Capitulo 1
Mailén
Capítulo 1: Cosas del pasado
Hasta ese día era muy poco lo que yo conocía de
Mailén. Cronológicamente pude haberla conocido ya que acabó sus días junto a
nosotros en la vieja gran aldea, hoy devenida en gran urbe. Así, casi en forma
casual, el 14 de mayo de 1953, me encontré con un tal Alfredo López, quien
afirmaba que todo lo que se sabía de Mailén era un fraude, una historia
inventada por una inglesa de Oxford con que el fin de desacreditar tanto a
Esteban Echeverría como a Leopoldo Lugones, y de paso, lo que para él fueron
dos gestas heroicas, de cara a los nuevos tiempos que vienen, la Guerra del
Paraguay y la Conquista del Desierto. Y así liderados por la valiente y derrotada
Alemania, mientras ella intentó con algo de suerte deshacerse de esas razas
inferiores en Europa, aquí como heraldos adelantados ya habíamos comenzado con
los paraguayos, indígenas y gauchos, como ya quería y había vaticinado don
Domingo Faustino Sarmiento.
Dado que él era un viejo militar retirado,
ferviente germanista, miembro del ahora prohibido y por eso clandestino Partido
Nazi Argentino y que odiaba al Gral. Lucio Victorio Mansilla, eso me pareció
lógico. López conocía la obra de José Hernández, incluso llegó a conocerlo de
chico y con él se operaba una contradicción. Por un lado hablaba de los gauchos
como enemigos naturales de los indios y por el otro también a ellos
despreciaba. No había quien le hiciera entender que los gauchos ya habían
desaparecido, y que de eso, justamente, se trataba el Martín Fierro, y que lo
que por allí se veía no eran más que simples boyeros, quienes aunque muy
diestros en las duras tareas del campo, a diferencia del gaucho cuyo don más
preciado era la libertad, éstos trabajaban bajo los caprichos de sus patrones,
quienes llenaban su rastra de monedas extranjeras para montar a sus finos
caballos árabes cuando se paseaban en las fechas patrias. Esto es lo que los
sociólogos llaman una derrota simbólica. Recordarle que con un caballo y un
facón era capaces de sobrevivir en el inhóspito desierto, no significaba nada
para él. Claro que en un siglo donde el tren y el camión hacen la parte dura
del trabajo, todo aquello cae en el olvido.
A pesar de todo, luego de casi dos años de
búsqueda, por medio de una de sus bisnietas, Laura Jiménez, pude contactarme con
Alberto Robles, otro de los casi 40 bisnietos de Mailén y fue éste quien me
contó la mayor parte de la historia que me atrevo a contar, y por su parte un
primo suyo Mariano Flores, hizo una investigación que a pesar de sus resultados
pequeños, pequeños en el sentido de que las conclusiones sólo fueron unas pocas
decenas de páginas, me echó luz sobre algunos temas, de modo que mi libro es
una especie de palimpsesto armado en virtud de los relatos y muy poca
imaginación de mi parte.
Deberán disculparme si la mayor parte de las veces
la historia que les contaré carece de rigor histórico y que algunas fechas
fueron puestas por mí, al uso y gusto del lector blanco. A su vez, sólo pocas
veces traeré a cuento la melodiosa forma de hablar ranquel, ya que la ignoro.
Capítulo 2: Recordando aquel día
Cosas de la
vida diaria en la capital del Virreinato del Rio de la Plata.
Ismael era, como muchos, un criollito típico. Sus
ancestros americanos se perdían en el horizonte del tiempo, es decir, él no
sabía quién de sus antepasados fue el primer español en pisar los márgenes del
Río de la Plata. Así que se lo imaginaba hablando el melodioso dialecto andaluz.
Su piel declaraba tener no sólo sangre española, sino bastante de querandí y
algo de africana. De hecho su algo así como novia era una mulatita esclava de
una familia adinerada; a la que sólo le permitían salir por las tardes de
sábados y domingos, pero ellos, como jóvenes que eran, igual se las ingeniaban
para hacer lo suyo.
