y práctico del hombre. Tal
el caso, por ejemplo, de las serpientes que fueron creadas por la niña y los
delfines creados por el muchacho.
A la niña le gustaba jugar con el agua y las llanuras
y al muchacho con la tierra escarpada y los vientos. Así una tarde de enojos y
pelea ella creó los lagos Michigan y Ontario, y el otro el Himalaya , ella
dibujó el Nilo y el Esculpió el Aconcagua. Ella la bahía de Bengala y el los
monzones.
Una mañana en que ella se regocijaba creando vida en
la Amazonia, el muchacho cansado de pergeñar montañas hacia el norte, le orinó
la falda dando origen al Marañón (y no otro rio, el Orinoco, que queda más al
norte y no tiene nada que ver con esta historia). Enojada ella le tiró con lo
que tenía en la mano, pero él se agachó y cayó en el mar en forma de pequeñas
rocas, dando origen a la micronesia. Esa tarde él, tan solo por travieso, creó
el humo. El humo de los volcanes, de los bosque incendiados, de las llanuras
arrasadas por la lava y fue lo último que hizo antes que su hermana clamara a su
madre. La luna quiso mediar, pero como siempre pasa con los hijos adolescentes,
más se encresparon. El se llevó el volcán que recién había creado bloqueando la
desembocadura de un río, protestando y gimiendo, prometiendo que el humo y el
veneno volverían con una estirpe descendiente de las hormigas. Ella ufana no le
contestó y terminó su río, fabricó deltas y otro río ancho muy ancho donde el
volcán estaba, soplando aire puro sobre sus valles.
La madre cansada de caprichos los convirtió en
huracanes y maremotos, de modo que cuando más se enojasen menos la verían. El
cielo padre condescendiente conservó la vida, la vida de los cataclismos y la
vida autoreplicante.
Así pasó otro día, al decir del padre cielo,
sucumbieron las creaciones y mutaron las especies, hasta que la profecía se
cumplió. Una estirpe de mirmidones, no contenta de poseerse a sí misma y su
colonia, avanzaría sobre otras colonias. Una estirpe guerrera que no conforme
con ser especie dominante, conduciría a la destrucción de las castas inferiores
y finalmente sometería la naturaleza en su autodestrucción. Una estirpe que
traería fuego a sus propios hormigueros. Revocaría la grasa de los dinosaurios,
guardaría en huecos de tierra la energía del padre cielo, y a modo de humo,
respiraría veneno y caminaría sobre aceite fósil.
Esto es, amigos, lo que rescatamos de las piedras, el
porqué el hombre amigo de guerras como la hormiga, celebra hecatombes a dioses
negros, somete generación tras generación a sus hijos, que nacen cada vez más
débiles y más ignorantes. Por eso le otorgaron el habla y la escritura, pues es
incapaz de retener al sol de la mañana.
Pero por suerte eso ya no será más. Todas sus murallas
yacen bajo las lluvias muriáticas, desatadas por las almas de los saurios.
Para desilusión de Mailén, al parecer, nadie
entendió el cuento. Pero como compensación todos dijeron que “los conejos”
estaban ricos.
Al día siguiente los despertó muy temprano ya que
por estar montados en caballos huincas y el camino sería largo. Así en cada
anochecer encendieron fuego y Mailén les contó algunas leyendas ranqueles.
Primera noche.
Dicen que Ngüenechén, en pleno tiempo de la invasión
huinca, decidió que Turumel el dios de las travesuras y maldades humanas, fuera
borrado de la memoria de los ranqueles. Así muchas de sus maldades le fueron
atribuídas a Gualicho que si las hacía eran de una mayor crueldad. Pero del
enorme panteón de dioses, la mayoría buenos, sólo Turumel se comparaba a
Gualicho. De allí que sugiriendo maldades a los oídos humanos, ya que nunca tomaba
sus cuerpos, realizó muchos desastres. Algunos que aún son recordados por los
viejos lenguaraces.
Achawal no era un joven como los otros. A la edad en
que los otros se dedicaban a perseguir a su hualas, confesarles su amor y
conseguir sus primicias, él se soslayaba en la tortura de animales. Lo hacía
con animales despreciados como el gato a los que arrojaba al fuego para ver
como chillaba y se deshacía entre las llamas. Lo hacía con ratas, cuises,
perdices, culebras, escarabajos. Todo lo vivo, para él, era digno de tortura.