Él, como muchos niños y jóvenes, se debía ganar el
sustento. Trabajaba con Don Manuel Báez que era uno de los pocos hombres
adinerados de la gran aldea, quien se dedicaba a la venta de agua por unos
céntimos. Durante la tarde, Ismael remaba hasta unas 20 cuadras de la costa y
llenaba dos toneles de 10 galones cada uno con el agua dulce pero turbia del
río. Y debía ir tan adentro porque, a esa hora, las negras lavanderas llenaban
la costa de la espuma blanca del jabón que le compraban a Don Vieytes. Y si
sólo le compraban el jabón a él era porque Don Juan les prometía que pronto
serían libres, cosa que a las viejas ya no les interesaba pero con lo que las
jóvenes soñaban. Al volver a la costa, Don Manuel trasvasaba el agua a grandes
vasijas de arcilla cocida que, al ser porosa, permitía pasar el agua pero no
los sedimentos. Así luego de unos 20 viajes juntaban los 2000 galones que las
negras encargadas de la cocina les compraban.
Hasta no hacía mucho, antes de las invasiones
inglesas, su usaban el azumbre y la pinta pero como variaba como la luz del día
según la zona e incluso el Cabildo, cuando los ingleses tomaron
transitoriamente la aldea, impusieron el galón que pronto muchos adoptaron por
la sencilla razón de que estaba bien regulado por medio de un recipiente de
bronce que, según decían ellos, variaba muy poco de volumen con el calor
ambiente o el líquido que transportaba. Llevada a términos del sistema métrico
decimal que se usa actualmente y que ni los ingleses ni los estadounidenses
adoptaron, equivale a unos 4.5 litros.
Una familia típica, es decir, compuesta por los
padres, cuatro hijos y las dos negras, la cocinera y la lavandera, que era lo
más común, necesitaba para cocinar 6 galones, es decir para llenar 3 ollas
grandes. Solían comprarles 10 galones que la cocinera se encargaba de controlar
rigurosamente, era por medio de una lata graduada de 5 galones. Para el resto,
es decir, el aseo personal y la de la casa se solía usar el agua de lluvia que
almacenaba el aljibe. Este agua por ser producto de la lluvia aunque no fuera
potable, era muy buena para las prendas delicadas y para el pelo de las damas,
en una época en que lucir un buen peinado era de buena reputación social. Para
los piojos, inevitables incluso dentro de las grandes familias se usaban una
gran cantidad de productos, la mayoría a base de hierbas, sin embargo, tanto
las negras como las indias preferían el uso del vinagre y un largo y buen
peinado.
Con el tiempo y con gran gasto, Don Manuel aumentó
la producción. Ahora Ismael viajaba lo mismo pero sólo una vez. Allí lo
esperaba una boya que se elevaba unas tres varas del nivel del agua y él
volcaba su tacho de hojalata de dos galones sobre una larga canaleta de cobre remachado
que llegaba hasta la playa donde Don Manuel la recogía. Esto le permitió
aumentar su producción de 2000 a 4000 galones diarios. Sin embargo, este avance
le costó caro. Al no ser el único aguatero, otros tuvieron celos de su progreso
y algunas noches mandaban a sus esclavos a que destruyeran la canaleta, lo que
le causaba un enorme perjuicio. Pero Don Manuel no era un hombre de amilanarse.
Su ingenio pudo más. Aunque era aún más costoso hizo construir una cañería que
en lugar de ir por el aire o sumergida en el agua, lo hiciera enterrada en
arena. En la boya agregó una bomba de agua de modo que entre los dos muchachos
pudieran hacer el trabajo algo más aliviado. Este ingenio tuvo un gran éxito
porque sus competidores flojos de sesera, no descubrieron su invento. Y no lo
hicieron porque Don Manuel los engañó. Cavó un enorme pozo en su propiedad, a
unas 40 cuadras de la costa, de donde, él decía, extraía el agua que afloraba
por la cercanía del río. De modo que a nadie se le ocurrió viajar hasta la boya
para destruir la bomba. Era bastante corriente que algunas casas tuvieran tal
tipo de pozos, sin embargo las familias acomodadas preferían el agua de don
Manuel.
Ismael tenía dos negritos libertos amigos suyos.