Ya casi no tenía amigos y algunos dicen que a la única
persona que amaba era su dulce hermanita Pichidewa, llamada así porque recién
había cambiado los dientes y lucía dos incisivos grandes como remos.
Las torturas de Achawal no pasaban desapercibidas por
los mayores. Llegó incluso a matar a una yegua sagrada, tres días antes de su
sacrificio ritual, dándole gramilla mezclada con una fina piedra en forma de
agujas. La pobre yegua murió en medio de enormes hemorragias y relinchos de
dolor.
Si se acercaba a una huala, en virtud de su gran
varonil belleza, era para seducirla llevarla a algún arroyo y hundirla largo
tiempo bajo el agua y luego mientras la pobre niña toma aire para escupir agua
y sangre, la tomaba fieramente en las formas que al dios padre no le gustaban.
Pero no fue Ngüenechén sino Turumel quien le daría un
merecido castigo, ya que para el dios padre, en su bondad, era imposible
imaginar un castigo para él.
Era otoño y los pajonales estaban de un amarillo
furioso. Achawal buscaba algún animal al que poder torturar.
Acertó a pasar una joven loba de piel tenuemente gris,
al verla le gritó Hullá, palabra que nadie conocía salvo él. La lobezna que
supo de inmediato su cercano destino, le rogó con un lamento y sus ojos tristes
que la dejara ir. Nada de eso lo convenció, la persiguió y la cazó en un bosque
cercano. Luego de darle patadas, tomarla de las patas para estallarle la cabeza
contra un tronco, ideó su tortura, encendió fuego y allí, la asó en cuatro
largas horas de suplicio.
Pero era Turumel quien, en realidad, estaba
disfrutando, cuando la lobezna se acercó a sus minutos finales, recuperó su
verdadera forma, resultando ser que no era otra que su hermanita Pichidewa,
muerta por las manos de quien decía que la amaba.
Ya era tarde y aunque quiso no pudo sepultarla. No
venía la noche, no le venía el sueño y sus ojos, sin poder desviarse observaban
como el hermoso cuerpito infantil de Pichidewa se deshacía ante sus ojos. Si
estuvo allí dos días, dos lunas o varios inviernos nadie lo sabe, pero sólo
cuando hasta los huesos de la niñita fueron polvo, pudo Achawal, levantarse de
allí, siendo que se había sido transformado en perro. Perro flaco, sarnoso y
con el ladrido más áspero y agudo que hombre alguno haya conocido.
Lo atacó un hambre feroz, pero le era imposible cazar,
ya que la escurridiza perdiz se le escapaba de las manos y por lo tanto trató
de acercarse al lugar de los hombres. Apenas aparecía denunciado por el hedor
de su piel, los chicos gritaban Trewa Abtao, que era, entonces, la forma de
nombrar a los bichos de Gualicho, ya que se suponían venían de otra tierra. Por
su flacura, sarna y hedor.
Sólo se acercaban a él, con un trozo de carne, ardid
usado miles de veces por él mismo, para luego molerlo a patadas y palazos.
Estaba entre ellos Nahuel, su amigo de la infancia, ahora un rudo ranquel, que
si de niño nunca había ni espantado una mosca, ahora lo hacía a fin de mantener
la peste lejos del pueblo.
A veces, para conjurar la peste, lo arrojaban a la
llamas de las fogatas, pero aunque estuviera allí por horas, sólo obtenía
sufrimiento pero no la muerte.
Estuvo así dos años por cada animal que torturó y
luego se le concedió el beneficio de la muerte, si en la realidad solo contaba
con 20 otoños, su cuerpo decía que había tenido una larga agonía de cientos,
quizá miles de otoños.
Segunda noche
Millaray había nacido con una belleza superior. Si
algunos pensaban que tenían como antepasada a una bella cautiva alemana, por su
piel rosada, ojos azules y larga trenza rubia, eso era desmentido por su padre
Calfuray, que negaba haber intimado con huinca alguna. Calfuray despreciaba a
los indios que teniendo hermosas mujeres en sus toldos salieran en malón a
cautivar blancas que siempre venían con viruela y a veces con vicios propios
del huinca.
Pero Millaray no sólo despreciaba a las huincas sino a
las indias y a toda mujer que, según ella, no fuera lo suficientemente hermosa.
Pero fue durante su juventud que logró humillarlas
como ella quería. No había india, huala o hualita a las que, en virtud de su
enorme belleza, no les arrebatara al indio de sus amores.
Pero al verla Turumel, ideó una, para él claro,
divertida travesura.