El asunto no era tan sencillo. Su patrón los reunió una tarde para decirles
cosas que ellos no entendían, tales como monopolio, impuestos, aduana. Pero
cuando dijo la palabra “libertad”, palabra poco entendida pues nunca la habían
probado, ambos abrieron sus enormes negros ojos. Pues bien, este buen señor les
compró un toro y un tropel de 10 vacas para que hicieran su negocio. Así Raúl y
Macarena, nombres más andaluces que africanos por cierto, aceptaron la
cuadrilla como regalo de bodas. Para el patrón no era buena esa costumbre negra
e india de casarse, o juntarse tan jóvenes, pero Raúl sostenía que él ya tenía
14 años y Macarena 10 por lo que no sólo prosperarían sino que le llenarían la
casa de negritos habladores. Así, los dos debían viajar por más de dos horas de
ida y otro tanto de vuelta entre las pasturas tiernas y las calles de la aldea
para vender su leche la cual no era mucha. Cada vaca les daba un 1 galón de
leche por día. Sin embargo, se las arreglaron. Con el tiempo las vacas fueron
pariendo terneros con lo cual el negocio fue creciendo lenta pero
sostenidamente. Raúl compró una carreta con un gran tonel de cobre y una
canilla, con el cual bien temprano vendía su leche fresca. Aunque, para decir
la verdad, la blancas hijas y sus señoras madres, le compraban no tanto porque
lo necesitaran sino para ver cómo era ese negrito flaco y esmirriado que les
sonreía con unos dientes enormes y blancos y unos hoyuelos difíciles de
resistir.
Otro amigo de Ismael, no era nada joven. Lo
llamaban “el hormiguero” otros, con malicia, “hormiga negra”. Este negro, ya
canoso, se encargaba de destruir los hormigueros que surgían aquí y allá en una
aldea construida sobre el límite mismo de La Pampa. Sus métodos eran varios.
Uno consistía en clavar una larga caña de tacuara sobre el montículo. Como la
caña era muy resistente él la podía enterrar a más de dos varas de profundidad
y luego llenaba el hormiguero de agua. Claro que con este método sólo mataba a
un mínimo de insectos, los suficientes como para cobrar su paga. Otro método
agregado al anterior era el uso de veneno, que era muy efectivo pero muy caro.
Y un tercero, que Ismael sólo lo vio con Hormiga Negra, que aún luego de 5
generaciones se sentía africano, era bastante ingenioso: el incendio del
hormiguero. Este método era usado allá para matar hormigas del tamaño de un dedo
meñique. En este caso se usaban dos cañas una vertical y otra oblicua. Por la
oblicua se hacía descender aceite espeso, al llegar al fondo, por la caña
vertical se tiraba una astilla encendida que prendía fuego el aceite, pero como
esto duraría lo que la astilla en consumirse por la caña oblicua el negro
soplaba con fuerza. Era curioso, al menos para Ismael, ver como desde la otra
caña surgía primero humo espeso y luego fuego primero azul y luego rojo. Por
supuesto, las cañas pagaban su precio. Para el próximo hormiguero debía buscar
otras dos. Y cómo hacía el negro para horadar las uniones internas entre las
secciones que él veía a simple vista, es algo que nunca le dijo
Una madrugada de domingo de enero, el negro lo
vino a despertar para llevarlo a 10 leguas. Como eso era mucho y no estaría a
la hora del reparto, el negro le prometió al patrón que él mismo lo ayudaría
para compensar la pérdida de tiempo. Se trataba, no ya de matar hormigas sino
de ver un extraño espectáculo: la explosión de hormigueros. En el campo se podían
ver estos curiosos montículos, que formaban una especie de bosque. Algunos
llegaban a medir cinco varas. A media mañana ya se podía escuchar el zumbido y
apenas unos minutos después el estallido del primer hormiguero de hormigas
voladoras. Las hormigas no atacan al hombre pero debido a que eran miles pronto
Ismael y su amigo tuvieron que volver a montar y salir de allí.
Ismael estuvo pensando durante muchos días como
esto podría ser posible, y como él no hallaba la respuesta y el negro tampoco
la tenía, se atrevió a ir en patas, como siempre estaba, a verlo al Secretario
de Agricultura, Don Manuel Belgrano. Éste le explico lo mejor que pudo el
hecho. Con el calor las hormigas sienten que ya es la hora de salir del
hormiguero, pero este, por la sabiduría de la naturaleza, está ocluido. Así que
al aletear aumentan la presión. Para eso Don Manuel le tuvo que explicar de una
manera graciosa, infló sus mejillas como si fuera a soplar. Si se aumenta esta
presión llega el momento en que las paredes del hormiguero ceden y se rompen.