Calfuray había pactado con un buen huinca que
alimentaría a sus chanchos. Así el huinca le traía unos 40 o 50 animales que él
engordaba y como el precio era a razón del peso de engorde, todos salían
ganando.
Millaray que siempre olía a jazmín y rosas, una tarde
sintió que ese aroma a estiércol y orina le gustaba y otra vestida de su mejor
vestido rosa pisó el corral en busca de un lechoncito a quien abrazar. Rosa
como era, la vio el cerdo macho y la confundió, obra de Turumel, con una
hembra, algo flaca claro, pero terminó preñándola.
Cuando al tiempo tuvo tres chanchitas no fue noticia,
sino que la agraciada Millaray ahora era una chancha enorme, rosada y gorda, la
elegida de todos los sementales. Su cara, antes ovalado, ahora era redondo, con
sus ojos antes azules ahora pequeños y oscuros y si su nariz era pequeña y
repingada ahora era redonda enorme y con dos agujeros en el medio.
Las hualitas que sabían quien en realidad era le
arrojaban sus marlos pelados como venganza al robo de sus amados.
Tercera noche
Pichirume no siempre fue llamado así, antes de joven
era un rudo ranquel de pica y lanza firme que si al principio salía a defender
el mapu como todo hombre digno de la tierra, con el tiempo, halló más gozo en
clavar lanzas no ya en hombres ofensores sino en mujeres y niños.
Pero una vez ya viejo y con sus largas crines ya
blancas, cuando sus brazos ya cansados no tenían fuerzas para alzar una lanza,
Turumel le mostró la núbil belleza de la hija de una cautiva que él quiso tomar
de inmediato. Pero como Turumel no sólo es malo, sino muy travieso, hizo que si
él avanzaba, la niña se alejaba como tomada por un cóndor, en realidad era Turumel
que abusando de su invisibilidad la llevaba y traía hacia donde quisiera.
Largas noches de pesadillas, sopladas en sus oídos por
el malvado dios, tuvo Pichirume hasta que al fin halló, o mejor dicho le
soplaron la respuesta, él era viejo y ella una niña, es decir, debía volver a
ser joven y como los dioses no toman bienes de la tierra, Turumel le ofreció
juventud a cambio de dolor y sufrimiento. Pichirume, con la visión de la niña
que Turumel le ofrecía no lo pudo pensar. Y así comenzó su voluntario martirio.
Si un día Turumel, lo convertía en cuis y era cazado,
masticado y devorado, ya fuera por el cóndor o el puma, otro día era sumergido
en el gran lago azul donde se le congelaban hasta los huesos. Otro era arrojado
al mar donde las orcas lo despedazaban. Otro era arrojado desde las nubes
contra las rocas más filosas. Y si los hombres que sobrevivían tardaban meses
en curar sus fracturas él sólo lo hacía luego de años. Así sus ayes resonaban
en la montaña.
Pero Turumel le cumpliría el deseo, cuando cada hueso
viejo roto era cambiado por uno sano y joven. De modo que con un poncho rojo,
una larga lanza de seis varas se acercó a la toldería en busca de la rubia
cautiva. Que ella se enamoró de inmediato tanto como lo estaba él fue sólo un
detalle. Pichirume la tuvo sólo por tres meses, ya que la huala ya no era joven
sino una vieja, enferma y desdentada mujer, de raleados y blancos cabellos.
Poco antes de morir Turumel le contó la verdad. Que no
debe desearse lo que no se debe y que para todo hay un tiempo.
Unas tres leguas antes de llegar, los recibió una
pequeña comisión de bienvenida: los tres hermanos de Mailén, con Jazmín.
Quienes generaron los más diversos pensamientos en los chicos.
Si para Pablo, Patricia era la mujer de sus sueños;
para Graciela, Lebián era el chico más feo que jamás haya visto. Si la atrevida
Julieta le dio un beso a Nahuel; Luis quería saber si había alguna Patricia de
su tamaño e Isabel opinaba todo lo contrario que Graciela.
Para Maitén era todo un escándalo. ¿Cómo se le
pudo haber ocurrido a su hija tal cosa? Traerse las provisiones era una cosa,
pero secuestrar niños…
Pronto los gritos entre Maitén y Mailén se podían
escuchar a varias cuadras de distancia. Y tanto era así que los pájaros abandonaron
presurosos la toldería. Hasta que un viejo desdentado llegó a imponer sus canas
y escuchar como Salomón a las mujeres y como el personaje de los cristianos
puso un momento de claridad. Si Mailén quería que los niños, ahora huérfanos,
se quedasen en la toldería y Maitén, para evitar una incursión del ejército los
quería llevar hasta el fortín más cercano; el viejo preguntó si no habría un
punto medio.