Otra de las cosas de que Ismael entendía poco era
la producción de miel y cera. En la aldea sólo los negros gustaban endulzar sus
cosas con miel, los blancos preferían el azúcar, blanca, rubia y negra, así que
buena parte de ésta quedaba para exportarla a España. La cera, en cambio,
muchas veces escaseaba aunque se vieran a muchos negros vendiendo su producto,
mejor dicho el producto de sus amos en la mayoría de los casos. Aunque no era
la única ni la más grande, la más famosa vendedora de vela era la de Don
Vieytes, este había comprado una fórmula francesa que escandalizaba por lo
simple, a la cera de abejas se le agregaba aceite o grasa animal, lo cual
producía una llama más tenue pero mucho más duradera. Dejando las de buena
calidad para la aquellos que amaban la lectura nocturna. Éstas no sólo tenían
una llama más blanca sino que no al no crepitar la llama era estable y los ojos
no se irritaban por la lectura.
Hacía no mucho tiempo se había establecido un
ciudadano florentino, quien en su tierra se dedicaba al teñido de telas con
colores firmes. Este tipo de telas eran a la vez muy apreciadas y de un precio
exorbitante. El monopolio español no permitía que éstas se importen de otro
lugar que no fuera España. De modo que los comerciantes españoles tanto de
Buenos Aires como de Cádiz, uno de los varios puertos de donde salía la
mercancía, aunque recibían telas de Francia, Inglaterra, Italia e incluso la
India, las enviaban a Buenos Aires como si hubieran sido hechas en España. Así
no sólo hacían que el producto fuese caro en América sino que no daban trabajo
a los artesanos españoles. Don Luigi luego de largos y tediosos trámites, donde
medió al propio Manuel Belgrano, logró establecer su negocio de telas. Pero eso
fue sólo el primer paso.
Sabía de antemano que le sería difícil obtener
materia prima, salvo comprarla a los importadores españoles a precio de usura.
Lo que no sabía era la exacta dimensión de su pretendida empresa. La inmensidad
de La Pampa excedía su más febril imaginación. Pero finalmente halló la
solución de una forma inesperada, a través de un personaje que esperaba no
encontrarse nunca a solas: un gaucho. Este hombre, estaba gozando de creciente
libertad a causa de las compras que algunos porteños realizaban por su
intermedio a lejanas ciudades del interior, como Córdoba o San Luis, y la
impensada, para cualquier porteño, de comerciar con los salvajes y perversos
indios. Así éste traía cueros y azúcar y se llevaba productos importados. Claro
que lo mismo se podía lograr con los comerciantes itinerantes de las carretas,
pero él reducía los dos meses habituales a sólo una semana, aunque, claro, sólo
lo que el lomo de su caballo aguantara. Así Luigi le compraba ciertos minerales
de San Luis, ciertos líquidos extraídos por los indios de animales tales como
el Tatú Carreta o el Zorrino, con la evidente ventaja de no matarlos; y algunas
hierbas que habiendo crecido por siempre en la llanura, nadie sabía que servían
para el tinte de telas.
De allí que su negocio prosperó, si no de manera
espectacular por los motivos lógicos que ya se verán, para dejar que sus pies
se enterrasen definitivamente en Buenos Aires.
Luego de este éxito llegó a oídos de un francés,
un tal Pierre Venturè, la existencia profusa de zorrinos en La Pampa. Venturè
se dedicaba a la fabricación e importación de perfumes y como ya sabemos éstos
no podían ser franceses, en ese momento los más apreciados por los perfumistas
de todo el mundo, sino a través de la aduana de Moger, España. Conseguir el alcohol
ya no era fácil, ya que por razones que él no entendía, luego de la reconquista
de Buenos Aires, donde cientos de ingleses fueron quemados con agua caliente y
bombas caseras armadas con cañas llenas de alcohol, su fabricación fue
prohibida por parte de los criollos. Así que él ya hacía un largo tiempo que se
había asociado a un carretero que lo traía de contrabando desde la ciudad de
Rosario. A Pierre le sonaba ridículo contrabandear en el interior mismo de un
país, pues eso era el Virreinato, pero así estaban hechas las cosas.