–
¿Medio de qué? Preguntó, airada,
Maitén.
–
Digo yo, si no hay algún lugar tan
lejos de aquí como de los huincas.
Aunque, en realidad, el viejo estaba totalmente de acuerdo
con Maitén pero no quería el enojo de la joven capitaneja.
–
Y, bueno, ¿Qué tal si los llevo
hasta la escuela de Roberto?
Concluyó Mailén, a quien la garganta le quemaba a
causa de la discusión.
Así que el viejo sabio sugirió que, para que los
niños dejaran de temerles de una vez por todas, se organizara una fiesta de
bienvenida y despedida. Eso hacía que la idea de que los niños, si así alguna
vez lo deseaban, pudieran volver a la toldería. Al menos cuando ella venía a
Leubucó y no tan lejos como a los pies de los imponentes Andes.
La fiesta, ya alegre de por sí para los ranqueles,
era una maravilla para los chicos, quienes excitados por todo lo acontecido no
querían irse a dormir. De modo que cuando la pequeña caravana compuesta por los
niños, Mailén y sus hermanos salió, aquellos lo hicieron dormidos sobre las
camas ingeniadas por Mailén, ahora mucho más cómodas.
La primera parada fue al mediodía y por decisión
de Patricia, que era bastante más prudente que Mailén, bien larga. Es decir,
era más seguro viajar de noche, no sólo por algún encuentro con el huinca sino
por alguna partida del traidor Coliqueo. Así que se organizó la estadía
escondidos en un pajonal al amparo de la vista, ya que para comer ya había
previsto, antes de salir, carne adobada al modo ranquel. Que los ranqueles
duermen a pata ancha con un ojo abierto lo comprobaron los niños cuando Mailén
dejó que Lebián se llevara a un aparte a Isabel y Julieta se diera el gusto de retozar
con Nahuel.
Pablo pensó que era injusto que las chicas hayan
tenido lo suyo cuando él no tenía ninguna oportunidad con Patricia con quien
soñaba tener una infinidad de hijos y para colmo su “novia” Isabel lo estaba
engañando con Lebián.
Luego de dos días llegaron hasta “El Ombú” con “9”
nuevos alumnos como Roberto había bautizado a su escuelita por estar debajo de
tal hierba gigante.
Después de un breve interrogatorio Roberto llegó a
la conclusión de que, aunque la escolaridad de los huinquitas había sido
interrumpida se la podía reanudar sin problemas. La sorpresa era para los cuatro
ranquelitos que no querían ni por asomo aprender nada de nada, así que Roberto
tuvo que usar el ingenio, ayudado, por supuesto, por cierta información aportada
por Patricia. Así que deslizó un comentario calculadamente despectivo, mientras
le guiñaba un ojo.
–
Viste, Mailén, porque los huincas
son mejores que los ranqueles.
–
Sí, porque van a la escuela. Contestó,
rápida, Mailén
Los ranquelitos no se querían dar por aludidos, así que
Patricia les pegó donde más le dolía.
–
¡Qué increíble que hasta las
cristianitas sepan leer!
Y como tampoco hubo caso, vino en auxilio alguien
inesperado.
–
Papá, ¿siempre son así de burros
los ranqueles?
Dijo Ayelén quien traía un mate dentro de una lata
para su padre.
Y como ni así los hermanos aflojaban, las hermanas
mayores dieron el último estirón.
–
Vos vas estudiar porque si no… yo
te reviento, y se acabó.
Les dijeron al unísono Patricia a Nahuel y Mailén a
Lebián. Luego de tales gritos Jazmín y Guillermito, no queriendo escuchar lo
mismo, corrieron a sentarse en la larga mesa que a falta de pupitre había a la
sombra del ombú. De modo que por las buenas o por las malas los ranquelitos
tuvieron que ceder. Y para que no hubiera ninguna duda las hermanas mayores
también se apuntaron.
Sin embargo, había un problema. Roberto
consideraba que las hermanas ya habían llegado hasta el máximo que él les podía
enseñar, por los que se abría un dilema negativo. O bien su preparación quedaba
trunca o bien tendrían que asistir en alguna escuela huinca donde ya se
descontaba que no las aceptarían.
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