Su socio le traía alcohol de tercera clase, y él,
por medio de filtrados, donde no intervenían las altas temperaturas ni la
ebullición, lo convertía en alcohol de primera clase. Pero, como todo
perfumista sabía, necesitaba un ingrediente para aumentar la persistencia; y
eso se hacía en Buenos Aires torturando gatos. Buenos Aires estaba plagado de
gatos, así que a nadie le importaba escuchar sus desgarradores aullidos siempre
y cuando no fuera durante la noche o en horas de la siesta, que en América era
sagrada. Pero Pierre quería el elixir de persistencia máximo, y ese se
encontraba en ese animalito que vagaba libre en La Pampa.
Pero claro, eso aunque era fácil a veces podía
resultar asqueroso. No encontró a nadie dispuesto a salir a cazarlos, así que
no tuvo más remedio que usar las mañas de un indio. Una mañana el indio Wirinmañke,
nombre impronunciable para Pierre, salió para el desierto y al día siguiente
volvió con un litro del preciado líquido. Con el cual el fabricante podía hacer
más de 300 frascos de finísimo extracto de una onza líquida. Es decir, si lo
quisiera podría comprar dos vacas por día.
Sin embargo, a Pierre le picó la curiosidad por
saber cómo hacía el indio para recaudar tanta cantidad del apestoso líquido;
así que se lo preguntó y el indio lo invitó a un día de campo, cosa que Pierre
aceptó luego de comprarse un trabuco. Llegaron a un cierto lugar a la sombra de
unos álamos donde el indio ya había construido un corral para albergar a casi
100 zorrinos. El ardid del indio era colocar a una hembra en celo sobre una especie
de alfombra hecha de cuero de vaca y a ésta sobre una especie de tarima
abombada hacia abajo, el cuero tenía un agujero justo en el centro de la tarima.
Al comenzar el macho a copular, un ingenio del indio hacía muy cerca del oído
del animal un ruido muy parecido a un estampido de fusil. El animal, por el
susto, expelía orín, heces y el líquido preciado. Mientras las heces quedaban
en el lugar, el orín y el líquido pestilente corrían por el cuero hacia una
vasija. Pierre se sorprendió que un simple susto, sin necesidad de tortura,
entregasen tanto líquido, por lo que se entusiasmó queriendo repetir la acción.
El sabio indio le contestó que no, ya que se debía hacer pasar un tiempo para
que él animal se olvide del susto y no lo relacione con la cópula. De todas
maneras al cabo de unas 10 experiencias el indio dejaba al animal suelto para
que se reencuentre con su naturaleza.
Alimentar a 100 zorrinos, los cuales son
carniceros, no le era fácil al indio. Matar un ternero era demasiado y algunos
pollos muy poco. Así que de madrugada recorría el matadero de Buenos Aires en
busca de vísceras y otras partes despreciadas por el gusto porteño que le eran
dadas en forma gratuita y por algunas pocas monedas una buena cantidad de
preparados de morcilla. Así, aunque creía que los animalitos se merecían más,
por su imposibilidad se deberían conformar con lo dicho. Pierre concluyó que el
trabajo del indio Wirinmañke merecía algo más y le duplicó la paga. De todos
modos el servicio del indio le implicaba mucha ganancia.
Lo que merece poca explicación era el comercio de
carnes. El matadero abastecía sin problemas a la creciente aldea, la carne era
barata debido a la cercanía del campo y a que los indios por preferir la carne
de yegua rara vez la robaban y si lo hacían era para venderla en otros pueblos.
Los
extranjeros se asombraban al ver a los porteños comer tanta carne, y mucho más
aquellos europeos que huían de Europa a causa del hambre. Incluso los franceses
que teniendo una buena campiña pasaban hambre a causa, primero de la revolución
y luego por las campañas de Napoleón que exigían grandes cuotas para su
ejército, y ésta junto a la porcina sólo era consumida cocida para evitar la
triquinosis, y otras infestaciones, por lo que no tenía gusto a nada. Muy
diferente a la americana que de sólo verla en los ganchos de los carniceros
invitaba a darle una mordida. Y en eso estaban de acuerdo la muchas moscas que
la rodeaban. Así que Pierre si bien era acorralado
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